Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 5 · ~6 min

Lo que pasó hace tres años

A las cinco de la mañana, la panadería La Espiga era el lugar más tibio de la ciudad.

El horno ya estaba encendido. La masa madre dormía en su frasco de vidrio, y el gato gris de la vecina se había instalado en la vitrina vacía, entre las bandejas que esperaban el pan. Abril se ató el delantal, se recogió el pelo y hundió las manos en la harina.

Los martes eran suyos. Amasar le ordenaba la cabeza mejor que cualquier conversación.

Esa mañana no funcionó.

—Le diste la mitad de la casa a Carolina —dijo, sin mirar a su abuela.

Rosa estaba sentada en su banco de siempre, junto a la puerta del patio, con una taza de agua de panela y el bastón apoyado en la rodilla.

—Le di lo que le tocaba. Y a ti te toca la otra mitad.

—Abuela, la casa está de garantía. Si no pagamos el préstamo, no hay mitades. No hay nada.

—Eso lo arreglo yo.

—¿Cómo?

Rosa no respondió. Sopló la taza aunque ya estaba fría.

—Ya junté casi la mitad —dijo Abril, más bajo—. Esta semana.

—¿De dónde sacaste tanto dinero en una semana?

—Pasteles para eventos. Muchos eventos.

La abuela la miró por encima de los lentes. Abril siguió amasando con más fuerza de la necesaria.

Tres años atrás, en esa misma cocina, había visto a Carolina bajar por la escalera con una maleta roja. Eran casi las once de la noche. Su hermana no le explicó nada. Le dio un beso en la frente, le dijo «cuida a la abuela» y salió por la puerta del patio. Dos semanas después, Rosa se cayó en la acera y se rompió la cadera. Abril tuvo que cerrar la panadería un mes, cuidar a su abuela, aprender a hacer el pan sola y llorar en el baño para que nadie la oyera. Carolina llamó varias veces. Abril nunca contestó.

Desde entonces, cada vez que alguien decía su nombre, Abril se acordaba del ruido de las ruedas de esa maleta sobre las baldosas.

—Mija —dijo Rosa—, tu hermana no se fue como tú crees.

—No quiero hablar de eso.

—Algún día vas a tener que…

—Hoy no. Hoy tengo que sacar ochenta panes y probar un pastel de bodas.

Durante una hora no hablaron más. La cocina se llenó de olor a corteza tostada. Abril sacaba bandejas, las ponía a enfriar sobre la rejilla y volvía a cargar el horno, en un orden que sus manos conocían mejor que su cabeza. Rosa marcaba los panes con un cuchillo pequeño, una cruz en cada uno, igual que lo hacía su propia madre.

A las seis y media, la primera clienta golpeó el vidrio. Era doña Fanny, la de la farmacia, que siempre llegaba antes de abrir y siempre pedía lo mismo.

—Cuatro de leche y uno de queso —dijo—. ¿Y es verdad que tu hermana se casa con un millonario?

—Es verdad que se casa —dijo Abril, y le dio el cambio.

Rosa suspiró y no insistió. Abril lo agradeció y lo odió al mismo tiempo.

A las cuatro de la tarde, Tobías la recogió en la esquina. Ella todavía tenía harina en el borde de una uña. Él lo notó, sacó un pañuelo del bolsillo y se lo pasó sin decir una palabra.

—¿Estás bien? —preguntó al fin.

—Estoy perfecta. Vamos a comer pastel.

—Yo no puedo comer pastel.

—Exacto. Tú vas a sufrir y yo me voy a reír. Es un plan precioso.

La prueba del pastel era en la casa de vidrio. En el comedor habían puesto una mesa con seis porciones en platitos blancos, cada uno con una tarjeta: vainilla y frambuesa, chocolate y naranja, coco, tres leches, zanahoria, almendra. Una pastelera joven, muy nerviosa, explicaba los rellenos mientras Carolina tomaba notas en una libreta.

Esteban probaba todo con cara de juez de televisión.

—El de almendra es perfecto —decía—. Pero el tres leches tiene alma. Tobías, ¿cuál prefieres tú?

—Soy celíaco.

—Ah, cierto. Qué tragedia. —Esteban le dio una palmada en el hombro—. Entonces tú eliges la música, ¿te parece?

Tobías miró a Abril. Abril se metió una cucharada de chocolate en la boca para no reírse.

La abuela no había ido; estaba descansando para el resto de la semana. Sin ella, la casa se sentía más grande y más fría. Carolina y Abril no se habían dirigido la palabra en toda la tarde. Cuando sus manos coincidieron sobre el platito de coco, las dos las retiraron al mismo tiempo.

—Ese es el mejor —dijo Abril, sin pensarlo.

Carolina la miró por primera vez en toda la tarde.

—Mamá hacía uno de coco —dijo.

—Con limón en la crema.

—Con limón en la crema.

Fue un momento. Duró lo que dura una cucharada. Después Carolina volvió a su libreta y escribió algo con letra apretada.

—Coco —le dijo a la pastelera—. El pastel va a ser de coco.

Esteban levantó las cejas.

—¿No íbamos a decidir juntos, amor?

—Ya decidí.

Hubo una pausa incómoda. La pastelera se puso a guardar los platitos con mucha concentración. Tobías miró por la ventana. Esteban sonrió de nuevo, como si nada hubiera pasado, y aplaudió una vez.

—Coco entonces. Excelente elección.

Abril se quedó mirando el platito vacío. Había pasado años sin comer nada de coco. Ni siquiera las galletas de la tía Inés. Ahora tenía el sabor en la boca y no sabía qué hacer con él.

Tobías se le acercó por detrás y le habló al oído, con voz de conspirador.

—¿Qué fue eso?

—Nada. Un pastel.

—Ustedes dos no se miran en tres días y de repente terminan la frase de la otra.

—Es un pastel muy bueno —dijo Abril, y se fue a buscar una servilleta que no necesitaba.

Esteban la alcanzó junto al aparador mientras los demás salían a la terraza para ver dónde iría la mesa del pastel. Olía a una colonia cara y demasiado fuerte.

—Abril —dijo en voz baja, con tono amable—. ¿Me regalas cinco minutos? Hay algo que quiero hablar contigo. En privado.

Ella buscó a Tobías con la mirada. Él estaba en la terraza, atrapado por la pastelera, que le explicaba una torre de cupcakes.

—¿Sobre qué?

—Sobre tu abuela. —Esteban señaló una puerta al final del pasillo—. Y sobre la panadería. Creo que puedo ayudarte.

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