Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 16 · ~6 min

Unidas

—Te eché —dijo la abuela Rosa—. Te eché de tu casa por decirme la verdad, y después le dije a tu hermana que te habías ido porque quisiste.

Estaba sentada en la cama de la habitación 304, ya vestida, con el bolso en las rodillas y el bastón al lado, esperando la orden de salida. Eran las cinco de la tarde. Carolina estaba de pie junto a la ventana. Abril, en la puerta.

Habían entrado juntas. Rosa las había mirado a las dos, una al lado de la otra, y había empezado a hablar antes de que nadie le preguntara nada.

—Abuela, no tienes que…

—Sí tengo, Abril. Tengo setenta y cuatro años y ayer me desmayé encima de unas sillas de boda. No pienso morirme con esto guardado.

Carolina no se movió de la ventana.

—Me dio vergüenza —siguió Rosa—. Tú tenías razón con ese hombre y yo no te quise escuchar. Después me caí, y en el hospital te vi en el pasillo, y le pedí a la enfermera que no te dejara pasar porque no aguantaba que me vieras así. Que vieras que tenías razón. Fui orgullosa, mija. Fui una vieja orgullosa y tonta, y te perdí tres años por eso.

Carolina se dio vuelta. Tenía la cara mojada.

—No me perdiste, abuela. Yo estaba ahí. A diez cuadras.

—Ya sé. Por eso es peor.

Abril vio a su hermana cruzar la habitación y arrodillarse junto a la cama, con la cabeza en las rodillas de la abuela, como cuando eran niñas y se quedaban dormidas en el sillón. Rosa le acarició el pelo con la mano temblorosa.

Después levantó la vista hacia Abril.

—Y tú ven acá. No te quedes en la puerta como una vendedora de enciclopedias.

Abril se rio con la boca torcida de llorar y se sentó del otro lado.

Se quedaron así un buen rato, las tres juntas en una cama de clínica que no era para tanta gente. Nadie dijo nada bonito. No hacía falta.

A las seis, la enfermera trajo la orden de salida. A las siete, estaban en la cocina de la panadería: Rosa en su banco, con una manta en las piernas; Carolina y Abril en la mesa de amasar; Tobías apoyado en el horno apagado; y Lucas, que había llegado con dos pizzas y una ensalada sin gluten, sentado en un balde de harina dado vuelta.

—Para que conste —dijo Lucas—, nunca había estado en una reunión secreta de una familia. Me siento importante.

—Eres importante —dijo Abril—. Sin ti, nada de esto habría pasado.

—¿Eso es bueno o malo?

—Todavía no sé.

Rosa los miraba a todos desde su banco, uno por uno, y se detuvo en Tobías.

—Usted —dijo—. El arquitecto.

—Sí, señora.

—Ayer en el jardín dijeron que usted le pagaba a mi nieta.

—Es verdad. Le pagaba.

—¿Y hoy?

—Hoy no. Hoy me devolvió todo.

Rosa lo estudió un rato más. Después asintió una vez y se acomodó la manta, sin agregar nada. Tobías tardó un minuto en volver a respirar normal.

Habían puesto todo sobre la mesa: el acta de la carpeta azul, el préstamo de Carolina con su liga verde, la tarjeta blanca de Cuervo y el celular de Abril con la foto del estudio. Rosa miraba los papeles con los lentes en la punta de la nariz.

—Yo le conté a Esteban lo del préstamo —dijo—. Hace un par de meses. Él me preguntó por la panadería con tanto cariño… Y yo, sola, con miedo, le conté todo. El nombre de Cuervo, el plazo, todo.

—No es tu culpa, abuela —dijo Carolina—. Ese hombre es muy bueno para sacar cosas.

—Bueno —dijo Tobías, y se acercó a la mesa—. Lo que sabemos es esto. Esteban necesita que la boda se haga para que Carolina reciba su parte y la venda. Cuervo necesita que el domingo no haya dinero para quedarse con la casa entera. Los dos caminos terminan en el mismo escritorio. Si cualquiera de los dos se asusta antes de tiempo, se nos escapan.

—Entonces no se tienen que asustar —dijo Carolina—. Yo sigo como si nada. Voy a la boda, me visto, camino los cuarenta pasos.

—¿Y en el arco?

—En el arco, cuando el notario pregunte si hay algún impedimento, yo misma le doy el acta. —Carolina miró a Tobías—. Si me la prestas.

—Es tuya —dijo él, y le pasó la carpeta azul.

—Y yo no firmo nada en la notaría —dijo Rosa—. Le digo a Esteban que firmo después de la ceremonia, que estoy muy cansada en la mañana. Ya está. Una vieja que acaba de salir de la clínica tiene derecho a ser lenta.

—Y yo el lunes le consigo un abogado a Carolina para ese préstamo —dijo Lucas—. Mi primo trabaja en un bufete. Bueno, es el que hace los cafés. Pero conoce a todos.

Quedaba lo más difícil, y nadie quería decirlo. Fue Abril la que habló.

—Lo de Cuervo no tiene solución. Faltan dos días, y no tenemos ni la mitad.

—Yo puedo… —empezó Tobías.

—No. —Abril lo miró—. Ya te devolví tu dinero. No quiero que nos compres la panadería. Eso lo arreglamos nosotras.

Él sostuvo su mirada un momento y no insistió. Rosa los observó a los dos con una sonrisa pequeña, de quien ya ha visto esa película.

A las nueve y diez, cuando Lucas estaba repartiendo el último pedazo de pizza, sonaron tres celulares al mismo tiempo: el de Rosa, el de Carolina y el de Abril. Era el grupo de la familia. Un mensaje de Esteban, con una foto del arco de flores:

«Queridos todos: por la salud de nuestra querida Rosa, Carolina y yo decidimos no hacerla esperar más. La boda se adelanta para MAÑANA SÁBADO a las cinco, en el mismo lugar. El notario ya confirmó. ¡Los esperamos!»

Nadie alcanzó a decir nada. Treinta segundos después, el teléfono de Abril vibró otra vez. Un número que ya conocía.

«Felicitaciones por la buena noticia. Como acordé con doña Rosa, el plazo es el día de la boda. Mañana a medianoche. E. Cuervo.»

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