Capítulo 2 · ~6 min
Sorpresa familiar
Tres años de silencio cabían en un metro y medio de piso de madera.
Ninguna de las dos se movió. Carolina sostenía la bandeja con las dos manos, a la altura del pecho, igual que un escudo de plata con canapés. Abril seguía colgada del brazo de Tobías, con la sonrisa de trabajo congelada en la cara. Alrededor, los invitados seguían hablando de vinos y de tráfico sin notar nada.
—¿La conoces? —preguntó Tobías en voz muy baja.
Abril no alcanzó a responder. Desde el fondo del salón llegó un grito que conocía mejor que su propia voz.
—¡Abril! ¡Mi niña!
La abuela Rosa cruzó entre las mesas con un vestido azul de flores y los brazos abiertos. Tenía setenta y cuatro años y caminaba con bastón, pero esa noche lo llevaba colgado de la muñeca, olvidado. Le dio a Abril un abrazo que olía a canela y a perfume de domingo.
—Viniste —repitió Rosa—. Yo sabía que ibas a venir. Se lo dije a Inés. ¿Verdad que se lo dije, Inés?
—Te lo dijo —confirmó una señora bajita de pelo gris, que se acercaba con una copa de jugo—. Lo dijo toda la semana. Yo no le creía.
Era la tía Inés, la hermana menor de la abuela, que no se perdía una fiesta ni un chisme. Detrás de ella aparecieron dos primos de la costa, una prima con un bebé y un señor que Abril no reconoció pero que la saludó como si la hubiera cargado de niña.
—Qué grande estás.
—Qué flaca estás.
—¿Sigues con lo de la panadería?
—¿Y el novio? ¿Dónde lo conociste?
—¿Ya pusieron fecha?
—Inés, déjala respirar, que acaba de llegar.
Abril respondía a todo con frases cortas. Sí, gracias. No, no tanto. Sí, ahí sigue. Mientras tanto sentía la mirada de Tobías clavada en la nuca.
Él no entendía nada. Lo notaba en la forma en que se había quedado quieto, con la mano libre metida en el bolsillo y la cara de un hombre que ha llegado al edificio equivocado.
—¿Y este joven tan elegante? —preguntó Rosa, y lo miró de arriba abajo.
Hubo un segundo en que Abril pensó en decir la verdad. Un segundo nada más. Después pensó en la cifra que había visto en el celular a las cuatro de la tarde.
—Es Tobías, abuela. Mi novio.
Rosa se llevó las manos al pecho.
—¡Novio! Y yo sin saber nada. Mucho gusto, mijo. Yo soy Rosa, la abuela de estas dos.
Tobías le estrechó la mano. Abril vio el momento exacto en que la palabra «dos» le llegó al cerebro. Él miró a Carolina, que había dejado la bandeja sobre una mesa, y después a Abril. El lunar sobre la ceja. Los ojos. El apellido que nunca le habían dicho.
—Mucho gusto, señora —dijo él, con una educación perfecta y la voz de alguien que se ahoga despacio.
—Llámame Rosa. Aquí todos me dicen así, menos estas dos, que me dicen abuela cuando necesitan algo.
Los primos se rieron. Carolina no.
—¿Y cuánto llevan? —quiso saber la tía Inés.
—Seis meses —contestó Tobías, sin mirar a Carolina. Lo dijo tan rápido que sonó a dato de ficha técnica.
En ese momento llegó Esteban.
Abril lo reconoció por las fotos que Rosa le había querido mostrar meses atrás y que ella se había negado a mirar. En persona era todavía más pulido: alto, bronceado, camisa blanca sin una arruga, un reloj que brillaba con cada movimiento y una sonrisa que parecía recién comprada.
—¡Tobías! —exclamó, y le dio un abrazo de hombro—. El hombre que diseñó esta maravilla. Viniste. Carolina pensaba que no ibas a venir.
—Esteban —respondió Tobías—. Felicidades.
—Gracias, gracias. —Esteban se volvió hacia Abril—. Y tú debes ser Abril. La hermana famosa. Rosa me ha contado tanto de ti que siento que ya te conozco.
—Yo no sé nada de ti —dijo Abril.
—Eso hay que arreglarlo. —Esteban no perdió la sonrisa—. Tobías, ven, tienes que ver cómo quedó la terraza con las luces. Los invitados no paran de preguntar quién la diseñó.
Lo tomó del brazo y se lo llevó antes de que Tobías pudiera negarse. Él miró hacia atrás una vez. En esa mirada había una pregunta del tamaño de la casa.
La abuela sentó a Abril a su lado en la mesa principal. Le sirvió agua, le acomodó el pelo detrás de la oreja y le habló de todo menos de lo importante: de la masa madre, de la vecina que se había mudado, del gato que dormía en la vitrina.
—Tu hermana está muy contenta de que hayas venido —dijo al final.
—Abuela, yo no sabía que…
—No digas nada. Ya estás aquí. Eso es lo que cuenta.
Abril asintió y se quedó mirando su plato. Tenía arroz con almendras, pollo al horno y una ensalada de colores que alguien había armado con pinzas. Era la clase de comida que su abuela habría criticado en voz alta en cualquier otra casa. Esa noche, Rosa se lo comió todo y dijo que estaba delicioso.
Por el vidrio de la terraza, Abril veía a Tobías asentir mientras Esteban le señalaba las lámparas con la copa. Tenía la espalda muy recta. Cada tanto, buscaba la mesa con los ojos, y cuando la encontraba, volvía a mirar las lámparas.
Al otro lado de la mesa, Carolina hablaba con la tía Inés. No miraba hacia ellas, pero Abril conocía a su hermana: cuando estaba furiosa, comía muy despacio y cortaba la comida en trozos perfectos. Esa noche estaba cortando una papa en dieciséis partes.
Abril se levantó con la excusa de buscar el baño. Recorrió un pasillo de paredes blancas, pasó junto a una escalera de vidrio y encontró la cocina vacía, llena de bandejas tapadas y olor a pollo al horno.
Necesitaba un minuto. Solo uno. Abrió el grifo y se mojó las muñecas con agua fría.
La puerta de la cocina se cerró detrás de ella con un clic.
Carolina estaba apoyada contra la madera, con los brazos rígidos a los costados y una calma que daba más miedo que un grito.
—Tres años sin contestar una llamada —dijo—. Tres años. Y vienes a mi boda del brazo de él.
Abril cerró el grifo.
—¿Qué haces con él, Abril?