Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 14 · ~5 min

La prueba

09:05. «Salí. Son dos horas. No dejes que Cuervo te vuelva a encontrar sola.»

09:47. «Hay un camión de pollos delante de mí desde hace veinte kilómetros. Si no vuelvo, diles a mis empleados que los quise.»

10:31. «Llegué. El pueblo tiene una iglesia, una plaza y once perros. Ya entiendo lo de las once Marianas.»

Abril leía los mensajes en la sala de espera del tercer piso y se reía sola, con la bolsa de tela de la abuela sobre las rodillas. La enfermera ya le había recibido las pastillas y el carné. Rosa estaba despierta, pero le estaban haciendo otros exámenes, y nadie podía entrar hasta el mediodía.

Carolina estaba en la misma silla de la noche anterior, al final del pasillo. Se había cambiado de ropa: jeans, una camiseta gris, el pelo en una cola. Así parecía otra vez la hermana que le robaba la ropa los sábados. Tenía sobre las piernas una carpeta de cartón, cerrada con una liga, y no la soltaba ni para ir al baño.

—¿Qué es eso? —le preguntó Abril a las diez.

—Papeles de la boda.

—¿Te los llevas al baño?

—Son papeles importantes de la boda.

Abril no insistió. Habían dormido muy poco, habían hablado mucho, y por primera vez en tres años no tenían ganas de pelear.

A las once, Abril bajó a la cafetería y subió con dos sándwiches de jamón y dos jugos de mora. Le pasó uno a su hermana sin preguntar. Carolina lo recibió con la mano libre, la que no sujetaba la carpeta.

—¿Te acuerdas de que yo odiaba la mora? —dijo.

—Sí. Por eso te traje ese. El de naranja se acabó.

Carolina se lo tomó entero. Después se quedó mirando el vaso vacío.

—Me sigue sin gustar.

—Ya sé.

11:58. «Estoy en el registro civil. La señora que atiende está almorzando. Dice que vuelve en diez minutos. Ya van veinticinco.»

12:15. «Volvió. Le traje una empanada de la plaza. Ahora somos amigos.»

A las doce y media, la doctora dejó pasar a Abril. La abuela estaba sentada en la cama, con una bata celeste, el pelo blanco despeinado y un tubito de suero en el brazo. Se veía más chica que nunca.

Cuando la vio entrar, Rosa giró la cara hacia la ventana.

—Abuela.

—No me mires. Estoy horrible.

—Estás preciosa. Pareces una nube.

Rosa no se rio. Abril se sentó en el borde de la cama y le tomó la mano, la del brazo sin suero.

—¿Ya sabes lo que pasó ayer? —preguntó Rosa, todavía hacia la ventana—. Lo de tu trabajo.

—Sí, abuela. Estabas ahí.

—Entonces no me lo expliques ahora. Ahora no tengo fuerzas para enojarme. Me lo explicas en la casa, con un café.

—Trato.

—La doctora dice que te vas en la tarde.

—Ya sé.

—Y Carolina está afuera.

La abuela apretó los dedos. No dijo nada más. Abril tampoco. Se quedaron así diez minutos, mirando juntas cómo se movían las nubes, hasta que la enfermera las echó.

13:05. «Lo tengo. Voy de vuelta. No me sigas preguntando qué dice, quiero ver tu cara cuando lo leas.»

—Es insoportable —le dijo Abril al teléfono.

Carolina la miró desde el final del pasillo.

—¿Tobías?

—Sí.

—Te escribe mucho.

—Está aburrido. Fue a un pueblo.

Carolina abrió la boca para preguntar algo más y la volvió a cerrar. Se quedó mirando a su hermana con la frente arrugada de cuando, de niña, hacía divisiones largas en la mesa de amasar.

—¿Y ustedes…? —empezó.

—¿Nosotros qué?

—Nada.

A las tres y media, Tobías apareció en la puerta del ascensor con la camisa arrugada, una mancha de grasa en la manga y una carpeta azul debajo del brazo. Abril se levantó de un salto.

—Muéstrame.

—Aquí no. —Él miró hacia Carolina—. Vamos los tres a la cafetería.

—¿Por qué tienes grasa en la manga?

—Se me pinchó una llanta a la vuelta. La cambié yo solo, al lado de un potrero, con tres vacas mirándome. —Se miró la manga—. No me juzgaron. Fueron muy respetuosas.

Carolina dudó. Después se levantó con su propia carpeta de cartón apretada contra el pecho y los siguió.

En la cafetería se sentaron en la misma mesa de la noche anterior, junto a la ventana. Tobías abrió la carpeta azul y sacó un papel con un sello del registro civil y una firma en tinta azul.

Copia auténtica del acta de matrimonio. Villa Clara, hacía seis años. Contrayentes: Esteban Rueda Salgado y Mariana Ríos Peña. Abajo, una nota escrita a máquina: «Sin anotaciones marginales».

—La señora del registro me explicó qué significa eso —dijo Tobías en voz baja—. Que no hay divorcio. Que si se hubieran separado ante la ley, estaría anotado al margen del acta. Ese matrimonio sigue vigente, Carolina. Esteban está casado.

Abril le pasó el teléfono con la foto del estudio. El contacto. El corazón rojo. «Mi esposa». «Mariana».

—Lo vi el martes —dijo—. Lo quise decir el jueves en el jardín y él se adelantó. Por eso me expuso delante de todos. No fue por la boda, Caro. Fue para que nadie me creyera.

Carolina miró el acta. Miró la foto. Leyó despacio, con el dedo debajo de cada palabra, como cuando eran chicas y leían las cartas de la tía Inés.

Abril esperó el grito. El llanto. La silla corrida hacia atrás. Algo.

En cambio, Carolina dobló el acta en dos y se la devolvió a Tobías con mucho cuidado.

—Ya lo sabía —dijo.

Tobías se quedó con el papel en la mano. Abril sintió que no había entendido.

—¿Cómo que ya lo sabías?

—Lo sé desde hace dos meses. —Carolina puso las manos sobre su carpeta de cartón, la de la liga—. Y el domingo me voy a casar con él igual.

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