Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 12 · ~6 min

Otra versión

—Fue por el préstamo —dijo Carolina—. Todo empezó con el horno.

Abril se acordaba del horno. El viejo, el de hierro, el que había comprado el abuelo. Una mañana de invierno dejó de calentar y nunca más volvió a funcionar.

—La abuela necesitaba uno nuevo y no tenía con qué —siguió Carolina—. El banco no le prestó. Entonces apareció un señor que prestaba dinero rápido, sin tantas preguntas. Ella firmó y puso la casa de garantía. Yo trabajaba en la oficina de contabilidad, ¿te acuerdas? Leí los papeles una noche. Los intereses eran una barbaridad. Ese hombre no quería que le pagaran. Quería la casa.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije la verdad. Que vendiéramos el local antes de perderlo, que alquiláramos algo más chico, que viviéramos tranquilas. —Carolina se rio sin ganas—. Para ella fue como si le hubiera pedido que vendiera al abuelo. Me gritó. Yo le grité. Y al final me dijo: «Si no crees en esta casa, no vivas en ella».

Abril cerró los ojos. Podía oír esa frase con la voz exacta de su abuela.

Era la misma voz con que le decía «la masa no se apura» o «el que llega tarde se lleva el pan duro». Una voz que no admitía respuesta.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Nada. Me quedé parada en la cocina, al lado del horno nuevo, el que había comprado con ese préstamo. —Carolina se apretó las manos—. Me acuerdo de que todavía olía a fábrica.

—Esa misma noche hice la maleta —siguió Carolina—. Ella me pidió una sola cosa: que no te metiera en eso. Que tú tenías veintitrés años, que acababas de dejar la universidad para hacer el pan y que no te iba a cargar con sus deudas. Le prometí que no te diría nada. Y cumplí. Te llamé para saber cómo estabas, no para contarte. Pero tú no contestabas.

—Si me lo hubieras dicho…

—Si te lo hubiera dicho, habrías tenido que elegir entre ella y yo. Y yo ya sabía a quién ibas a elegir.

Abril quiso decir que no era cierto. No pudo, porque sí lo era.

—Dos semanas después se cayó —dijo, despacio—. Y tú no viniste.

—Vine. —Carolina la miró—. Vine al hospital esa misma noche. La abuela le pidió a la enfermera que no me dejara entrar.

—No es cierto.

—Me quedé en el pasillo hasta las dos de la mañana. Una enfermera me trajo un té. —Carolina miró el techo—. Después volví tres días seguidos. Al cuarto, dejé de ir. No por orgullo. Porque me di cuenta de que mi presencia la ponía peor.

Abril se acordó de esos días. De la habitación compartida, de la abuela que no quería hablar, de una bolsa de mandarinas que apareció un día en la mesa de noche sin que nadie supiera quién la había dejado.

—Las mandarinas —dijo.

—Eran mías.

Afuera ya era de noche cuando la doctora volvió a salir. Eran las siete y media; los exámenes habían tardado toda la tarde. Dijo que una de ellas podía pasar. Abril miró la puerta doble y después a su hermana.

—Ve tú.

—¿Segura?

—Ve.

Carolina entró. Abril se quedó sola en el pasillo, con el velero torcido, el café frío en el suelo y dos versiones de la misma noche que no encajaban.

En una, Carolina era la hermana que huía con una maleta roja. En la otra, era una muchacha de veintiséis años a la que su abuela había echado por decir la verdad. En una, Rosa era una santa con bastón. En la otra, era una mujer orgullosa que había preferido perder una nieta antes que una casa.

Abril se dio cuenta de que no sabía cuál de las dos era su familia. Tal vez las dos.

Pensó en todas las mañanas de esos tres años. En la abuela, sentada en su banco, mirando la puerta del patio cada vez que sonaba la campanita. Abril siempre había creído que miraba a los clientes. Ahora sospechaba que esperaba a otra persona.

Escribió un mensaje: «¿Sigues abajo?»

La respuesta llegó en menos de un minuto: «Sí».

La cafetería estaba casi vacía. Tobías tenía una mesa junto a la ventana, con el portátil cerrado, una botella de agua y tres servilletas dobladas en forma de casa. Se levantó al verla.

—¿Cómo está?

—Estable. Carolina está con ella.

Él no hizo más preguntas. Le corrió una silla y le pidió a la mujer de la caja un té de manzanilla, sin azúcar, porque esa tarde ya había tenido bastante. Abril se sentó y, sin saber muy bien por qué, se lo contó todo. El horno de hierro, el préstamo, la frase de la abuela, la enfermera, la promesa. Habló durante veinte minutos y él no la interrumpió ni una vez.

—No sé qué creer —dijo al final—. Llevo tres años contándome una historia. Y resulta que era la historia de otra persona.

—A mí me pasó lo mismo esta semana —dijo Tobías—. Un año pensando que me habían dejado por aburrido.

—Eres aburrido.

—Ya lo sé. Me lo dijiste ayer.

Ella se rio con la cara entre las manos. Después se quedó mirando la lluvia por la ventana. Eran casi las nueve. Afuera, los autos del estacionamiento brillaban bajo los faroles.

—Tienes que irte a dormir —dijo él—. Te llevo.

—Me quedo. Por si la abuela se despierta.

—Entonces me quedo yo también.

—Tobías, no tienes que…

—Abril. —Él puso las manos sobre la mesa, al lado de las casitas de servilleta—. La regla cinco decía que el viernes lo hablábamos otra vez. Faltan tres horas para el viernes, pero no quiero esperar.

Ella levantó la vista.

—Quiero que dejes el contrato —siguió él—. No porque esto se haya puesto feo. Porque ya no quiero pagarte para que estés a mi lado. Quiero que salgas conmigo. De verdad. Sin tarifa, sin reglas en una servilleta, sin tener que inventar cómo nos conocimos.

La cafetería se quedó muy quieta. La mujer de la caja dejó de contar monedas.

—Ya sabemos cómo nos conocimos —dijo él—. Me cobraste el triple.

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