Historia Abierta
Portada de El Ascensor del Cuarto Piso
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Capítulo 13 · ~6 min

Un Ataque Dentro

Luis subió las escaleras de dos en dos, el amuleto caliente en la palma y la garganta seca. No quiso mirar atrás; sentía que el edificio lo observaba. El pasillo del tercer piso olía a polvo y tela olvidada, ese mismo aroma viejo de su abrigo, que lo seguía hasta el techo. Al llegar al último escalón, apoyó la mano en la pared, buscando equilibrio. El corazón le daba saltos.

Se detuvo frente a la puerta invisible. La llave oxidada pesaba en su bolsillo. Sacó el diario de Elena y lo sostuvo fuerte. Empujó la puerta, que cedió con un clic. Dentro, el aire estaba cargado de recuerdos: fotos descoloridas, cartas apiladas, relojes detenidos en otras épocas. Caminó despacio, atento a cada sonido. El crujido de la madera bajo sus pasos le recordaba que ese lugar no era normal.

Luis se acercó a la mesa, buscando la carta que Elena había dejado. Quería leerla de nuevo, encontrar algún detalle que se le hubiera escapado. Abrió el diario. Al pasar las hojas, notó un hueco. Faltaban varias páginas. Sus dedos temblaron. Volvió a revisar, hoja por hoja. No era un error: alguien había arrancado justo las partes donde Elena hablaba del amuleto y cómo proteger el cuarto piso.

Buscó con la mirada algo fuera de lugar. Vio marcas frescas en el polvo, huellas de zapatos distintos a los suyos. Caminó hacia la puerta trasera, esa que siempre estaba cerrada. La madera tenía una marca recién hecha, como si alguien la hubiera forzado. Se agachó y tocó el suelo. Allí, entre dos tablas, encontró una hebilla dorada. La reconoció al instante: era de Nora. Había visto esa hebilla en su bolsa la semana pasada.

Luis apretó los dientes. El estómago se le encogió. Pensó en bajar y enfrentarla, pero se obligó a esperar. No tenía pruebas suficientes. ¿Nora trabajaba sola? ¿Había contado algo a la constructora? Se sentó en la silla, el diario mutilado y la hebilla sobre la mesa. Miró el amuleto esperando que hiciera algo, pero solo sentía el calor en la piel.

Un chasquido rompió el silencio. Luis saltó de la silla. Miró alrededor. Nada se movía, solo una sombra de luz bajo la puerta. Caminó hasta el rincón donde guardaba las fotos antiguas. Al mover una caja, encontró un sobre pequeño con el nombre de Don Emilio. Lo abrió. Dentro había una llave diminuta y una carta doblada. Dudó un segundo, pero la guardó en el bolsillo con la hebilla.

El aire se volvió denso. Luis cerró el diario y lo abrazó fuerte. Pensó en lo que Elena había escrito sobre la memoria y el peligro de confiar en cualquiera. Levantó el amuleto y lo acercó al diario. De repente, una frase se formó en la última hoja: “Cuidado con quien finge recordar. Solo el que cree puede proteger lo que importa.”

El mensaje le heló las manos. Era la letra de Elena, recién escrita. Luis respiró hondo y se levantó. Quería salir de ahí antes de que algo peor pasara. Al pasar junto a la mesa, revisó que no faltara nada más. Las cartas y las fotos seguían ahí, pero ahora le parecían más frágiles que nunca.

Bajó las escaleras sin hacer ruido, el amuleto apretado en el puño. Cruzó el tercer piso y entró a su departamento. Cerró la puerta con llave y se apoyó en la madera. El silencio era distinto, cargado de sospecha. Caminó hasta la cocina y dejó el diario y la llave sobre la mesa.

Pensó en llamar a Marta. Tenía ganas de contarle todo, pero algo lo frenó. Era muy tarde y no quería que ella saliera de casa. Si Nora había traicionado al grupo, cualquier paso en falso podía ser peligroso. Buscó su celular y escribió un mensaje corto a Don Emilio:

—Don Emilio, encontré algo grave. No le diga nada a Nora. Mañana hablamos en persona.

Esperó un minuto. La respuesta llegó breve:

—Entendido, Luis. Cuídese esta noche.

Guardó el celular. Caminó por la sala, revisando que todo estuviera en su lugar. Se sentó en el piso, con el amuleto colgando entre los dedos. Miró la llave pequeña. ¿Abriría otra puerta en el cuarto piso? ¿O era para algo que Nora quería encontrar?

Recordó el momento en que Nora se ofreció a ayudar. Ella preguntó más de la cuenta sobre el diario y el amuleto. También insistió en ver los papeles de la constructora. ¿Había estado buscando algo desde el principio?

El sonido de pasos en el pasillo lo sacó de sus pensamientos. Se acercó a la puerta y escuchó. Un golpe sordo, luego nada. Luis apagó la luz y se quedó quieto. No iba a abrir. No esa noche.

Se recostó en la cama, pero no pudo dormir. Repasó en la cabeza todas las veces que Nora había estado cerca del diario. Pensó en lo fácil que era confiar en alguien cuando todos compartían el mismo miedo. Ahora, el secreto del cuarto piso corría peligro por culpa de una traición.

El amuleto seguía caliente. Luis lo miró de nuevo, esperando una señal. No pasó nada. Solo el olor a abrigo flotando en el aire. Decidió esconder la carta de Don Emilio y la llave en la caja de herramientas, debajo del fregadero. No iba a dejar nada a la vista por si alguien intentaba entrar de nuevo.

Se levantó y fue hasta la ventana. Miró el edificio de enfrente, las luces apagadas. Todo parecía tranquilo, pero el miedo seguía ahí. Se preguntó si Nora actuaría de nuevo o si ya había entregado las páginas arrancadas a alguien más.

Pensó en la advertencia de Elena: “Solo quien cree puede proteger lo que importa.” ¿Y si nadie más creía? ¿Y si el cuarto piso desaparecía para siempre?

Luis cerró los ojos y apoyó la frente en el vidrio. Sabía que el día siguiente sería distinto. Tendría que enfrentar a Nora, descubrir qué buscaba y cómo detenerla. Pero, ¿podría superar la traición y mantener el secreto antes de que fuera demasiado tarde?

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