Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 8 · ~6 min

Desconfianza

—Buenos días —dijo Tobías a las diez en punto del miércoles, y no dijo nada más en veinte minutos.

El almuerzo era en la casa de la tía Inés, al otro lado de la ciudad, y el tráfico estaba imposible. Abril intentó hablar dos veces. La primera, él subió el volumen de la radio, que daba las noticias del clima. La segunda, contestó una llamada de su oficina y habló de vigas durante quince minutos con una paciencia que no usaba con ella.

—Necesito que veas algo —dijo Abril cuando colgó.

—Después del almuerzo.

—Es importante.

—También es importante que lleguemos a tiempo. Tu abuela nos está esperando.

Ella se calló. No por obediencia, sino porque se dio cuenta de que él tenía razón en algo: si discutían en el auto, iban a llegar con cara de pelea, y la tía Inés detectaba una pelea a cien metros.

La casa de la tía Inés era pequeña, ruidosa y llena de plantas colgantes. Había un sancocho enorme en la estufa, tres primos jugando dominó en el patio y un loro que decía «¡qué bonito!» cada vez que alguien entraba. Rosa estaba en la sala, en el mejor sillón, y apenas los vio levantó el celular.

—¿Y mi foto? Te la pedí ayer.

—Se me olvidó, abuela. Perdón.

—Inés no me cree que se ven lindos.

—No te creo —gritó la tía desde la cocina.

Tobías se acercó, se agachó junto al sillón y le mostró a Rosa una foto desde su propio teléfono: los dos en el restaurante, ella riéndose de algo, él mirándola. Abril no sabía que él tenía esa foto.

—Esta —dijo él—. Es la mejor.

Rosa la miró con los ojos brillantes.

—Mándamela. Ay, mírala cómo se ríe. Hacía años que no la veía reírse así.

Abril tuvo que darse vuelta y fingir interés en el loro.

—¡Qué bonito! —le dijo el loro.

—Gracias —contestó ella, y fue lo único sincero que dijo en una hora.

Durante el almuerzo, Tobías se sentó a su lado y cumplió todas las reglas. Le pasó el ají, le sirvió jugo, le apartó la silla. Para los demás era el novio perfecto. Para ella era un desconocido amable. Nunca la miraba a los ojos.

Esteban llegó tarde, con flores para la tía Inés y una botella de vino para los hombres. Saludó a todos por su nombre, se acordó del cumpleaños de un primo y cargó al bebé de la prima sin que se le arrugara la camisa. Carolina venía detrás, con lentes oscuros.

En el postre, Esteban se inclinó hacia Abril mientras los demás discutían de fútbol.

—¿Lo pensaste?

—Todavía.

—No hay mucho tiempo. El domingo está ahí.

Le apretó el hombro con una mano tibia y volvió a su silla. Tobías, que estaba hablando con un primo, no se perdió el gesto. Abril lo notó por la forma en que dejó de mover la cuchara.

Un rato después, el celular de Esteban sonó. Él miró la pantalla, se disculpó con una sonrisa y salió al patio. Desde la ventana de la cocina, mientras ayudaba a la tía Inés a lavar platos, Abril lo vio hablar casi pegado a la pared, de espaldas a la casa, con la mano sobre la boca. No parecía un hombre de negocios. Parecía un hombre escondiéndose.

Volvió a entrar sonriendo, como siempre.

A las cuatro se despidieron. Rosa los abrazó a los dos en la puerta y le dijo a Tobías al oído algo que lo hizo sonrojarse. Él no quiso repetirlo.

En el auto, antes de que él encendiera el motor, Abril sacó el celular, abrió la foto, le hizo zoom al mensaje y se lo puso delante de la cara.

—Léelo. Completo. Después me dices lo que quieras.

Tobías suspiró, pero lo tomó. Esta vez lo leyó despacio. Abril vio cómo los ojos le bajaban línea por línea y se quedaban al final.

—«Los papeles de la casa de Villa Clara llegan el lunes. Te extraño. Avísame cuándo vuelves. Mariana» —leyó en voz alta—. Mariana.

—Carolina no se llama Mariana. Y nunca vivió en Villa Clara.

Él siguió mirando la pantalla mucho tiempo.

—En la obra —dijo al fin—, Esteban me pidió que le recomendara un abogado para un asunto de una casa fuera de la ciudad. Le dije que no conocía a ninguno. No pregunté dónde era.

—¿Y te pagó la casa de vidrio?

Tobías la miró, sorprendido por la pregunta.

—Me debe la última cuota desde hace cuatro meses. Siempre tiene una excusa.

—Ahí está.

—Eso no prueba nada.

—Ya lo sé. —Abril recuperó su teléfono—. Esteban me llamó a su estudio para ofrecerme un préstamo. Quería que convenciera a mi abuela de firmar toda la casa a nombre de Carolina. Toda. Mientras yo estaba ahí, sonó su teléfono. No busqué nada. Le tomé una foto porque nadie me iba a creer.

—¿Por qué no me lo contaste anoche?

—Porque no me dejaste hablar. Viste dos palabras y decidiste que yo era una bruja vengativa.

Tobías se frotó el puente de la nariz con dos dedos.

—Te pido perdón. Regla uno. Cero mentiras. Yo tampoco la cumplí: te juzgué sin preguntar, y eso es casi lo mismo.

—Casi.

—Casi —aceptó él—. Te creo, Abril.

El aire le volvió a los pulmones de a poco, igual que el calor a un horno recién prendido.

—Entonces vamos ahora mismo a buscar a Carolina.

—No.

—¿Cómo que no?

Tobías encendió el motor y miró hacia la casa, donde Esteban estaba en la puerta despidiendo a la tía Inés con un abrazo de nieto ejemplar.

—Te creo —repitió—. Pero no vamos a decir nada todavía. Si se lo contamos sin pruebas, él lo niega en un minuto. Tú quedas como la hermana resentida y yo como el ex despechado. Y Carolina se casa el domingo igual, pero odiándonos.

—¿Y qué hacemos?

—Lo que hago con un edificio que no se sostiene. —Tobías puso el auto en marcha—. Buscamos dónde está la grieta antes de tocar una sola pared.

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