Capítulo 17 · ~6 min
La boda
Esteban llamó a las nueve en punto de la mañana. Rosa puso el altavoz y se llevó un dedo a los labios.
—Rosa querida, ¿cómo amaneció? —La voz sonaba descansada, perfecta—. Le tengo una buena noticia. El notario puede recibirnos a las once para la firma de la casa. Así queda todo listo antes de la ceremonia.
—Ay, Esteban. —Rosa tosió un poco, con mucho talento—. Me levanté mareadísima. La doctora dijo que nada de trámites, nada de filas.
—Es solo una firma. La llevo y la traigo en el auto.
—Firmo después del sí, mijo. En la fiesta, con el notario ahí mismo. Así lo celebramos todos juntos, ¿no le parece más bonito?
Hubo una pausa de dos segundos en la línea. Abril, sentada al otro lado de la mesa, contó cada uno.
—Claro —dijo Esteban—. Más bonito. Descanse, Rosa.
Cuando colgó, la abuela dejó el teléfono sobre la mesa como si estuviera caliente.
—Ese hombre no me quiere ni un poquito —dijo—. Y yo le hice sopa de pollo cuatro veces.
El resto de la mañana fue una carrera. Carolina pasó por la panadería a las diez, con el vestido en una funda y la cara de alguien que no ha dormido. La noche anterior, cuando llegó el mensaje del grupo, le había escrito a Esteban «Perfecto, amor, mañana entonces», y después había vomitado en el baño de la abuela.
—Ni siquiera me preguntó —dijo ahora, mientras Abril le subía el cierre—. Puso «Carolina y yo decidimos». Y yo me enteré por el grupo, igual que la tía Inés.
—Ya falta poco.
—El vestido no tiene bolsillos. —Carolina le pasó la carpeta azul—. Guárdala tú. Cuando el notario pregunte, me la das.
Abril la metió en su bolso, entre la billetera y la tarjeta blanca de Cuervo, que no se había atrevido a botar.
La carpeta no era lo único que había movido la noche anterior. Después del mensaje de Cuervo, cuando todos se fueron a dormir, Abril le había vuelto a escribir a Mariana. Esta vez sin cinco borradores: «La boda se adelantó. Es mañana, sábado, a las cinco, en la casa de vidrio de la colina». Y la ubicación. Las dos marcas se pusieron azules a la una y diez. No hubo respuesta. Abril no se lo contó a nadie. No quería que Carolina esperara a alguien que tal vez no iba a llegar.
Lucas pasó el mediodía llamando a bancos, a cooperativas y a un tío suyo que tenía una ferretería. Ninguno prestaba esa cantidad un sábado, y menos sin papeles. Abril hizo cuentas en una hoja de cuaderno hasta que se le acabaron los números. Después pasó la tarde mirando el reloj.
A las tres, la tía Inés llamó para preguntar qué sombrero ponerse.
—El lila —dijo Abril.
—¿No es mucho?
—Hoy nada es mucho, tía.
Lucas, que oía la conversación desde la mesa de amasar, le pidió el teléfono y le dijo a la tía Inés que el lila era perfecto, que nadie en esa boda iba a ir mejor vestida y que llevara pañuelos. Muchos.
A las cuatro, Tobías llegó a buscarlas en el auto, con el traje gris de siempre y una corbata azul nueva.
—¿Para qué te pusiste corbata? —le preguntó Abril.
—Es una boda.
—Es una trampa.
—Una trampa elegante.
La casa de vidrio brillaba en la colina con el sol de la tarde. El jardín estaba lleno de sillas blancas, flores y meseros. La tía Inés llevaba un sombrero lila del tamaño de una bandeja. Los primos de la costa ya estaban en la mesa de los bocadillos.
Cuando Abril entró del brazo de Tobías, varias cabezas se dieron vuelta. Los murmullos empezaron enseguida. Todos sabían lo del jueves. La pastelera que no era pastelera. El novio que le pagaba.
—Que hablen —dijo Tobías, y no le soltó la mano—. Hoy es verdad.
Esteban los esperaba junto al arco, impecable, con un traje oscuro y el reloj brillando en la muñeca. Saludó a los invitados uno por uno. Cuando llegó a ellos, su sonrisa no cambió ni un milímetro.
—No pensé que vendrían.
—Carolina me invitó —dijo Abril—. Soy su hermana.
—Y yo hice la casa —dijo Tobías—. Me gusta ver cómo la usan. Sobre todo las partes que todavía no están pagadas.
Esteban se rio fuerte, para que lo oyeran los demás, y se fue a saludar a otro.
Carolina, desde la puerta de vidrio, había visto toda la escena. Abril la buscó con los ojos. Su hermana tenía el ramo de flores blancas apretado contra el vestido y una cara tan tranquila que daba miedo. Debajo de esa cara, y eso solo lo tenía claro Abril, había una muchacha que la noche anterior había vomitado en el baño de la abuela.
Tobías le apretó la mano.
—¿Lista?
—No. ¿Y tú?
—Tampoco. Pero yo siempre llego temprano.
El notario Pardo era un hombre gordo y alegre, con un bigote blanco y una carpeta de cuero. Se paró bajo el arco a las cinco y cuarto. Sonó la música. Carolina apareció en la puerta de vidrio, del brazo de Rosa, que caminaba con el bastón y con una dignidad de reina.
Abril contó los pasos. Cuarenta. Uno por uno.
Rosa dejó a Carolina junto a Esteban, le acomodó el velo con las dos manos y se sentó en primera fila. Abril se paró a un lado del arco, con el bolso apretado contra el costado. Sentía la carpeta azul a través de la tela.
—Estamos aquí reunidos —empezó Pardo— para celebrar la unión de Esteban Rueda Salgado y Carolina Montes.
Habló de la confianza. Del respeto. De la casa como lugar donde se dice la verdad. Abril miró a Tobías en la tercera fila. Él levantó apenas las cejas.
—Antes de continuar —dijo el notario, y se ajustó los lentes—, la ley me obliga a preguntar. Si alguno de los presentes conoce un impedimento legal para este matrimonio, que lo diga ahora.
Carolina giró la cabeza hacia su hermana. Abril abrió el bolso y le puso la carpeta azul en la mano.
—Yo conozco uno —dijo la novia.
El murmullo recorrió las sillas de punta a punta. La tía Inés se sujetó el sombrero. El notario Pardo bajó los lentes, sin saber si aquello era parte de la ceremonia.
—Y yo traigo otro —dijo una voz de mujer desde el portón del jardín.
Todos se dieron vuelta.
En el portón había una mujer de unos treinta años, morena, con un vestido amarillo sencillo y una cartera de cuero gastada. A su lado, un hombre de corbata con un maletín.
Esteban perdió el color de golpe.
—Me llamo Mariana Ríos —dijo la mujer, y empezó a caminar entre las sillas—. Soy su esposa.