Capítulo 3 · ~6 min
Las reglas
—Es mi novio —dijo Abril—. Eso hago con él.
Carolina soltó una risa corta, sin nada de humor.
—Tobías no sale con nadie seis meses sin mostrarte una hoja de cálculo con el presupuesto. Y tú no aguantas ni seis días a un hombre que planifica los domingos. Lo conozco. Fue mi novio dos años.
Abril ya lo había adivinado en la puerta, cuando Carolina dijo su nombre con esa voz. Aun así, escucharlo dolió de una forma que no esperaba.
—Entonces eres tú —dijo—. La ex que lo dejó por otro.
—Eso no es asunto tuyo.
—Ahora sí lo es. Estoy sentada en tu mesa.
Las dos se quedaron frente a frente, con la isla de mármol en medio. Afuera alguien había puesto un bolero.
—Si quieres decir la verdad, dila —siguió Abril—. Sal y cuéntale a la abuela que mi novio fue tu novio. Ah, pero espera. La abuela no sabe que él existe, ¿verdad? Nunca se lo presentaste. Nunca le contaste nada.
Carolina abrió la boca y la volvió a cerrar. Por un instante pareció la niña de doce años que se escondía en el armario cuando rompía algo.
—No arruines esta semana —dijo al fin—. Es lo único que te pido.
Salió de la cocina. Abril se quedó sola con las bandejas y el bolero.
Le temblaban las manos. Las secó en un repasador que colgaba del horno y se miró en el reflejo de la nevera de acero. La sonrisa de trabajo se le había caído en algún lugar del pasillo. Se la volvió a poner, con cuidado, como quien se arregla un arete.
Antes de salir, abrió una de las bandejas tapadas. Pollo, otra vez. Se comió un pedazo con los dedos, de pie, porque era lo único en esa casa que le parecía honesto.
Encontró a Tobías en el jardín, junto a una fuente de piedra que tenía su firma en algún plano. Ya no llevaba la cara de revista. Tenía la corbata floja y miraba las luces de la ciudad como si quisiera saltar hacia ellas.
—¿Desde cuándo sabes? —preguntó sin volverse.
—Desde que ella dijo tu nombre. Te juro que antes no.
—Tu apellido.
—Montes. Abril Montes. Carolina es mi hermana mayor. No nos hablamos hace tres años.
Tobías se rio solo, sin ganas.
—Nunca me dijo que tenía una hermana. Me habló de una abuela con una panadería y de unos papás que murieron cuando ella era chica. De ti, ni una palabra.
—Somos parecidas en eso.
—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
—Dos años. —Tobías se aflojó otro poco la corbata—. Dos años y nunca supe tu nombre. Yo le diseñé la cocina a esta casa pensando que ella odiaba cocinar. Resulta que tampoco sé eso.
—Cocina bien. Cuando quiere.
—Ya ves. Otra cosa que no me contó.
Él se dio vuelta al fin.
—Esto se acaba aquí. Inventamos que te sentiste mal, te llevo a tu casa y le digo a Lucas que me devuelva el dinero. Nadie tiene que saber nada.
—No.
—¿No?
—No puedo devolverlo. —Abril se frotó los brazos; empezaba a hacer frío—. Mi abuela debe mucho dinero. La panadería es lo único que tiene. Lo que me pagaste es casi la mitad de lo que necesito. Si me voy hoy, no lo tengo.
—Puedo pagarte un día y ya.
—Y si te vas tú hoy, ella gana. Piénsalo. El ex que llega con novia y se va a los cuarenta minutos. Esteban se va a reír de eso hasta el día de su muerte.
Tobías miró hacia la casa. Por los ventanales se veía a Esteban sirviendo vino, contando algo con las dos manos, rodeado de primos que se reían con él.
—Esto es una locura —dijo.
—Es un trabajo. Los trabajos se hacen con reglas. Necesitamos reglas nuevas.
Él sacó la pluma negra del saco. No tenía papel, así que Abril le pasó una servilleta de tela que había sacado sin darse cuenta de la cocina.
—Uno —dijo ella—. Entre nosotros, cero mentiras. Afuera mentimos lo que haga falta. Aquí, no.
Tobías escribió.
—Dos —siguió él—. Tú no me dejas solo con Esteban. Si tengo que escucharlo hablar de vinos una vez más, voy a confesar todo.
—Hecho. Tres: tú no me dejas sola con Carolina.
—Cuatro. —Tobías dudó—. Tu abuela no puede salir lastimada. Ella no tiene la culpa de nada.
Abril lo miró con atención. No esperaba esa regla de un hombre que medía hasta las servilletas.
—Cuatro —repitió—. Y cinco: el viernes, si esto se pone muy feo, lo hablamos otra vez.
—El viernes —aceptó él, y dobló la servilleta.
Volvieron juntos al salón. Esta vez ella no le tomó el brazo: le tomó la mano. Tobías tardó un segundo en entrelazar los dedos, pero lo hizo.
—¿Así? —murmuró.
—Así. Y sonríe. Pareces un señor que espera el resultado de un examen.
—Eso es lo que soy.
En la mesa principal habían servido el postre. Esteban se puso de pie para un brindis y habló cinco minutos del amor, de la paciencia y de «encontrar a la persona correcta en el momento correcto». Carolina, sentada a su lado, miraba la copa. Tobías miraba el mantel. Abril miraba a los tres y pensaba que ese brindis lo habían escrito para otra boda.
Cuando Esteban terminó, todos aplaudieron. Entonces la abuela Rosa golpeó su vaso con una cucharita y se puso de pie con ayuda del bastón.
—Quiero decir algo yo también —anunció—. Esta semana es de Carolina y de Esteban, y los quiero mucho. Pero esta noche Dios me dio un regalo extra.
La mano de Tobías se puso rígida bajo la de Abril.
—Mi niña Abril volvió a la familia —siguió Rosa, con los ojos húmedos—. Y no vino sola. Levántense, ustedes dos. Que todos los vean.
No había forma de negarse. Se pusieron de pie. Cuarenta personas se dieron vuelta.
—Les presento a Abril y a Tobías —dijo la abuela, feliz—. La pareja más bonita de la familia.
Los primos aplaudieron. La tía Inés silbó. Esteban levantó la copa con una sonrisa enorme.
Y Carolina, desde el otro lado de la mesa, aplaudió también. Despacio. Tres veces.