Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
  • 20 capítulos
  • 142 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 20 · ~5 min

Novia de verdad

El domingo amaneció nublado, y a las nueve menos cinco el café de la esquina tenía las mismas tres mesas ocupadas que una semana antes.

Abril se quedó en la vereda con una bolsa de papel en la mano. Había dormido dos horas. El pan de harina de arroz que había metido al horno a medianoche le había quedado un poco bajo. Lo había vuelto a hacer a las tres, después de que Lucas se fue. El segundo olía mejor.

Era el domingo en que, antes de que Esteban adelantara todo, su hermana debía casarse.

Por la ventana lo vio. La misma mesa del fondo, junto a la ventana. El mismo traje gris. Dos tazas de café sobre la mesa, una frente a él y otra frente a la silla vacía. Tobías miraba la puerta como quien espera la nota de un examen.

Abril entró. La campanita sonó igual que la de la panadería.

—Llegaste —dijo él, y se puso de pie tan rápido que casi tumba una taza.

—Te dije que no.

—Ya sé.

—Te dije que no quería que nos compraras la panadería.

—No la compré. Está a nombre de tu abuela. Lo revisé dos veces.

Ella se sentó. Él también. La mesera, la misma de hacía una semana, les dejó la carta y se fue mirando para atrás.

—¿Cómo supiste que iba a venir? —preguntó Abril.

—No lo supe. Pedí dos cafés por si acaso. —Tobías señaló la taza frente a ella—. Si no llegabas a las diez, me los iba a tomar los dos. Llevo media hora mirando la puerta.

—Llegué temprano.

—Llegaste cinco minutos antes. Para ti, eso es temprano.

—Le pagaste a Cuervo con todo lo que tenías ahorrado.

—Con casi todo.

—Tobías.

—Escúchame. —Él se inclinó hacia adelante—. Hace una semana, en esta mesa, te pagué para que fingieras que me querías. Era lo único que sabía hacer. Pagar, planificar, ordenar. —Se detuvo—. Lo de anoche no fue eso. A ti no te tengo que pagar nada. Ni para que me quieras ni para que te quedes. Lo de Cuervo fue para tu abuela, para que pudiera dormir. Si me dices que me vaya, igual le pagué.

Abril miró la taza de café. Estaba sin azúcar.

—Te lo voy a devolver —dijo—. Todo. Hasta el último peso. Con intereses de los legales, no de los de Cuervo.

—Acepto pagos en pan.

—Hablo en serio.

—Yo también. —Él señaló la bolsa de papel—. ¿Qué es eso?

Ella la empujó hacia él sin decir nada. Tobías la abrió. Sacó el pan bajo, todavía tibio en el centro, y lo miró con una seriedad de arquitecto revisando cimientos.

—Harina de arroz —dijo Abril—. Sin trigo. Lo hice a las tres de la mañana y no sé si quedó bien. Es el segundo. El primero se lo comió Lucas por compasión.

Tobías partió un pedazo y se lo comió. Masticó despacio. Después partió otro.

—Está mejor que el de aquí.

—Mentira. Regla número uno.

—Está igual que el de aquí —corrigió él—. Pero lo hiciste tú.

Abril sacó un lapicero del bolso y tomó una servilleta del servilletero de metal.

—Contrato nuevo —dijo—. Sin tarifa.

—Te escucho.

Escribió despacio, en voz alta.

—Uno: cero mentiras. Esa se queda. Dos: nada de contratos. Tres: los besos están permitidos, sin aviso previo. Cuatro: tú me vas a dejar pagarte, aunque me demore diez años. Cinco: los martes y los viernes no existo hasta las diez, porque estoy haciendo pan.

—Seis —dijo Tobías, y le pidió el lapicero—. La primera vez que mi familia te pregunte a qué te dedicas, les dices la verdad.

—¿Cuál de todas?

—Que eres panadera. Y mi novia. De verdad.

Ella firmó primero. Él firmó después, con la pluma negra que sacó del bolsillo interior del saco. Esta vez nadie guardó una copia.

Abril dobló la servilleta en cuatro y la metió en el bolso. Después se inclinó sobre la mesa y lo besó, sin aviso previo, como decía la regla tres. La mesera hizo como que no veía.

Cuando salieron, Tobías se detuvo en la vereda y le mostró el celular, ya cargado. Cuarenta y dos mensajes. Dieciocho eran de ella.

—Lo prendí a las seis de la mañana y los leí todos —dijo—. Uno decía que yo era un cobarde con corbata.

—Lo retiro. Lo de cobarde.

—¿Y lo de la corbata?

—Esa corbata azul no la quiero volver a ver en mi vida.

—Me la regaló mi mamá.

—Entonces la guardamos para el bautizo de alguien.

A las once, cuando llegaron caminando a la panadería, ya había gente en la vereda.

Carolina estaba detrás del mostrador, con un delantal que le quedaba grande y el lunar sobre la ceja manchado de harina. Rosa estaba sentada en su banco, junto a la puerta del patio, dando órdenes con el bastón. Lucas acomodaba el pan de la madrugada en las vitrinas, y el gato gris de la vecina dormía encima de una bandeja vacía como si fuera el dueño de todo.

—¡Llegan tarde! —gritó Rosa—. Abril, el letrero.

Abril sacó el cartón de la puerta, el de «CERRADO POR ASUNTOS FAMILIARES», y lo dio vuelta. Del otro lado, con la letra de Carolina, decía otra cosa.

«ABIERTO. ATENDIDO POR SUS DUEÑAS».

—Lo escribí anoche —dijo su hermana—. No me salió derecho.

—A mí tampoco me salió el otro.

Tobías entró detrás de ella, se puso un delantal sin que nadie se lo pidiera y fue a lavarse las manos. Rosa lo siguió con los ojos, de arriba abajo, igual que la noche de la cena.

—¿Ese es el arquitecto?

—Ese es, abuela.

—¿Y este es de verdad o de los que se pagan?

Abril miró a Tobías, que estaba tratando de entender cómo funcionaba la caja registradora con la misma cara con que había mirado los platitos de torta el martes.

—Este no tiene precio —dijo—. Ni siquiera el triple.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

Califica la novela completa

Para calificar la novela y dejar un comentario necesitas una cuenta gratis.

Inicia sesión para calificar la novela
0:00 / 6:39

Siguiente lectura