Capítulo 9 · ~5 min
El plan
En internet había once mujeres llamadas Mariana en Villa Clara.
—Cuatro son menores de edad, dos son monjas y una tiene noventa años —dijo Abril, con el portátil de Tobías sobre las piernas—. Nos quedan cuatro.
Estaban en la oficina de Lander Arquitectos, que a las seis de la tarde ya se había vaciado. Tobías había corrido las mesas de dibujo contra la pared y había pegado una hoja grande en la pizarra, la misma donde el lunes habían inventado su historia de amor. Ahora decía «ESTEBAN» en el centro, con letras de imprenta, y de esa palabra salían flechas.
Villa Clara. Mariana. Casa. Abogado. Cuota sin pagar. Préstamo a la abuela.
—Pareces un detective de serie —dijo Abril.
—Tú me dijiste lo mismo el lunes.
—El lunes era un insulto. Hoy es un cumplido.
—¿Y mañana?
—Depende de lo que encuentres.
Él trajo dos cajas de comida japonesa y se sentó a su lado. Revisaron perfiles durante una hora. Una Mariana vendía tortas. Otra era profesora de natación. Otra solo publicaba fotos de su perro.
—Esta tiene cara de buena persona —dijo Abril, señalando a la profesora de natación.
—No estamos eligiendo amigas.
—Yo sí. Si todo esto sale mal, voy a necesitar alguna.
Tobías le quitó un pedazo de pescado de la caja con los palillos, sin preguntar, y siguió bajando por la pantalla.
La cuarta se llamaba Mariana Ríos y tenía el perfil casi cerrado. Solo se veían tres fotos públicas. La primera era de un atardecer. La segunda, de una casa amarilla con un árbol de mangos en la entrada.
La tercera era de una boda.
Una iglesia pequeña de pueblo, con paredes blancas y flores en las bancas. Una mujer de vestido sencillo y un ramo de margaritas. Y a su lado, más joven, con barba y algunos kilos menos, pero con la misma sonrisa de anuncio, Esteban Rueda.
Debajo, la fecha: hacía seis años. Y una frase escrita el año anterior: «Cinco años con mi esposo. Aunque trabajes lejos, esta siempre será tu casa».
Ninguno de los dos habló durante un rato.
—Lleva seis años casado —dijo Abril al fin—. Y hace uno le quitó a Carolina a otro hombre.
—A mí.
—A ti. Perdón.
—No pidas perdón. —Tobías miraba la foto con una expresión que ella no supo leer—. Durante un año pensé que Carolina me había dejado porque yo era aburrido. Porque no sabía sorprenderla. Me lo creí completo.
—Eres un poco aburrido.
Él la miró. Ella le sostuvo los ojos con toda la seriedad que pudo, hasta que a él se le escapó una risa.
—Gracias.
—De nada. Pero ella no te dejó por eso. Te dejó porque apareció un tipo que fingía mejor que yo.
Comieron en silencio un momento. Tobías usaba los palillos con una precisión ridícula: cada grano de arroz parecía tener un lugar asignado. Abril pensó que podría acostumbrarse a mirarlo comer.
Pensó también que eso era una idea pésima.
—Una foto en internet no sirve frente a un notario —dijo él—. Necesitamos el acta de matrimonio. Se pide en el registro civil del pueblo.
—¿Y cuándo vamos?
—El jueves es el ensayo. Si faltamos, Esteban va a sospechar. Puedo ir el viernes temprano. Son dos horas de carretera.
—¿Y mientras tanto?
Tobías señaló la pantalla.
—Mientras tanto, ella.
Discutieron diez minutos. Él quería esperar el acta. Ella decía que Mariana tenía derecho a saber que su esposo se casaba el domingo con otra. Al final, él se rindió con una condición: el mensaje lo escribirían juntos, sin acusar a nadie, sin nombres de más.
Lo redactaron cinco veces.
La primera versión de Abril empezaba con «Tu esposo es un mentiroso». Tobías la borró. La segunda de Tobías parecía una carta de un banco. Abril la borró. La tercera tenía demasiados signos de exclamación, la cuarta demasiadas disculpas.
—Escribes como si estuvieras pidiendo un permiso de construcción —le dijo ella.
—Y tú como si estuvieras peleando en un mercado.
—Entonces mezclemos.
La quinta fue la que quedó:
«Hola, Mariana. Me llamo Abril. Necesito hablar contigo sobre Esteban Rueda. Es importante y es sobre tu familia. No quiero hacerte daño. Este es mi número.»
Abril lo miró con el dedo sobre el botón.
—Si lo mando, ya no hay forma de deshacerlo.
—Si no lo mandas, tampoco.
Lo mandó a las nueve y diez de la noche. El mensaje quedó con una sola marca gris. Enviado. No leído.
Él la llevó a su casa a las diez y media. En el camino hablaron de cualquier cosa: del primer edificio que Tobías diseñó, que tenía las escaleras al revés; de la vez que Abril quemó doscientos panes el día de la madre; de Lucas, que una vez se hizo pasar por mago en un cumpleaños porque el verdadero se había enfermado. Tobías se rio tanto que tuvo que orillarse.
En la puerta del edificio, él no se fue enseguida.
—Abril.
—¿Qué?
—Hoy no estabas trabajando. Yo tampoco.
Ella no supo qué contestar, así que le dio las buenas noches y subió las escaleras de dos en dos.
En su cuarto se quitó los zapatos, se echó en la cama y miró el techo con una sonrisa tonta. Revisó el celular. El mensaje a Mariana tenía dos marcas azules. Leído a las once y dos. Ninguna respuesta.
A las once y cuarto, el teléfono vibró.
No era Mariana. Era un número sin nombre. El mensaje traía una imagen adjunta: una captura de pantalla de la página de la agencia de Lucas, con su foto de perfil, su nombre de pila y la tarifa por noche.
Debajo, tres líneas:
«Mariana me mostró tu mensaje. Ya sé quién eres y cuánto cobras. Si vuelves a acercarte a mi familia, el jueves en el ensayo lo sabe todo el mundo, empezando por tu abuela. Esteban.»