Capítulo 4 · ~6 min
Fingir mejor
La oficina de Lander Arquitectos ocupaba el último piso de un edificio de ladrillo, y a las nueve de la mañana del lunes olía a café y a papel recién impreso.
—Necesitamos una versión oficial —dijo Tobías, de pie frente a una pizarra blanca—. Fecha, lugar, primera frase, primera cita. Todo.
—Pareces un detective.
—Anoche tu tía Inés me preguntó tres veces cómo nos conocimos. Le dije que era una historia larga. No puedo usar esa respuesta toda la semana.
Abril estaba sentada en la mesa de reuniones, con los pies sobre una silla y una dona de chocolate en la mano. Había dormido mal. Había soñado con la cocina de vidrio y con una papa cortada en dieciséis partes.
—Fácil —dijo—. Nos conocimos en la panadería. Entraste un martes por la mañana, yo estaba amasando, me pediste pan integral y te quedaste mirando.
Tobías dejó el marcador en la base.
—No como pan.
—¿Qué?
—Soy celíaco. No como trigo desde los diecinueve años. Carolina lo sabe.
Abril bajó los pies de la silla.
—Perfecto. Entonces entraste a preguntar si teníamos algo sin trigo. Yo te dije que no, que eso era una panadería y no una farmacia. Te ofendiste. Volviste a la semana siguiente con una lista de recetas para que yo las hiciera.
—Yo no haría eso.
—Claro que sí. Tienes una pizarra en la oficina para planear una mentira.
Él la miró. Después, por primera vez desde que lo conocía, se rio de verdad, con un sonido corto y sorprendido, como alguien que tropieza con un escalón que no había visto.
—Está bien. Las recetas. ¿Y luego?
—Luego hice una de tus recetas, me quedó horrible, y me invitaste a cenar para compensar.
—¿Para compensar qué?
—Que me hiciste perder harina.
Ensayaron toda la mañana. Fechas, nombres de restaurantes, la película que habían visto en la segunda cita, el apodo que él le decía. Abril propuso «bizcocho». Tobías dijo que prefería que lo atropellara un camión. Quedó en «Abril».
A las doce, una secretaria de pelo corto asomó la cabeza por la puerta, vio la pizarra llena de flechas y corazones dibujados por Abril, y volvió a cerrar sin decir nada.
—Ahora tu equipo cree que estás loco —dijo Abril.
—Mi equipo cree que estoy diseñando un hotel.
—¿Con corazones?
—Un hotel para parejas. —Tobías borró uno con la manga—. No me preguntes más.
La cena de esa noche era en un restaurante del centro, en un salón privado con lámparas de papel y una mesa larga para veinte personas. Esteban había reservado todo y lo repetía cada vez que podía. Carolina llegó tarde, con el pelo recogido y un vestido verde. Saludó a todos con un beso. A Tobías le dio la mano. A Abril, nada.
La abuela esperó a que sirvieran la entrada y se puso de pie.
—Tengo que anunciar mi regalo de bodas —dijo—. Lo pensé mucho.
Esteban dejó el tenedor. Abril notó que fue el único que lo hizo.
La tía Inés aplaudió antes de saber qué era. Uno de los primos golpeó el vaso con el cuchillo para pedir silencio, aunque ya nadie hablaba.
—La casa de la panadería es lo único que tengo —siguió Rosa—. Siempre dije que era para mis dos nietas. Así que el día de la boda, por la mañana, voy a firmar en la notaría la mitad a nombre de Carolina. La otra mitad es para Abril. —Le guiñó un ojo—. Para cuando se case.
Los primos aplaudieron. La tía Inés dijo «ay, qué lindo» con la boca llena. Esteban abrazó a Rosa y le dio las gracias tres veces.
Abril se quedó helada. La panadería debía casi un año de ventas. La casa era la garantía del préstamo. Su abuela estaba regalando la mitad de algo que podía perder en semanas, y lo hacía con una sonrisa de reina.
Miró a Carolina. Su hermana tenía la vista fija en el plato, sin probar bocado.
—Bueno —dijo la tía Inés—, ¿y ustedes dos? Ayer se me escaparon. ¿Cómo se conocieron?
Todas las cabezas se volvieron hacia ellos. Tobías se aclaró la garganta, pero Abril fue más rápida.
—En la panadería. Él entró un martes a pedir algo sin trigo, y yo le dije que eso era una panadería y no una farmacia.
Los primos se rieron. Rosa también.
—Esa es mi nieta.
—Qué raro —dijo Carolina, y levantó la copa—. Tobías nunca entra a una panadería. Dice que el olor del pan le parece una crueldad.
—Por eso entró enojado —contestó Abril sin pestañear—. Para quejarse del olor.
—¿Y volvió?
—Con una lista de recetas.
—Qué romántico. —Carolina sonrió solo con media cara—. Es curioso. A él no le gustan las sorpresas, ni las improvisaciones, ni la gente que habla mucho. Debe quererte muchísimo para aguantarte.
La mesa se quedó quieta. La tía Inés dejó de masticar. Esteban miró a Carolina con una ceja levantada, divertido, como si estuviera en el cine.
Abril sintió el calor subirle por el cuello. Tenía una respuesta lista, una de esas que hacían llorar a los primos de risa, pero antes de que la dijera, Tobías le tomó la cara con una mano y la besó.
Fue un beso corto, firme y nada teatral. Duró lo justo para que la tía Inés soltara un «¡uy!» y para que Rosa aplaudiera.
Cuando se separaron, Tobías miró a Carolina con una calma que Abril no le conocía.
—La quiero muchísimo —dijo—. Por eso la aguanto.
Los primos golpearon la mesa. Esteban levantó la copa. Carolina se excusó para ir al baño.
Abril se quedó con la mano de Tobías todavía en la mejilla.
—Regla número dos del contrato —susurró, sin dejar de sonreír—. Nada de besos.
—Lo sé —respondió él, igual de bajo—. Me salió sin plano.
Ella tomó la copa de agua y bebió despacio para tener algo que hacer con las manos. Le temblaban un poco. No era por el escándalo ni por Carolina.
Era por el beso. Y por lo que vio cuando bajó la copa: al otro lado de la mesa, Esteban ya había bajado la copa. Tenía el celular levantado a la altura del pecho, apuntando hacia ellos. No le estaba sacando fotos a la fiesta. Le estaba sacando fotos a ella.