Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 13 · ~6 min

Sin contrato

El letrero de cartón decía «CERRADO POR ASUNTOS FAMILIARES», y Abril tardó diez minutos en escribirlo derecho.

Eran las siete de la mañana del viernes. La panadería estaba fría y oscura, con el horno apagado y las vitrinas vacías por primera vez en meses. El gato gris de la vecina la miraba desde afuera, ofendido, con la nariz pegada al vidrio.

Había pasado la noche en una silla de la clínica. A las seis, la enfermera le dijo que la abuela había dormido bien y le pidió que trajera su carné de salud y sus pastillas de la presión. Por eso estaba ahí. Por eso y porque necesitaba un lugar suyo para pensar.

La noche anterior, en la cafetería, no le había contestado a Tobías. Le había dicho: «Mañana. Es viernes. Regla cinco». Él había asentido, como si eso fuera una respuesta perfectamente razonable, y se había quedado con ella hasta medianoche.

Abril pegó el letrero en la puerta. Subió al cuarto de la abuela, encontró el carné en la mesa de noche y las pastillas en el cajón de la cocina, al lado de las tijeras. Lo metió todo en una bolsa de tela.

Antes de bajar se quedó un momento en la puerta del cuarto. La cama estaba hecha con la colcha de crochet de siempre. En la pared seguía la foto de los cuatro: la abuela, el abuelo, Carolina con diez años y ella con siete, las dos con delantales que les quedaban enormes, delante del horno viejo de hierro. Nadie la había quitado en tres años. Abril tampoco se había dado cuenta de que seguía ahí.

Después se sentó en el banco de su abuela, junto a la puerta del patio, sacó el celular y abrió la aplicación del banco.

El dinero de Tobías seguía ahí, completo. No había tocado ni un peso. Lo había estado guardando para pagar todo junto, el día que alcanzara.

Lo miró durante un rato largo. Era casi la mitad de la deuda. Era la diferencia entre tener una oportunidad y no tener ninguna.

Marcó la cuenta de Tobías y transfirió todo.

El teléfono le pidió confirmación. Confirmó. Le pidió la clave. La escribió con dedos firmes. En la pantalla apareció un círculo verde y la palabra «Exitosa».

Después buscó en el fondo del bolso. El contrato seguía ahí, doblado en cuatro desde el domingo, con una mancha de café en una esquina. Lo puso sobre el mostrador y lo alisó con la mano.

A las ocho en punto, alguien golpeó el vidrio de la puerta. Tobías, con dos vasos de café y cara de no haber dormido.

—Te traje uno sin azúcar —dijo cuando ella le abrió—. Ya es viernes.

Ella no tomó el café. Le mostró el celular con el círculo verde.

Tobías leyó la pantalla. Su cara pasó por tres expresiones distintas en dos segundos.

—¿Qué es esto?

—Tu dinero. Todo. —Abril le pasó el contrato—. Y esto también es tuyo. Ya no trabajo para ti.

—Abril, no tenías que…

—Sí tenía. —Ella respiró una vez, despacio—. Anoche me preguntaste si quería salir contigo de verdad. No te podía contestar mientras me estuvieras pagando. Habría sido una respuesta comprada.

Él miró el contrato. Después la miró a ella.

—¿Y ahora?

—Ahora sí. Ahora te digo que sí.

Tobías dejó los dos cafés y el contrato sobre el mostrador con mucho cuidado, igual que si fueran maquetas. Después la abrazó por la cintura y la besó. Esta vez no fue para que nadie viera. No había nadie. Solo el gato gris, que dio media vuelta y se fue.

—Esta vez lo planeé —dijo él cuando se separaron—. Toda la noche.

—Se nota. Te quedó mejor.

Él se rio con la frente apoyada en la de ella. Abril sintió el olor del café, del jabón de la clínica y de la madrugada, todo mezclado, y decidió que esa combinación tan poco romántica era su favorita.

La campanita de la puerta sonó.

Los dos se dieron vuelta. Abril había dejado la puerta sin seguro.

En el umbral había un hombre de unos cincuenta años, delgado, con un traje café, un paraguas cerrado aunque no llovía y el pelo peinado hacia atrás con mucho cuidado. Tenía unos ojos pequeños y amables, de esos que no se acuerdan de nada bueno.

—Buenos días —dijo—. Perdón la interrupción. El letrero dice cerrado, pero la puerta estaba abierta.

—Estamos cerrados —dijo Abril—. Mi abuela está enferma.

—Lo sé. Lo lamento mucho. —El hombre entró sin que nadie lo invitara y miró la panadería como quien mide un terreno—. Me contaron ayer lo de doña Rosa. Por eso vine.

—¿Quién le contó?

—Esta ciudad es pequeña, señorita Montes. —Sonrió—. Usted es Abril, ¿verdad? La que hace el pan los martes. Su abuela habla mucho de usted. Yo soy Eliseo Cuervo.

El nombre no le decía nada. La abuela nunca lo había pronunciado delante de ella. Siempre decía «el señor del préstamo», sin levantar los ojos de la masa.

—Soy la persona que le prestó el dinero a su abuela hace tres años —siguió Cuervo—. Ella me pidió más plazo hace un mes, y yo, que soy un sentimental, se lo di. Le dije: «Doña Rosa, págueme cuando pase la boda de su nieta». Usted sabe, para que no tuviera preocupaciones en un momento tan lindo.

—¿Y?

—Y vengo a recordarle, ya que doña Rosa está indispuesta, que el plazo es el día de la boda. Si antes de que termine ese domingo no está el dinero completo, la casa pasa a mi nombre. Con el horno, las vitrinas y todo lo demás. —Miró el gato a través del vidrio—. Menos el gato. El gato no es de ustedes.

El piso de la panadería, el que Abril había barrido mil veces, se inclinó un poco.

—Faltan dos días.

—Faltan dos días —confirmó Cuervo, y sacó una tarjeta blanca del bolsillo—. Si quiere hablar, me llama. ¿Me da su número? Así le aviso cualquier novedad.

Ella se lo dio sin pensar. Él lo anotó en una libreta pequeña con una letra muy prolija.

—Que se mejore doña Rosa —dijo en la puerta—. De verdad.

La campanita sonó otra vez. Abril se quedó mirando la tarjeta blanca, con el nombre en letras negras y un número de teléfono.

Cuando levantó la vista, Tobías ya tenía el celular en la mano, con la aplicación del banco abierta y el círculo verde todavía en la pantalla.

—Ni se te ocurra —dijo ella.

—No iba a…

—Ibas.

Él guardó el celular en el bolsillo. Lo guardó demasiado rápido. Abril conocía esa velocidad: era la misma con la que ella, durante tres años, le había dicho a todo el mundo que estaba bien.

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