Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 15 · ~6 min

Por qué

La carpeta de cartón tenía una liga verde, de esas que se usan para amarrar los billetes, y Carolina tardó mucho en quitarla.

—No me miren así —dijo—. Los dos. Parecen la tía Inés cuando alguien se sirve dos veces.

—Te vas a casar con un hombre casado —dijo Abril—. ¿Cómo quieres que te miremos?

—Como a alguien que no tiene otra opción.

Una mesera se acercó a preguntar si querían algo más. Tobías pidió tres aguas sin mirar la carta. Nadie las tocó cuando llegaron.

Tobías no dijo nada. Estaba sentado muy derecho, con el acta otra vez guardada en la carpeta azul, mirando a Carolina con una expresión que Abril no le había visto antes. No era rencor. Era algo parecido a la tristeza que da un edificio abandonado.

—Hace dos meses encontré una carta en su auto —empezó Carolina—. Una carta de un juzgado de Villa Clara. Le pregunté. Me lo dijo todo con una calma increíble: que se había casado muy joven, que el matrimonio estaba muerto desde hacía años, que el divorcio estaba en trámite y que salía antes de la boda.

—¿Y le creíste?

—Quise creerle. —Carolina sonrió con amargura—. Después me dijo que, si el papel no salía a tiempo, no importaba. Que la ceremonia del domingo sería la fiesta, que el notario era amigo suyo y que lo legal lo firmaríamos después, tranquilos. Ahí ya no le creí nada.

—Entonces cancélala —dijo Abril.

—No puedo.

Carolina abrió la carpeta. Adentro había pocos papeles. El de arriba era una hoja con letra pequeña, sellos y dos firmas al final. Una era la de Esteban. La otra era la suya.

—Hace seis meses, Esteban me pidió que firmara como codeudora de un préstamo. Dijo que era para terminar de pagar la casa de vidrio, que el banco le pedía dos firmas, que era un trámite. Yo, que leía contratos todo el día en la oficina, firmé sin leer. Estaba enamorada.

Tobías se inclinó sobre la mesa.

—La casa de vidrio no está pagada —dijo—. A mí me debe la última cuota desde hace cuatro meses.

—Ya lo sé. Ese dinero nunca fue para la casa. —Carolina pasó el dedo por la firma de Esteban—. Cuando le dije que me iba, que cancelaba todo, se puso muy amable. Me dijo: «Puedes irte cuando quieras, mi amor. Pero si te vas, yo no pago. Y si yo no pago, te cobran a ti». Mi sueldo, mi apartamento, mis ahorros. Todo. Es más dinero del que voy a ganar en diez años.

Abril sintió frío en las manos.

—¿Y si te casas?

—Si me caso, él paga. Eso me prometió. Me caso el domingo, aguanto un año y después me divorcio. —Carolina enrollaba y desenrollaba la liga verde entre los dedos—. Pensé que era un negocio. Como el tuyo. Fingir una semana a cambio de dinero.

—No es lo mismo.

—¿No?

Abril abrió la boca y no supo contestar. Tobías le puso una mano en la espalda.

—Yo cobraba por una cena, Caro —dijo al fin—. A las doce me iba a mi casa. Tú vas a dormir con ese hombre todas las noches durante un año.

—Ya lo sé.

—¿Y lo vas a aguantar?

—He aguantado tres años sin mi familia. —Carolina levantó la barbilla—. Puedo aguantar cualquier cosa.

—Hay algo más —siguió Carolina, y bajó la voz—. Hace seis meses también, Esteban me insistió para que buscara a la abuela. Para que hiciéramos las paces. Yo pensé que lo hacía por mí. Él la llamaba, la visitaba, le llevaba flores. Cuando la abuela dijo que me iba a regalar la mitad de la casa, él estaba más feliz que yo.

—En su estudio me pidió que la convenciera de firmarte la casa entera —dijo Abril—. Las dos mitades.

Carolina se puso pálida.

—A mí me dijo que apenas nos casáramos íbamos a vender mi mitad. Que ya tenía un comprador. Un señor muy serio, que quería el local para poner un negocio.

—¿Te dijo cómo se llamaba?

—No. Nunca.

Abril tomó la hoja del préstamo y la giró hacia ella. La leyó desde arriba. El monto, con tantos ceros que tuvo que contarlos dos veces. La tasa de interés. Las condiciones. Las firmas.

Y arriba de todo, en el lugar donde iba el nombre del que prestaba el dinero, una línea escrita a máquina.

Acreedor: Eliseo Cuervo.

Abril se quedó mirando ese nombre. En el bolsillo de su chaqueta todavía tenía la tarjeta blanca de esa mañana, con las mismas letras negras.

—Tobías —dijo, muy despacio—. Mira esto.

Él miró. Tardó un segundo en entender. Después cerró los ojos.

Carolina estiró el cuello para leer al revés, y se le fue el color de la cara.

—Cuervo —dijo—. Ese era el nombre. El de los papeles de la abuela. Lo leí hace tres años y después me obligué a olvidarlo. —Miró su propia firma—. Y hace seis meses lo tuve delante y firmé sin leerlo.

—Esta mañana entró a la panadería —dijo Abril—. Me dijo que si el día de tu boda no le pagamos, se queda con la casa entera.

Carolina se llevó una mano a la boca.

Abril vio el dibujo completo, como esos rompecabezas que de pronto dejan de ser manchas y se convierten en un paisaje. Esteban le debía una fortuna a Cuervo. Cuervo quería la casa de la abuela. Esteban había empujado a Carolina a buscar a Rosa, había celebrado el regalo, había querido la casa entera a nombre de su novia y ya tenía un comprador para la mitad.

—No se casa contigo por amor, Caro —dijo—. Ni por tu dinero. Se casa contigo para pagarle a Cuervo con nuestra casa. Si la abuela consigue pagar, Esteban te hace vender lo que esté a tu nombre a ese señor tan serio, y casada con él no le vas a poder decir que no. Si no paga, Cuervo se queda con la casa entera el domingo y Esteban ni siquiera tiene que pedirte nada. Por cualquiera de los dos lados, la panadería termina en manos de Cuervo.

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