Capítulo 11 · ~5 min
Sombras en el Edificio
Luis subió las escaleras del edificio con el amuleto apretado en la mano. El sudor le mojaba los dedos, pero no aflojó el paso. Cada peldaño crujía bajo su peso. El silencio de los departamentos le ponía la piel tensa. Nadie asomaba la cabeza, ni un ruido, nada. Todos esperaban la noticia de la demolición o hacían como si no pasara nada.
Al llegar al tercer piso, se frenó frente a su puerta. El olor a abrigo viejo llenó el pasillo. Ese aroma lo seguía llamando. Luis tragó saliva y siguió hasta el final. La pared, donde no debía haber nada, ahora mostraba una puerta de madera oscura. El número cuatro, tallado con mano torpe. Sacó la llave oxidada del bolsillo y la metió en la cerradura. Giró con un clic. Un aire espeso le golpeó la cara, cargado de polvo y recuerdos viejos.
Entró al cuarto piso. La luz era pálida. Las fotos antiguas cubrían las paredes, quietas pero llenas de historia. El amuleto colgaba de su cuello y brillaba suave, apenas visible. Un zumbido leve se sentía en el ambiente, como cables vibrando a lo lejos. Dio tres pasos y un susurro le rozó el oído.
—No cierres la puerta, Luis.
Sintió frío en la nuca. Se volteó, pero el pasillo estaba vacío. Caminó hasta la mesa del fondo. Encima, descansaban cartas, el diario de Elena y una foto vieja. Un viento suave movió las páginas del diario. Luis se acercó, con la respiración cortada.
Junto a la ventana apareció Elena. Su figura era borrosa, pero sus ojos grandes y tristes lo miraban directo. El cabello recogido, la piel clara, el vestido sencillo. No era del todo real, pero tampoco era un sueño. El frío le subió por los brazos y lo obligó a abrazarse.
—¿Eres tú...? —preguntó en voz baja.
Elena asintió. Sonrió apenas y señaló el diario. Luis lo tomó y lo abrió en una página marcada con pétalos secos. Leyó despacio:
“Para quien recuerde. El cuarto piso es memoria viva. Si olvidas, desaparece. Si temes, se vuelve oscuro. Si lo proteges, te protege.”
Elena lo observaba, esperando algo de él. Luis levantó la vista, buscando respuestas.
—¿Por qué yo? ¿Qué esperan de mí? —susurró, apretando el diario con fuerza.
Elena caminó hacia él. Su silueta temblaba. Alzó la mano y tocó el amuleto en el pecho de Luis. El metal ardió. Luis sintió un abrazo lejano, lleno de recuerdos que no eran suyos.
Imágenes lo golpearon: el edificio entre llamas, Elena llorando en la escalera, Don Emilio joven con una caja, Marta de niña junto a una puerta cerrada. Voces cruzadas llenaban su cabeza. Gritos, risas, fragmentos de historias pegadas a las paredes.
Elena susurró, tan bajo que dudó haberlo oído:
—No es solo tuyo. Aquí viven los que recuerdan. Tú decides si sigue o desaparece.
Luis apoyó la mano en la mesa. El amuleto seguía caliente contra su pecho. Le costaba respirar. Buscó la mirada de Elena, pidiendo ayuda.
—¿Cómo lo hago? ¿Cómo se protege esto?
Elena miró la puerta y luego la ventana. Su voz era apenas un soplo:
—No dejes entrar a los que olvidan. La memoria es la llave. El miedo abre grietas y lo destruye todo.
Luis pensó en los hombres de la constructora, en los vecinos que no creían, en Marta y Don Emilio buscando papeles. Se asomó a la ventana. Afuera, el edificio seguía igual, pero el cuarto piso vibraba bajo sus pies. Sentía que podía perderlo de un momento a otro.
La figura de Elena se volvió más tenue. Estiró la mano y le dio un papel doblado. Luis lo abrió. Era un plano antiguo del edificio. El cuarto piso estaba dibujado en azul, con una puerta marcada por una X roja.
—¿Esta entrada existe? ¿Puedo mostrarla?
Elena negó con la cabeza. Su voz salió apagada:
—Solo para quienes creen. Solo para quienes cuidan.
Luis guardó el plano en el bolsillo. El diario temblaba en su mano. Dio un paso hacia la puerta. De pronto, el cuarto piso pareció achicarse, como si lo empujara afuera. Elena lo miró con una tristeza que le pesó en el pecho.
—¿Qué más necesito saber? —insistió Luis.
Elena sonrió leve. Señaló el reloj en la pared, que giraba al revés. Después, el diario. Por último, el pecho de Luis.
—Aquí el tiempo va diferente. Solo tienes lo que recuerdas. No olvides quién eres.
Elena se desvaneció, dejando el aire espeso. Luis salió del cuarto piso antes que la puerta lo expulsara. En el pasillo, el ruido normal del edificio sonaba lejano.
Bajó rápido las escaleras, con la garganta cerrada. Llegó a su departamento y dejó el diario y el plano sobre la mesa. El amuleto ardía. Miró la puerta, esperando o temiendo que alguien más lo siguiera. No estaba seguro de poder con todo esto solo. Tampoco sabía qué precio tendría que pagar. La advertencia de Elena le daba vueltas en la cabeza: ¿hasta dónde llegaría para proteger ese lugar?