Capítulo 1 · ~4 min
Decisión en la junta
El sonido de los tacones de Isabela cortó el silencio del pasillo. Entró a la sala de juntas sin mirar a nadie. Ya estaban ahí casi todos: socios, abogados jóvenes y, por supuesto, Andrés Villalba. Él sonrió al verla, con esa seguridad que siempre le caía mal. Su silla estaba junto a la de ella, como si el destino quisiera fastidiarla.
El socio fundador, don Ernesto, revisó su reloj y levantó la voz. —Empecemos. El bufete atraviesa cambios. Solo uno de ustedes será promovido a socio este año.
Hubo un murmullo entre los asistentes. Isabela apretó su pluma. Andrés cruzó los brazos, relajado, como si ya hubiera ganado. Don Ernesto siguió hablando, pero Isabela apenas escuchaba palabras sueltas: resultados, compromiso, excelencia. Todo lo que había hecho los últimos años parecía pesarle en la espalda.
—La decisión final será después del cierre del caso Martínez. Ambos liderarán la estrategia. Quiero resultados concretos, no excusas.
Andrés alzó la ceja y giró hacia Isabela. —¿Preparada para perder, Montoya?
Ella no respondió. Solo le lanzó una mirada fría. Andrés se encogió de hombros, como si no le importara, pero su sonrisa era un reto.
Don Ernesto entregó carpetas con documentos. Isabela la abrió y hojeó rápido. El caso Martínez era complejo: fraude, empresas, millones en juego.
—Tienen una semana para presentar la primera propuesta. Trabajarán juntos.
Un silencio incómodo llenó la sala. Andrés fue el primero en romperlo. —¿Juntos? Eso no estaba en el plan.
Don Ernesto no parpadeó. —Es la única forma. Quiero ver cómo resuelven diferencias. Este bufete necesita líderes, no divas.
Isabela tragó saliva. Miró a su mejor amigo, Julián, que le hizo un gesto de ánimo desde el otro extremo de la mesa. Andrés giró su silla hacia ella, bajó la voz. —No pienses que voy a dejarte lucirte. Si te caes, no pienso levantarte.
—No te preocupes, Villalba. No pienso caerme.
Él soltó una risa corta y se puso de pie para tomar café. Ella aprovechó para anotar puntos clave del caso. El ambiente era tenso, pero nadie se atrevía a hablar más fuerte.
Cuando Andrés volvió, tiró una hoja sobre la mesa. —Tengo contactos en la Superintendencia. Podemos conseguir informes internos. Pero si no quieres, busco otra estrategia.
—No me interesa tu ayuda. Haz lo que quieras, pero no metas la pata.
Él se inclinó hacia ella, apenas a unos centímetros. —Si fallo, caigo solo. Pero si tú fallas, nos hundimos los dos.
Isabela se apartó y cerró la carpeta. Don Ernesto los observaba de lejos, con una mezcla de fastidio y curiosidad. Julián, desde su sitio, le mandó un mensaje por el celular: "No lo dejes ganar, Isa. Tú puedes." Ella no respondió. Guardó el teléfono y respiró hondo.
La reunión terminó con una advertencia. —Quiero resultados, no excusas. Si alguno no cumple, queda fuera. No solo del caso, también de la promoción.
Todos salieron rápido. Isabela se quedó unos segundos más. Andrés la esperó en la puerta.
—¿De verdad crees que puedes ganarme?—preguntó, bajando la voz.
—No vine aquí a perder.—contestó ella, sin mirarlo.
Andrés sonrió, pero esta vez sin burla. Bajó la voz aún más. —No me subestimes, Montoya. Este puesto es para mí.
Isabela salió de la sala sin contestar. Caminó directo a su oficina. Cerró la puerta y se apoyó en el escritorio. Sacó una libreta y empezó a hacer una lista de contactos, pruebas y posibles testigos. Sabía que cada minuto contaba. No podía dejar que Andrés la adelantara.
De pronto, Julián entró sin tocar. —¿Estás bien? Ese Villalba es insoportable, pero no tiene tus contactos.
—No es por él que estoy preocupada—dijo Isabela, sin levantar la vista.
—¿Entonces?
Ella dudó antes de responder. —Si fallo en esto, no solo pierdo la promoción. Pierdo todo lo que he construido aquí.
Julián asintió. Se sentó frente a ella. —No vas a fallar. Pero cuidado: Andrés no va a jugar limpio. Lo conozco desde la universidad. Siempre busca la manera fácil.
Isabela anotó algo más y miró a Julián directo a los ojos. —De todos modos, no pienso dejar que me gane. Pero si intenta sabotear mi trabajo, lo sabré.
Julián se levantó. —Aquí estoy por si necesitas algo. Y si ese tipo hace una jugada rara, dime.
Isabela asintió. Cuando Julián se fue, volvió a la carpeta del caso. Encontró algo raro en los archivos: un documento repetido, con dos fechas distintas. Frunció el ceño. Pensó en preguntarle a Andrés, pero se detuvo. ¿Sería coincidencia o ya había empezado el juego sucio?
Miró el reloj. Tenía menos de una semana para preparar la propuesta. Si fallaba, todo acabaría ahí. Pero había algo en ese documento que no cuadraba. ¿Andrés estaría detrás de eso?