Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 10 · ~5 min

Al descubierto

—Desde la puerta de vidrio hasta el arco de flores son cuarenta pasos —anunció la asistente del notario, una mujer delgada con un portapapeles—. Ni uno más. Si la novia camina rápido, la música no alcanza.

Era jueves, las once de la mañana, y el jardín de la casa de vidrio estaba lleno de sillas blancas todavía sin cintas. Los primos hacían de invitados. La tía Inés hacía de todo: de madrina, de crítica de moda y de narradora oficial de cada error.

Abril no había dormido. A las siete le había mostrado a Tobías el mensaje de Esteban. Él lo leyó dos veces, le devolvió el teléfono y le dijo una sola cosa: «No te separes de mí».

Ahora estaba a su lado, en la tercera fila, con la mandíbula tan tensa que parecía de piedra.

—Está tranquilo —murmuró Abril, mirando a Esteban.

—Por eso me preocupa.

Abril había visto a Esteban cinco veces en cinco días, y en todas tenía la misma cara: amable, descansada, de hombre que acaba de ganar algo pequeño. Esa mañana era igual. Solo había una diferencia. Cada vez que el teléfono le vibraba en el bolsillo, lo sacaba, miraba la pantalla y lo volvía a guardar sin contestar.

—Lleva tres llamadas —dijo Tobías—. No contesta ninguna.

—Tal vez es Mariana.

—Tal vez es alguien peor.

Esteban, junto al arco, daba instrucciones a todo el mundo con una sonrisa. Llevaba una camisa celeste y saludaba a Abril cada vez que la veía, con una inclinación de cabeza educada, como si la noche anterior no le hubiera mandado nada.

Carolina ensayó la caminata tres veces. La primera, demasiado rápida. La segunda, demasiado lenta. La tercera, a mitad del camino, se detuvo y se quedó mirando el arco. Cuarenta pasos, y no había manera de dar el último.

—Linda —gritó la tía Inés—, que no es un funeral.

—¡Y levanta la cara, que el fotógrafo te va a sacar puro cuello!

Carolina siguió caminando. Abril la miró y vio algo que no había notado en toda la semana: su hermana no estaba nerviosa. Estaba asustada.

La abuela Rosa ocupaba una silla en primera fila, con el bastón entre las rodillas y un abanico de flores. Estaba pálida, pero sonreía.

En el descanso, la asistente del notario se llevó a Esteban para revisar unos documentos. Los primos fueron por limonada. Carolina se alejó hacia el fondo del jardín, junto a la fuente de piedra, y se quedó sola mirando el agua.

—Voy a hablar con ella —dijo Abril.

—Regla tres —respondió Tobías—. No te dejo sola con Carolina.

—Entonces ven. Pero quédate a dos metros.

Cruzó el pasto con el corazón en la garganta. No tenía un discurso preparado. Tenía el teléfono con la foto en el bolsillo y tres años de rabia que, de repente, no servían para nada.

—Caro.

Su hermana se volvió despacio. Nadie la llamaba así desde que eran niñas.

—¿Qué quieres?

—Hablar. Cinco minutos. Lejos de aquí. Es sobre Esteban.

Algo pasó por la cara de Carolina. No fue sorpresa. Fue otra cosa, más parecida al miedo.

—No.

—Caro, por favor, tienes que…

—¡Abril! —La voz de Esteban sonó alegre y fuerte, desde el centro del jardín—. ¡Qué bueno que estés con Carolina! Así lo escuchan las dos.

Todos se dieron vuelta. Los primos con los vasos de limonada. La tía Inés con el abanico. La asistente del notario con su portapapeles. La abuela Rosa, despacio, desde la primera fila.

Esteban caminó hasta el arco, se paró debajo de las flores y sacó su teléfono.

—No quería hacer esto —dijo, con cara de pena—. De verdad que no. Pero esta familia merece saber la verdad antes del domingo.

—Esteban —dijo Tobías, dando un paso adelante—. No lo hagas.

—Tú cállate, que también te toca. —Esteban levantó el teléfono para que todos lo vieran—. Abril no es la novia de Tobías. Es su empleada. Trabaja en una agencia que alquila acompañantes para fiestas. Novias de mentira, por noche. Aquí está su foto. Aquí está su tarifa.

La tía Inés tomó el teléfono y se puso los lentes. Los primos se acercaron a mirar por encima de su hombro. Alguien dejó caer un vaso en el pasto.

—¿Y saben por qué Tobías la contrató? —siguió Esteban—. Porque Tobías fue novio de Carolina durante dos años. Vino a mi boda a provocar, y le pagó a la hermana para que lo ayudara.

Carolina cerró los ojos. Abril vio cómo le temblaban los labios.

—Esto es mentira —dijo la tía Inés, pero sin ninguna convicción.

—Pregúntenle a ella.

Todas las miradas cayeron sobre Abril. Pensó en negar todo. Pensó en gritar lo de Mariana, lo de Villa Clara, lo de la casa amarilla con el árbol de mangos. Pero vio la cara de su abuela y supo que cualquier cosa que dijera en ese momento iba a sonar como una venganza.

—Es verdad que trabajo en eso —dijo—. Es verdad que Tobías me pagó. Pero no vine a arruinar nada, abuela. Yo no sabía que…

—¿Por eso tenías tanto dinero? —La voz de Rosa sonó muy pequeña—. ¿Los pasteles para eventos?

—Abuela, déjame explicarte.

Rosa se puso de pie. Se apoyó en el bastón. Abrió la boca para decir algo, y el abanico se le cayó de la mano.

Después, se fue cayendo ella también, despacio, de lado, sobre las sillas blancas.

—¡Abuela!

Abril corrió. Tobías corrió detrás. Carolina llegó primero y le sostuvo la cabeza antes de que tocara el suelo.

—¡Una ambulancia! —gritó—. ¡Que alguien llame una ambulancia!

Rosa tenía los ojos cerrados y la cara gris. Abril se arrodilló en el pasto, le tomó la mano y la sintió fría.

Detrás de ellas, debajo del arco de flores, Esteban ya estaba marcando el número de emergencias, con la voz serena de un hombre que tenía todo bajo control.

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