Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 6 · ~6 min

La propuesta de Esteban

El estudio de Esteban parecía el decorado de una película sobre hombres exitosos.

Un escritorio de madera oscura sin un solo papel encima, una biblioteca con libros de cuero que nadie había abierto, un globo terráqueo antiguo y, en la pared, un diploma enmarcado de una universidad extranjera. Abril se quedó de pie junto a la puerta. Esteban se sentó en el borde del escritorio, como un profesor simpático, y dejó el celular a su lado, con la pantalla hacia arriba.

—Siéntate, por favor.

—Estoy bien así.

—Como quieras. —Él sonrió—. Voy a ser directo, porque me caes bien y porque somos casi familia. Rosa me contó lo del préstamo.

A Abril se le calentaron las orejas. Su abuela no le contaba a nadie lo del préstamo. Ni a la tía Inés.

—¿Te lo contó?

—Hace un par de meses. Estaba preocupada y yo sé de números. Trabajo en inversiones. —Señaló el diploma con la barbilla—. Tu abuela tiene una casa que vale mucho más que esa deuda, y una panadería que no da para pagarla. Ese es el problema.

—Gracias. No lo había notado.

Esteban tomó el globo terráqueo con una mano y lo hizo girar despacio. Los continentes pasaron uno detrás de otro, amarillos y gastados.

—Este era de mi padre —dijo—. Viajó por todo el mundo. Yo también. Cuando uno conoce tantos lugares, aprende algo: nadie se enamora de una casa. Se enamora de lo que la casa le permite hacer.

—Mi abuela sí se enamoró de su casa.

—Por eso está a punto de perderla.

Él se rio como si ella hubiera dicho algo brillante.

—Tengo una solución. El domingo Rosa va a firmar la mitad de la casa a nombre de Carolina. Yo quiero que firme las dos mitades. Toda la casa a nombre de tu hermana.

Abril tardó en entender.

—¿Toda?

—Una sola dueña es más fácil para un banco. Con la casa a nombre de Carolina, yo consigo un crédito nuevo, pagamos la deuda vieja y Rosa sigue con su panadería. Todos ganan.

—Menos yo, que me quedo sin mi mitad.

—Tu mitad hoy no vale nada, Abril. Vale una deuda. —Esteban abrió las manos, comprensivo—. Pero no te pido que lo hagas gratis. Si convences a tu abuela antes del domingo, yo te presto el dinero que te falta. Sin intereses. Sin papeles. Entre familia.

Era una oferta generosa. Demasiado generosa. Abril había pasado tres años sentada en cenas con hombres que vendían cosas, y conocía ese tono: el de alguien que te regala una vaca para quedarse con el campo.

—¿Por qué no se lo pides tú a mi abuela?

—Porque a mí me va a decir que sí por cariño. Y no quiero que sea por cariño. Quiero que entienda que es lo mejor. Tú eres la que hace el pan con ella. A ti te escucha.

—¿Carolina sabe de esta idea?

—Todavía no. Es una sorpresa.

Abril pensó en Carolina cortando la papa en dieciséis pedazos. En Carolina con la libreta, escribiendo «coco» con letra apretada. Su hermana odiaba las sorpresas desde los ocho años, cuando le hicieron una fiesta y lloró debajo de la mesa.

—A mi hermana no le gustan las sorpresas.

—A todos nos gustan las buenas. —Esteban sonrió—. Y esta es muy buena.

Alguien tocó la puerta del estudio. Era la pastelera, roja hasta las orejas.

—Perdón, señor Rueda. Necesito que me firme el anticipo antes de irme, si no, no puedo apartar la fecha.

Esteban suspiró con paciencia de santo.

—Dame un minuto, Abril. Piénsalo.

Salió detrás de la pastelera y dejó la puerta entreabierta. Desde el pasillo se oía su voz, encantadora otra vez, preguntando dónde había que firmar.

Abril se quedó sola en el estudio. Miró el globo terráqueo. Miró los libros sin abrir. Pensó en su abuela soplando una taza fría a las cinco de la mañana.

Sobre el escritorio, el celular de Esteban vibró.

La pantalla se encendió. Ella no tenía intención de mirar, pero el teléfono estaba a medio metro y las letras eran grandes. El nombre del contacto apareció en la parte de arriba, con un corazoncito rojo al lado.

Mi esposa.

Debajo, el mensaje se leía completo:

«Los papeles de la casa de Villa Clara llegan el lunes. Te extraño. Avísame cuándo vuelves. Mariana.»

Abril leyó la frase dos veces. Después una tercera. Mi esposa. Villa Clara. Mariana. Ninguna de esas palabras tenía sentido en una casa donde el domingo habría una boda.

En el pasillo, Esteban seguía hablando con la pastelera.

Abril sacó su propio celular del bolso con dedos torpes. Le temblaba el pulso, así que apoyó el codo en la biblioteca. Enfocó la pantalla de Esteban y tomó la foto justo antes de que se apagara. La revisó: se leía todo. El contacto, el corazón, el mensaje, la hora. Guardó el teléfono en el bolso y se alejó hasta la ventana.

Cuando Esteban volvió, ella estaba mirando el jardín.

—Perdona —dijo él—. Las pasteleras de hoy no confían en nadie.

Tomó su celular del escritorio, miró la pantalla y no cambió de cara. Ni un milímetro. Se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

—¿Y? —preguntó—. ¿Lo vas a pensar?

—Lo voy a pensar —dijo Abril.

—Eso es todo lo que pido. —Le abrió la puerta con una pequeña reverencia—. Y, por favor, que quede entre nosotros. Carolina está muy nerviosa con todo esto de la boda. No quiero sumarle preocupaciones.

—Claro.

Salió al pasillo. Le costó caminar normal. En la terraza, Tobías seguía atrapado con la pastelera, que había vuelto a buscarlo para la torre de cupcakes, y Carolina estaba sola junto a la baranda, mirando la ciudad con los brazos alrededor del cuerpo.

Su hermana. La novia. La mujer que iba a casarse el domingo con un hombre que guardaba en su teléfono a otra persona con el nombre de «Mi esposa».

Abril se acercó a la baranda. Carolina no se dio vuelta.

—Te llevó al estudio —dijo. No era una pregunta.

—Quería hablar de la abuela.

—Lo que te haya ofrecido, no lo firmes.

—¿Por qué?

Carolina se soltó los brazos y se alisó el vestido, lista para volver a la fiesta.

—Porque yo sí firmé —dijo, y entró a la casa sin mirarla.

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