Capítulo 9

El reflejo habla

Reflejos que No Vuelven

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Mateo observa su reflejo en el espejo especial que le entregó Elías. La habitación está en penumbra, apenas iluminada por la luz tenue de la lámpara de escritorio. Respira hondo y mueve lentamente una mano hacia el espejo, como si quisiera tocar esa imagen que parece vivir una existencia paralela. El reflejo tarda un instante en copiar el gesto, pero esta vez, algo cambia: en lugar de simplemente imitar su movimiento, la imagen parece mirar más fijamente, con una expresión que no es exactamente la suya.

Intrigado y un poco inquieto, Mateo repite el movimiento, pero ahora con la mano extendida y los dedos separados. El reflejo imita, pero luego su mano se detiene un segundo antes que la de Mateo, y en ese instante parece formar un gesto propio, un leve movimiento con los dedos que no corresponde a ninguno de los movimientos que él ha hecho. Mateo parpadea, convencido de que es su imaginación.

Sin embargo, no lo es. El reflejo comienza a realizar una serie de movimientos sutiles que Mateo no ha ejecutado: un parpadeo lento, una inclinación leve de la cabeza, y luego, muy despacio, una forma de señuelo con la mano, como si quisiera llamar su atención. Mateo siente un escalofrío recorrer su espalda. Nunca antes había experimentado algo así.

Decide hablar en voz baja, con tono vacilante. "¿Quién eres?". Su voz parece resonar en la habitación silenciosa. El reflejo no dice nada, pero el gesto de la mano se repite, más insistente esta vez, como si fuera una invitación o una advertencia.

Mateo intenta comprender. ¿Es posible que esa imagen no sea solo un reflejo pasivo? ¿Podría estar intentando comunicarse con él? Se sienta frente al espejo, con el libro antiguo abierto sobre la mesa a su lado. Busca entre sus páginas alguna referencia a esta forma de comunicación. Encuentra un texto que habla sobre reflejos como portales a otro plano, y cómo en ocasiones los reflejos pueden manifestar voluntad propia, pero siempre con límites.

Mientras lee, no puede evitar mirar de reojo al espejo. Su reflejo ahora parece más activo, moviéndose con mayor independencia, como si tuviera conciencia propia. Mateo siente una mezcla de miedo y fascinación. Se pregunta qué quiere decirle esa figura que solo él puede ver y que parece querer cruzar una frontera invisible.

De repente, el reflejo dibuja con los dedos una letra en el aire: una 'M'. Mateo se estremece y responde con la misma letra, trazándola cuidadosamente con su mano frente al espejo. El reflejo repite la letra, y luego añade una 'A'. Mateo continúa, formando lentamente las letras que deletrean su nombre. El intercambio de signos se vuelve una conversación muda, un diálogo sin palabras pero cargado de significado.

Sin embargo, el reflejo también muestra señales de urgencia; a veces se aparta de la superficie del espejo, como si quisiera salir, pero una barrera invisible lo detuviera. Mateo siente que está ante algo que supera cualquier lógica, un misterio que lo llama a seguir explorando pero que también amenaza con consumirlo.

Después de un rato, el reflejo parece desvanecerse, como si se retirara a su mundo, dejando a Mateo solo con la pregunta que ahora pesa más que nunca: ¿qué es ese otro yo que habita en el espejo y qué quiere de él? La habitación vuelve a quedar en silencio, pero la sensación de que algo más grande está en juego no lo abandona.

Mateo se recuesta en la silla y cierra los ojos, tratando de asimilar lo que acaba de vivir. Sabe que su relación con el reflejo ha cambiado para siempre. Ya no es solo un fenómeno extraño y desconcertante: es un interlocutor, una presencia que podría ser la clave para entender su propia existencia y la naturaleza de la realidad.

Pero también sabe que cada paso que da hacia esa verdad lo acerca a un límite peligroso, un umbral que quizás no pueda cruzar sin perderse a sí mismo. Con el corazón acelerado y la mente llena de preguntas, Mateo se prepara para continuar su búsqueda, consciente de que el reflejo ha comenzado a hablar, y que su silencio anterior ha sido solo el preludio de un diálogo mucho más profundo y perturbador.

Mateo abre los ojos lentamente, aún sintiendo el eco de aquella comunicación muda reverberando en su mente. Se levanta de la silla con cuidado, como si cada movimiento pudiera romper el delicado vínculo que se ha formado. Se acerca al espejo, no para buscar respuestas inmediatas, sino para observar con atención cada detalle, cada gesto del reflejo que parece ahora tener vida propia.

Con una mezcla de temor y curiosidad, extiende la mano hacia el cristal, midiendo la distancia que lo separa de ese otro mundo que apenas empieza a comprender. El reflejo imita su movimiento, pero con ese segundo de retraso que hace que todo se sienta irreal. Mateo siente un escalofrío recorrer su espalda al notar que, por un instante, los dedos del reflejo parecen rozar los suyos, como si pudiera traspasar la superficie que los divide.

Decide probar algo más sutil: mueve solo el meñique, observando cómo el reflejo responde. Pero esta vez, el dedo del reflejo se queda estático, no sigue el movimiento. Un vacío inquietante se instala en Mateo; no todos los gestos son replicados, y eso abre una grieta en su entendimiento de la realidad.

Intentando comprender, comienza a registrar mentalmente qué movimientos son ignorados y cuáles son repetidos. Descubre que los gestos más pequeños, casi imperceptibles, son los que el reflejo omite. ¿Por qué? ¿Qué significado tiene esa selectividad? La habitación parece encogerse a su alrededor, y la luz tenue del atardecer proyecta sombras que juegan con su percepción.

Mientras reflexiona, una voz distante parece susurrarle desde el fondo de su memoria, un nombre quizás, o una advertencia. Mateo se estremece, buscando en la penumbra alguna presencia que explique esa sensación. Pero está solo, salvo por el reflejo que ahora observa, expectante.

Con renovada determinación, Mateo decide que debe explorar más allá de los límites de esa superficie espejada. Sabe que no puede hacerlo solo; necesita guía, alguien que entienda este fenómeno, alguien que quizá también haya visto más allá del reflejo.

Con ese pensamiento, apaga la luz y se dirige hacia la puerta, consciente de que cada paso lo acerca a un misterio mayor que él mismo. La figura en el espejo parece observarlo partir, como si esperara que Mateo regrese con respuestas que aún no tiene.

El silencio de la habitación se vuelve aún más denso, cargado de una expectación que solo el reflejo puede percibir, mientras Mateo se adentra en la oscuridad fuera de su habitación, llevando consigo la inquietud de un diálogo apenas comenzado.

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