Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 7 · ~6 min

Decirlo o callar

Había tres caminos, y ninguno terminaba bien.

Abril los repasó sentada en el muro de piedra de la entrada, mientras Tobías iba a buscar el auto al fondo de la calle. El primero: entrar otra vez, buscar a Carolina y mostrarle la foto. El segundo: contárselo a la abuela. El tercero: guardar el teléfono, cobrar su semana y dejar que cada quien se casara con quien quisiera. Y encima de los tres, como una piedra en el zapato, la frase de Carolina en la baranda: «Yo sí firmé». ¿Firmó qué?

Marcó el número de Lucas.

—Dime que no rompiste nada —contestó él al primer timbre.

—El novio está casado.

Del otro lado se oyó un silencio largo y después el ruido de una licuadora que se apagaba.

—Repite eso.

Abril se lo contó todo en voz baja: el estudio, el globo terráqueo, la oferta del préstamo, el mensaje. Lucas la escuchó sin interrumpir, cosa que no había hecho nunca en siete años de amistad.

—Bórrala —dijo al final.

—¿Qué?

—La foto. Bórrala. Regla tres, Abril. El pasado del cliente no es asunto nuestro. Y el presente del novio, todavía menos.

—Es mi hermana, Lucas.

—Es tu hermana con la que no hablas hace tres años, que se va a casar con un tipo que tiene fotos con todo el mundo y un diploma en la pared. ¿Sabes qué va a pensar si llegas con esto? Que estás celosa. Que viniste con su ex para hacerle daño y ahora quieres terminar el trabajo.

Abril abrió la boca para defenderse y no encontró nada que decir.

—Y otra cosa —siguió Lucas, más suave—. Un mensaje no prueba nada. Puede ser una prima, una broma, un contacto mal guardado. Si te equivocas, arruinas una boda, pierdes el dinero de la panadería y tu abuela se queda sin las dos nietas el mismo día.

—¿Y si no me equivoco?

Lucas tardó en responder.

—Entonces necesitas algo mejor que una foto.

—¿Como qué?

—No sé. Yo hago contratos de mentira, Abril. No investigo matrimonios. —Del otro lado se oyó la licuadora otra vez, un segundo, y después nada—. Prométeme que no vas a hacer nada esta noche.

—Te lo prometo.

—Mentirosa.

—Esta vez no.

Las luces del auto de Tobías aparecieron en la esquina. Abril colgó.

Durante los primeros diez minutos del viaje, ninguno de los dos habló. Tobías manejaba con las dos manos en el volante, como en un examen de conducir. Abril miraba las calles pasar, los semáforos, los vendedores de mango en las esquinas. Tenía el bolso sobre las rodillas y lo apretaba como si alguien se lo fuera a robar.

—Estás muy callada —dijo él al fin.

—Me cansó el pastel.

—Te comiste tres porciones.

—Por eso.

Tobías la miró de lado un segundo y volvió a la calle. No insistió. Ella pensó que era la primera vez que agradecía que un hombre no insistiera.

En un semáforo en rojo, el celular de Abril vibró. Era un mensaje de la abuela Rosa, lleno de errores y de signos de exclamación: quería una foto de «la parejita» para mostrársela a la tía Inés, que no le creía que se veían tan lindos.

Abril soltó una risa cansada.

—Mi abuela quiere una foto de nosotros. Para presumir.

—Tenemos las de anoche. Las que tomó tu prima en el restaurante.

—No sé cuál mandar. En todas salgo con cara de que me están cobrando una multa.

—Pásamelo. Yo elijo.

Le dio el teléfono sin pensar. Esa fue la parte que después más se reprochó: no pensar.

Tobías pasó el dedo por la galería. Una foto de ellos dos en la mesa larga, con las lámparas de papel. Otra con los primos. Otra borrosa de la tía Inés con la boca abierta. Y después, la última, la más reciente, la que había tomado esa tarde.

Él se quedó quieto.

En la pantalla se veía un escritorio de madera oscura, la esquina de un globo terráqueo y, en el centro, el celular de Esteban, con la pantalla encendida y la palabra «Mi esposa» arriba, en letras blancas.

El semáforo cambió a verde. El auto de atrás tocó la bocina. Tobías avanzó despacio y se estacionó junto a una farmacia.

—¿Esto es del estudio? —preguntó.

—Tobías, déjame que te explique.

—¿Le revisaste el teléfono a Esteban?

—No le revisé nada. Vibró y yo…

—Y tú le tomaste una foto. —Él le devolvió el celular sin mirarla—. Esteban le dice «mi esposa» a Carolina desde hace un año. Lo escuché en la obra cien veces. «Mi esposa quiere más luz en la cocina.» «Mi esposa odia las escaleras sin baranda.» Es su manera de hablar.

—No era eso, el mensaje decía…

—No me importa lo que decía. —Por primera vez, Tobías levantó la voz, y se notaba que no tenía práctica—. Me pediste que no te dejara sola con Carolina. Me pediste reglas. Cero mentiras entre nosotros. Y mientras yo estaba hablando de cupcakes, tú estabas revisando el teléfono del novio de tu hermana.

—No es lo que parece.

—Parece exactamente lo que es. Llevas tres años sin hablarle. Le regalan la mitad de una casa, se casa en un lugar precioso, tiene a toda la familia aplaudiendo. Y tú llegas con su ex y una cámara.

Abril sintió que la cara le ardía, pero no de vergüenza. De rabia.

—¿Eso piensas de mí?

—Pienso que no te conozco. —Tobías puso el auto en marcha—. Te contraté para que fingieras ser mi novia, no para que le arruinaras la boda a nadie. Si esto es una venganza, yo no voy a ser tu herramienta.

El resto del viaje fue en silencio. Cuando llegaron a su edificio, Abril bajó sin despedirse. Tobías esperó a que abriera la puerta, como siempre. Esa noche fue lo único que hizo como siempre.

Arriba, en su cuarto, Abril abrió la foto otra vez y le hizo zoom al mensaje. Ahí estaba, completo, con la firma al final. Mariana. Villa Clara.

Tobías no lo había leído. Había visto dos palabras y había decidido quién era ella.

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