Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 11 · ~5 min

Sala de espera

La máquina de café de la clínica San Rafael aceptaba monedas, pero no las devolvía.

Abril lo descubrió después de perder tres. Se quedó mirando el vaso vacío en la ranura, con el pantalón manchado de pasto en las rodillas, hasta que Tobías apareció detrás de ella, metió un billete y apretó el botón correcto.

—Con azúcar —dijo él, y le puso el vaso en la mano.

—No me gusta con azúcar.

—Hoy sí.

Llevaban dos horas en la sala de espera del tercer piso. Era un pasillo largo con sillas de plástico azul, un televisor sin volumen y un cuadro de un velero que alguien había colgado torcido. Tobías lo había enderezado al llegar, sin darse cuenta, y a los cinco minutos el cuadro se había vuelto a ladear solo. El clavo estaba flojo.

En la silla de enfrente, una señora tejía una bufanda que ya medía más de dos metros. Cada tanto levantaba la vista, miraba a Abril y le sonreía con lástima, como a alguien que lleva un vestido manchado en una fiesta.

—¿Primera vez aquí? —le preguntó.

—Sí.

—Yo llevo once días. El café de abajo es mejor que el de la máquina. La comida no.

A Rosa se la habían llevado en camilla por una puerta doble. Desde entonces, nadie les había dicho nada.

Esteban había llegado detrás de la ambulancia, en su auto. Se había ofrecido a hablar con los médicos, a pagar lo que hiciera falta, a traer comida. Carolina lo había escuchado sin mirarlo y al final le había dicho, con una voz tranquila y cansada:

—Vete a la casa, Esteban. Te llamo cuando sepa algo.

Él se fue. Antes de entrar al ascensor, le dio a Abril una mirada larga, sin sonrisa. Fue la primera vez en toda la semana que ella le vio la cara sin maquillaje.

La tía Inés se había ido una hora después a buscar ropa limpia para Rosa. Los primos volvieron a su hotel. Y Tobías, después de traer el café, se agachó junto a la silla de Abril.

—Voy a estar en la cafetería de abajo —dijo—. Si me necesitas, me escribes.

—¿Te vas?

—Me voy a dos pisos. —Miró hacia Carolina, que estaba sentada al final del pasillo, con los ojos fijos en la puerta doble—. Ustedes tienen que hablar, y yo soy la última persona que debería estar aquí.

Se fue por la escalera. Abril se quedó con el vaso tibio en las manos.

Pasaron diez minutos sin que ninguna dijera nada. El televisor mostraba un programa de cocina. Un hombre sin sonido cortaba cebollas con una velocidad imposible.

—Mamá hacía así la cebolla —dijo Carolina de pronto—. Igual de rápido. Yo me cortaba siempre.

—Tú te cortabas con todo. Con el papel, con las tijeras, con el borde de la mesa.

—Y tú te reías.

—Y yo te ponía las curitas de dinosaurios.

Carolina sonrió apenas. Fue tan corto que Abril pensó que lo había imaginado.

—Una vez te puse diez en el mismo dedo —dijo Abril—. Parecía un parque jurásico.

—Mamá se rio tanto que se le quemó el arroz.

La puerta doble se abrió y salió una doctora joven, con el pelo amarrado y una carpeta en la mano. Las dos se pusieron de pie al mismo tiempo.

—¿Familiares de Rosa Montes?

—Somos las nietas.

—Está estable. Tuvo una subida fuerte de presión, por el susto, y se desmayó. Le estamos haciendo exámenes. Va a pasar la noche aquí en observación. Si todo sale bien, mañana en la tarde se va a su casa.

A Abril se le volvieron de agua las piernas, y se sentó otra vez. Carolina se quedó de pie, con la mano en el pecho.

—¿Podemos verla?

—Ahora está dormida, y le faltan varios exámenes. Cuando terminemos, una de ustedes. Solo una. Puede ser tarde.

La doctora se fue. Las hermanas se miraron. Ninguna dijo «ve tú».

Carolina se sentó, esta vez a dos sillas de distancia, no al final del pasillo.

La señora de la bufanda guardó las agujas en una bolsa y se fue hacia el ascensor. El pasillo quedó solo para ellas, con el velero torcido y el hombre de las cebollas, que ahora freía algo en una sartén enorme.

—¿Es verdad lo de la agencia?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres años. Desde que la abuela se rompió la cadera y la panadería empezó a perder dinero.

Carolina se quedó callada, mirando el velero torcido.

—¿Y Tobías?

—Me contrató el domingo. No sabía que la novia eras tú. Te lo juro. Él tampoco sabía que yo era tu hermana. Nunca le hablaste de mí.

—No. Nunca le hablé de ti. —Carolina se miró las manos—. No tenía idea de qué decir. «Tengo una hermana que no me contesta el teléfono» no es una buena frase para la primera cita.

Abril dejó el vaso en el suelo.

—Caro, tengo que decirte algo de Esteban. Es importante. Por eso fui a buscarte al jardín.

—Hoy no.

—Pero es…

—Hoy no, Abril. —Carolina levantó la cara y tenía los ojos rojos—. La abuela está ahí adentro por mi culpa. Por mi boda. Por mi novio. No me hables hoy de Esteban.

Abril tragó todo lo que tenía para decir. Le costó.

Afuera había empezado a llover. Las gotas golpeaban el ventanal del final del pasillo, y la ciudad se veía borrosa, como una foto mal tomada.

—Ella siempre me dijo que te fuiste porque quisiste —dijo Abril al fin, en voz más baja—. Que no te importó dejarla. Que no te importó dejarme a mí, con veintitrés años, sola con una panadería y una abuela con la cadera rota. Durante tres años te odié por eso. Te odié todas las mañanas a las cinco, cuando prendía el horno.

Carolina la miró. Tenía la misma cara que en la escalera, aquella noche, con la maleta roja.

—Yo no me fui, Abril —dijo—. La abuela me echó.

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