Historia Abierta
Portada de Novia de Alquiler
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Capítulo 1 · ~6 min

El cliente del triple

—Ocho días, de domingo a domingo, y le pago el triple de su tarifa —dijo el hombre—. Con una condición: en esa boda nadie puede dudar de que usted me adora.

Abril dejó la taza sobre el plato. El café de la esquina estaba casi vacío a las diez de la mañana, y Lucas, sentado a su lado, ya hacía cuentas en una servilleta.

—Yo no adoro a nadie antes del almuerzo —respondió ella—. Pero puedo aprender.

El cliente no sonrió. Se llamaba Tobías, tenía treinta y tres años, un traje gris que parecía planchado con regla y la cara de alguien que había ensayado esa reunión frente al espejo.

—Mi exnovia se casa el próximo domingo —explicó—. La celebración dura toda la semana: cenas, ensayo, almuerzos. Quiero llegar acompañado.

—¿Quiere darle celos?

—Quiero que vea que estoy bien.

—Eso es lo mismo, pero con mejor ropa.

Lucas le pisó el pie por debajo de la mesa. Abril lo ignoró. Llevaba tres años en ese trabajo y conocía a los clientes de memoria: los que querían impresionar a la familia, los que no soportaban ir solos a una graduación, los que necesitaban una pareja para la foto de la empresa. Ella sonreía, contaba anécdotas inventadas, bailaba lo justo y a medianoche se iba a su casa. Nada más.

—Le explico las reglas —dijo Lucas, y sacó una hoja impresa—. Uno: solo nombres de pila. Ella es Abril, usted es Tobías. Dos: nada de besos. Tres: el pasado del cliente no es asunto nuestro. No preguntamos quién es la ex ni por qué terminaron.

—Me parece perfecto —dijo Tobías.

—Cuatro —agregó Abril—: si su familia me pregunta qué hago, digo que soy pastelera. Es casi verdad.

Él la miró por primera vez con algo de curiosidad.

—¿Casi?

—Hago el pan de mi abuela los martes y los viernes. Los otros días hago esto.

No le contó el resto. Que la panadería de su abuela Rosa debía más de lo que vendía en un año. Que el préstamo vencía pronto. Que el triple de su tarifa por ocho días era casi la mitad de esa deuda, y que por esa cifra habría fingido ser novia de un poste de luz.

Tobías firmó con una pluma negra que sacó del bolsillo interior del saco. Abril firmó después. Lucas guardó una copia en su carpeta y le pasó la otra a ella, que la dobló en cuatro y la metió en el bolso.

—Le transfiero todo hoy —dijo Tobías—. La cena de bienvenida es esta noche a las ocho. Paso por usted a las siete.

—Tutéame —pidió Abril—. Si me hablas de usted frente a tu ex, se va a dar cuenta en dos minutos.

—Está bien. Te paso a buscar a las siete.

Se fue sin despedirse de Lucas. Desde la ventana lo vieron cruzar la calle con paso de reloj.

Abril desdobló su copia del contrato y la volvió a leer. Cuatro reglas, una firma recta y otra que parecía un garabato. La suya.

—¿Viste cómo firmó? —preguntó—. Sin levantar la pluma. Ese hombre tiene un plan para cuando se le acaba la tinta.

—Es raro —dijo Abril.

—Es rico —corrigió Lucas—. Y paga por adelantado. Esta semana no te enamores, no pelees con nadie y no abras la boca más de la cuenta.

—Esas son tres reglas nuevas.

—Son las mismas de siempre. Tú nunca las cumples.

A las cuatro de la tarde, el dinero ya estaba en su cuenta. Abril miró la cifra en la pantalla del celular durante un rato largo. Pensó en llamar a su abuela, pero llevaban días sin hablar de nada que no fuera la masa madre, y hablar de dinero con Rosa siempre terminaba en lo mismo: en Carolina.

Su hermana se casaba ese mes. Eso lo sabía. Hacía tres semanas, una invitación color crema había llegado a la panadería con su nombre escrito a mano. Abril la había tirado a la basura sin abrir el sobre. Desde entonces, en la casa de Rosa había una sola regla: de Carolina no se habla.

A las siete en punto, Tobías tocó el timbre. Abril bajó con un vestido color vino, el pelo suelto y la sonrisa de trabajo puesta.

—Estás muy bien —dijo él, como quien revisa un plano.

—Tú también. Pareces un abogado que va a un funeral.

—Soy arquitecto.

—Peor.

Él abrió la puerta del copiloto y esperó a que ella se acomodara. Después dio la vuelta al auto sin apurarse, revisó los espejos y se puso el cinturón antes de girar la llave.

—¿Siempre haces eso? —preguntó Abril.

—¿Qué cosa?

—Revisar todo dos veces.

—Tres. La tercera no se nota.

El auto olía a nuevo. Durante el viaje, Tobías le explicó lo básico: la cena era en la casa de los novios, en una colina al norte de la ciudad, y su empresa la había diseñado.

—¿Diseñaste la casa donde tu ex va a vivir con otro?

—El novio contrató a mi empresa hace un año. Yo no sabía para quién era hasta que vi los nombres en el contrato. Y no voy a perder un cliente por orgullo.

—Pero sí vas a pagar una novia por orgullo.

Tobías apretó el volante y no contestó. Abril decidió que esa noche iba a hablar menos.

La casa era toda de vidrio y madera clara, con luces cálidas en el jardín y un camino de piedras que subía hasta la puerta. Se oían risas, música suave y el ruido de copas. Un mesero les recibió los abrigos.

—Recuerda —murmuró Tobías—. Nos conocimos hace seis meses. Me adoras.

—Te adoro. Eres mi arquitecto favorito.

Él le ofreció el brazo. Ella lo tomó. Entraron juntos al salón, entre invitados que se daban vuelta para mirarlos, y Abril se permitió la satisfacción tranquila de los trabajos que salen bien desde el principio: la de una masa que sube sin que nadie la mire.

Entonces una mujer salió de la cocina con una bandeja en la mano y un vestido blanco de cóctel. Tenía el mismo lunar que Abril sobre la ceja izquierda, la misma forma de caminar y los mismos ojos de la abuela Rosa.

La bandeja se le resbaló un poco. Las copas tintinearon.

—Tobías —dijo la mujer, y luego miró a su acompañante—. ¿Abril?

Era la novia. Era Carolina. Era su hermana.

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