Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 18 · ~6 min

Se cae la máscara

Nadie respiró en el jardín de la casa de vidrio mientras Mariana Ríos caminaba hacia el arco.

Tenía los zapatos llenos de polvo, como si hubiera llegado a pie desde la carretera. Pasó junto a la tía Inés, junto a los primos de la costa, junto a la prima del bebé, que se tapó la boca con la mano libre. Se detuvo a tres metros de Esteban.

—Hola, amor —dijo—. Qué linda casa. Allá en Villa Clara todavía tenemos la gotera del baño.

—Mariana. —Esteban levantó las manos, sonriendo, hacia los invitados—. Señores, esto es un malentendido. Esta señora está enferma, la conozco hace años y…

—Estamos casados hace seis. Nos casamos en la iglesia de la plaza. Tu mamá lloró toda la misa.

Carolina abrió la carpeta azul y le entregó el acta al notario Pardo.

El notario leyó con el papel muy cerca de la cara. Su bigote blanco se movió dos veces.

—Señor Rueda —dijo—, aquí dice que usted contrajo matrimonio en Villa Clara y que no hay anotación de divorcio.

—Ese papel es viejo.

—Lo pidieron ayer —dijo Tobías desde la tercera fila—. Tiene el sello.

Mariana se volvió hacia Abril. Por primera vez, la miró de frente.

—¿Tú eres la que me escribió?

—Dos veces.

—La primera vez, el miércoles, lo llamé a él. —Mariana hablaba para Abril, pero todo el jardín escuchaba—. Le leí tu mensaje. Me dijo que eras una loca, que cobrabas por inventar historias, que no te hiciera caso. Me lo dijo muy tranquilo. Pero en la misma llamada me mintió tres veces. Me dijo que estaba en la capital trabajando, y se oían copas y música de fiesta. Me dijo que no conocía a ninguna Carolina, y yo no le había nombrado a ninguna Carolina. Y me dijo que no me preocupara por los papeles de la casa.

—¿Qué papeles? —preguntó Rosa desde la primera fila.

El hombre del maletín dio un paso adelante.

—Ramiro Toro, abogado de la señora Ríos. —Hizo una pequeña inclinación hacia Rosa—. Los papeles que el señor Rueda le pidió a su esposa que firmara este mes eran una venta. La casa de Villa Clara, la que ella heredó de sus padres. El comprador era un prestamista de esta ciudad, un tal Eliseo Cuervo.

La mano de Carolina se cerró sobre el brazo de Abril.

—Mi clienta no firmó nada —siguió el abogado—. Y anoche, cuando le llegó el segundo mensaje, con la hora y la dirección, no lo llamó a él. Me llamó a mí. Investigamos al señor Cuervo. Tiene varias denuncias. Cobra intereses muy por encima de lo que permite la ley. Cualquier persona que haya firmado un préstamo con él, sobre todo si la engañaron para hacerlo, puede pedirle a un juez que lo revise.

—Yo firmé uno —dijo Carolina—. Como codeudora. Por él.

—Entonces hablemos el lunes, señorita. —Toro le dio una tarjeta—. Ese préstamo tiene muchas grietas.

Esteban ya no sonreía. Miró a Carolina. Miró a Rosa. Miró a Pardo, que estaba cerrando su carpeta de cuero con mucha calma.

—No puedo celebrar este matrimonio —dijo el notario—. Y, si me disculpan, tampoco voy a autenticar ninguna firma de esta familia mientras este señor esté presente.

Esteban dio un paso hacia atrás. Después otro. Después se dio vuelta y caminó rápido, sin correr, hacia la puerta lateral del jardín, la que daba al garaje. Nadie lo detuvo. Un minuto más tarde se oyó un motor, unas llantas sobre la grava y después nada.

La tía Inés fue la primera en hablar.

—Yo siempre dije que ese reloj era demasiado brillante.

—Es verdad —dijo uno de los primos—. Lo dijo el lunes.

—Lo dije el domingo. El lunes dije lo de los zapatos.

Alguien se rio. Después otro. Y de pronto todo el jardín estaba hablando al mismo tiempo, los primos, los meseros, la prima con el bebé llorando. Mariana se sentó en una silla blanca, muy cansada, y Rosa le mandó a un mesero con un vaso de agua.

Carolina se quitó el velo y lo dejó sobre el arco de flores.

—Bueno —dijo en voz alta—. La comida ya está pagada. Bueno, no por él. Pero está pagada. Que nadie se vaya. Esto ya no es una boda, es una fiesta.

Hubo aplausos. La música volvió a sonar. Abril abrazó a su hermana tan fuerte que se le soltó una horquilla del peinado.

—Lo hiciste —le dijo al oído.

—Lo hicimos —dijo Carolina.

Mariana se acercó a ellas con el vaso de agua en la mano. Las miró a las dos, primero a una y después a la otra, deteniéndose en el lunar sobre la ceja.

—Ustedes son hermanas.

—Sí —dijo Carolina.

—Yo no tengo. —Mariana se tomó el agua de un trago—. Siempre quise una. Para que me avisara cuando estaba siendo tonta.

—Para eso sirven —dijo Carolina, y miró a Abril—. Aunque a veces avisan tarde.

—Más vale tarde —dijo Mariana.

Abril no supo qué contestar. Le salió una risa rara, mojada. Mariana le apretó el brazo y volvió a su silla, donde el abogado Toro ya estaba hablando por teléfono.

Carolina se arregló la horquilla suelta en el pelo de su hermana y miró alrededor.

—¿Y Tobías?

Abril buscó en la tercera fila. La silla estaba vacía.

Lo buscó en la mesa de los bocadillos, en la terraza, en la sala de vidrio donde había empezado todo el domingo. No estaba. Le escribió. El mensaje quedó con un solo check gris.

A las seis y media, desde la terraza, vio el auto de Tobías bajar la colina, despacio, con las luces encendidas, hasta perderse entre las casas.

Se había ido sin despedirse.

Abril miró la hora en el celular. Faltaban cinco horas y media para la medianoche. Entonces la pantalla se encendió en su mano. No era Tobías. Era el número de la tarjeta blanca.

«Me cuentan que en la fiesta hubo cambio de planes. Los míos siguen iguales. Estaré en mi oficina hasta tarde, por si alguien quiere venir a conversar. E. Cuervo.»

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