Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 19 · ~6 min

¿Era fingido?

La masa no tenía la culpa de nada, pero Abril la amasaba igual que a un culpable.

Eran las nueve de la noche del sábado. Había vuelto a la panadería en un taxi, todavía con el vestido de la boda, y lo primero que hizo fue ponerse el delantal encima y prender el horno. El horno nuevo, el que podía costarles la casa.

Sobre la mesa de amasar había una hoja de cuaderno con una lista de números.

Sus ahorros: casi nada. Lo de Carolina, que le había vaciado la cuenta en la fiesta sin pedirle permiso: un poco más. Lo que la tía Inés le había metido en el bolso envuelto en una servilleta, mientras le decía «no le cuentes a nadie»: un poco más. Lo que Lucas había conseguido adelantando tres encargos de la agencia: algo.

Abril sumó tres veces. Siempre le daba lo mismo. Ni la mitad. El mensaje de Cuervo seguía abierto en el celular, con su invitación a conversar. No pensaba ir a esa oficina con las manos vacías.

Antes de salir de la fiesta, la abuela también le había puesto algo en la mano: el anillo de matrimonio del abuelo, de oro gastado, envuelto en un pañuelo.

—Véndelo —le había dicho—. Él habría querido.

Abril lo tenía ahora sobre la mesa, al lado de la hoja. No pensaba venderlo. Pero tampoco se atrevía a guardarlo.

Llamó a dos bancos que tenían línea de atención nocturna. En los dos le pidieron una garantía. En los dos se rio sola después de colgar. La garantía era justamente lo que estaba por perder.

Le escribió a Tobías otra vez. «¿Dónde estás?». Un solo check gris. Igual que a las seis y media. Igual que a las siete y media.

Puso la masa en los moldes y se sentó en el banco de su abuela.

Mientras esperaba, preparó una segunda masa con harina de arroz, de un paquete que la abuela guardaba para los encargos especiales. No tenía ningún encargo. Las manos le pedían algo que hacer, y esa harina no la usaba nunca nadie.

Rosa dormía arriba. Carolina se había quedado en la casa de vidrio ayudando a Mariana a encontrar un hotel, porque, según ella, «la pobre mujer no tiene la culpa de haberse casado con el mismo idiota que yo». Abril estaba sola por primera vez en todo el día, y el silencio de la cocina se le metía en los oídos.

Pensó en Tobías. En el café del domingo, con su traje gris y su cara de haber ensayado frente al espejo. En la puerta de su casa, esa misma noche, cuando le dijo «soy arquitecto» como si fuera una disculpa. En el beso del restaurante de las lámparas de papel. En el de la panadería, el viernes, que él había planeado toda la noche.

Y en la silla vacía de la tercera fila.

Tal vez había sido eso todo el tiempo. Una semana de contrato. Él necesitaba una novia para sobrevivir a la boda de su ex, y la boda ya no existía. Misión cumplida. Ella le había devuelto el dinero, y él se había ido apenas se terminó la función.

—Fue de verdad —dijo en voz alta, a nadie—. Yo sé que fue de verdad.

El gato gris de la vecina la miró desde la vitrina vacía. No parecía convencido.

A las diez y cinco golpearon la puerta.

Abril se levantó tan rápido que tumbó el banco. Pero en el vidrio no estaba Tobías. Estaba Lucas, con la chaqueta mal puesta y un sobre de papel manila en la mano.

—Te traigo algo —dijo cuando ella abrió—. Y antes de que digas nada: no lo abrí. Bueno, lo abrí. Pero lo volví a cerrar con mucho respeto.

Ella tomó el sobre. Adentro había una sola hoja, con un membrete que ya conocía: «Eliseo Cuervo. Préstamos y Servicios Financieros».

Leyó despacio. Después volvió a leer.

«Paz y salvo. Por medio de la presente, hago constar que la deuda a nombre de la señora Rosa Montes, con garantía del inmueble de la calle del Carmen número catorce, ha sido cancelada en su totalidad. Recibido a las 7:10 p. m. del sábado. Pagó: Tobías Lander.»

Abajo, la firma de Cuervo. Y un sello.

Abril se sentó en el piso, ahí mismo, con la hoja en las manos.

—Me llamó anoche —dijo Lucas, y se sentó a su lado—. Después de la pizza. Me preguntó si mi primo el del bufete sabía si un prestamista da paz y salvo un sábado. Yo no entendí para qué era. Hoy salió de la boda, fue directo para allá y pagó. Con el dinero que tú le devolviste y con todo lo que tenía ahorrado para abrir una sucursal del estudio. Me dijo que el abogado de Mariana puede pelear los intereses después, que eso tiene arreglo. Pero que tu abuela no iba a pasar otra noche con ese hombre encima.

—Le dije que no. Le dije que no quería que nos comprara la panadería.

—Ya sé. Me lo repitió como cinco veces. Por eso no vino. —Lucas le dio un golpecito en el hombro—. Dijo que si te lo daba él, ibas a pensar que te estaba comprando a ti. Y que eso no lo iba a aguantar.

—¿Y por qué no contesta?

—Porque se le murió el celular en plena boda, mientras hablaba Mariana. Me lo mostró: anoche se quedó haciendo cuentas y no lo cargó. Venía en tres por ciento desde la mañana. Ni siquiera alcanzó a ver tus mensajes.

Abril se rio y lloró al mismo tiempo, sin decidir cuál de las dos cosas.

—Es un idiota —dijo.

—Es un idiota que hace las cosas en orden. —Lucas levantó las manos—. Primero se quedó sin batería. Después pagó. Después me buscó a mí. Me hizo firmar un papel diciendo que te lo entregaba en mano. Un papel, Abril. A mí.

—¿Y dónde está ahora?

—Cargando el celular, supongo. Durmiendo, ojalá. Tenía cara de no haber dormido desde el lunes. —Lucas sacó un papelito doblado del bolsillo, lo miró y lo volvió a guardar—. También me dio un mensaje para ti. Me hizo aprenderlo de memoria, así que no me interrumpas. «Mañana a las nueve voy a estar donde nos conocimos. En la misma mesa. Si no llegas, lo entiendo. Si llegas, el desayuno lo pago yo».

Detrás de ellos, el horno pitó. El pan estaba listo.

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