Historia Abierta
Portada de El Ascensor del Cuarto Piso
  • 20 capítulos
  • 1.192 lecturas
  • Completada

+13

21

~6 min de lectura

Capítulo 17 · ~6 min

La Batalla por el Cuarto Piso

Luis notó el temblor en el suelo antes de escuchar el golpe de la grúa. Bajó la escalera a toda prisa, el amuleto firme en su mano sudada. Marta lo esperaba junto a la entrada, la pulsera roja bien atada a la muñeca y el diario de Elena sujeto bajo el brazo. Don Emilio apareció detrás, con la vieja foto del edificio entre los dedos y el ceño fruncido.

—Ya empezaron afuera —dijo Marta, mirando por la ventana. Un camión grande bloqueaba la calle. Los trabajadores quitaban los carteles y hablaban entre ellos.

Luis miró a ambos y luego al ascensor, que tenía la puerta abierta, invitándolos a subir. El miedo le subía por el pecho, pero no retrocedió.

—Vamos, antes de que derriben la entrada —dijo Luis, y entraron los tres al ascensor. Luis sacó la llave especial y la juntó con el amuleto. Solo así apareció el botón secreto. Lo presionó.

El ascensor se movió despacio, como si le costara. Cuando la puerta se abrió, el cuarto piso los recibió con un aire frío y ese olor a lana y madera que solo allí existía. Todo estaba en calma y la luz tenía un tono raro, casi plateado.

Marta abrió el diario y buscó rápido la página del mapa. Luis se acercó a la pared indicada. Don Emilio se paró junto a la puerta, atento, con la mirada fija en los botones del ascensor por si alguien más intentaba entrar.

Marta murmuraba las palabras del diario mientras giraba las páginas. Luis sentía el amuleto tibio en la palma. Recordó la advertencia de Elena: “Solo el que cree puede proteger lo que importa.” Le pasó la pulsera a Marta.

—Atala aquí, al amuleto —dijo ella sin mirarlo, ocupada con el diario.

Luis lo hizo. En ese instante, la puerta del ascensor se cerró de golpe. Don Emilio dio un paso atrás, sorprendido. Las paredes vibraron y el aire se llenó de electricidad. Luis apretó los dientes. Marta buscó la carta marcada y la leyó en voz alta:

—“Cuando el peligro sea real y el olvido amenace, une los recuerdos con el lazo rojo. Solo así el guardián podrá proteger el lugar.”

De la nada, una figura cruzó el pasillo. Era Elena, borrosa, casi invisible. Levantó la mano y señaló la pared junto al compartimento.

Luis tocó el muro con el amuleto y la pulsera. Una luz roja iluminó la grieta. El suelo tembló más fuerte. Afuera, se escuchó el estruendo de la maquinaria.

—¡Lean la otra carta! —gritó Don Emilio, acercándose a Marta.

Marta sacó un cuaderno pequeño del compartimento. Leyó la primera línea en voz baja, con la voz temblorosa:

—“Solo cuando otros compartan el recuerdo, el lugar resistirá.”

Luis se desesperó. Los nudillos le palidecieron alrededor del amuleto.

—¡Pero ya lo hicimos! Todos compartieron sus recuerdos ayer. ¿Qué falta?

Don Emilio señaló con la cabeza hacia la ventana, donde la grúa seguía golpeando y los trabajadores esperaban instrucciones.

—Faltan ellos, los que ahora quieren destruir esto. Si no recuerdan, el lugar cae.

Luis bajó la mirada al cuaderno y luego a sus amigos. Corrió hacia la puerta. Marta y Don Emilio lo siguieron. Bajaron por la escalera, que crujía con cada paso. El edificio vibraba con cada golpe afuera.

En el vestíbulo, el capataz discutía con dos vecinos. Luis cruzó el vestíbulo y levantó el amuleto y el cuaderno.

—¡Un momento! —exclamó, deteniendo la discusión.

El capataz lo miró, con el ceño arrugado.

—No pueden quedarse aquí. Es peligroso. Váyanse —ordenó, cruzando los brazos.

Luis alzó el cuaderno.

—Solo un favor. Cuéntenos un recuerdo de este edificio. Algo bueno. Aunque sea pequeño. Es importante, de verdad.

Marta se le acercó al capataz.

—Usted vivió aquí, ¿no? ¿Se acuerda del olor a pan de la panadería? ¿O de las tardes con música en el patio?

El hombre se quedó callado. Miró a sus trabajadores y luego a los vecinos. Suspiró.

—De niño, me escondía en el sótano para jugar. Mi abuela me buscaba y siempre me encontraba por el ruido de mis zapatos. —Esbozó una sonrisa nerviosa.

Don Emilio asintió despacio.

—Eso vale. Dígalo en voz alta, por favor.

El capataz repitió su recuerdo. Los trabajadores empezaron a recordar también: una fiesta en el pasillo, la vez que se inundó el patio y todos ayudaron a sacar el agua, los domingos con olor a sopa y risas en las escaleras.

Luis notó que el amuleto vibraba leve. El aire del vestíbulo parecía menos pesado. Marta lo miró con ojos grandes, buscando una señal.

—¿Funcionó? —preguntó ella.

Antes de responder, otro golpe de la grúa sacudió la estructura. Todo tembló. Don Emilio se apoyó en la baranda para no caerse.

—Arriba, rápido —dijo Luis. Subieron corriendo. El ascensor no respondía, así que treparon las escaleras. Los escalones rechinaban, cada piso se sentía más difícil.

Al llegar al tercer piso, se escuchó un ruido raro, como un suspiro fuerte. Luis miró a Marta, que se detuvo a su lado. Dudó un segundo antes de subir el último escalón.

El amuleto brilló entre sus dedos. Una puerta apareció, donde antes solo había pared. Luis la abrió. El cuarto piso se veía distinto: más claro, con manchas de luz en el suelo y las paredes llenas de fotografías y cartas, flotando en el aire.

Marta se asomó a la ventana. Afuera, la grúa seguía en su sitio, pero los trabajadores no se movían. Algunos miraban el edificio con extrañeza, otros se alejaban del camión, confundidos.

Luis se acercó al centro del cuarto piso. Apretó el amuleto y la pulsera. Don Emilio entró último y cerró la puerta despacio, como si temiera romper el silencio.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Marta, inquieta.

Luis levantó el cuaderno y lo abrió en la última página. Había una frase escrita con letra temblorosa: “Mientras recuerden, no caerá.”

Don Emilio miró a Luis, buscando una respuesta.

—¿Será suficiente? ¿Logramos protegerlo?

Nadie respondió. El aire vibraba, entre amenaza y esperanza. Luis sostuvo el amuleto y miró la luz del cuarto piso, esperando la respuesta que todavía no llegaba.

¿Lograrán salvar el edificio y el misterio?

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 7:04

Siguiente lectura