Capítulo 2 · ~5 min
Sabotajes y sospechas
Isabela abrió su laptop en la sala de trabajo del bufete. Había llegado antes que todos, como siempre. Revisó los documentos del caso Martínez. Notó algo raro en uno de los archivos. El anexo de pruebas estaba incompleto, y el resumen tenía frases que ella no recordaba haber escrito. El documento parecía manipulado.
Buscó entre sus carpetas. Nada. El archivo original había desaparecido. Se le tensó la mandíbula. Solo Andrés tenía acceso a esa carpeta compartida. Cerró los ojos un segundo y respiró hondo.
Andrés apareció en la puerta, con su sonrisa confiada y el café en la mano.
—¿Ya empezaste a trabajar? —preguntó, apoyándose en el marco.
—Sí, desde hace rato. Algo está mal con los archivos —dijo Isabela sin mirarlo.
—¿Mal cómo? —Andrés dejó el café sobre la mesa y se acercó.
—El anexo de pruebas está incompleto y el resumen tiene errores. ¿Tocaste algo?
Andrés levantó las manos, como si ella fuera a arrestarlo.
—Tranquila, Montoya. No he tocado nada. Apenas estoy llegando. ¿Por qué habría de hacerlo?
Isabela giró la pantalla hacia él. Señaló una frase extraña.
—Esto no es mío. Y el anexo estaba completo anoche.
Andrés leyó rápido. Frunció el ceño.
—¿Insinúas que te saboteé?
—No insinúo. Solo quiero que me digas si fuiste tú.
Andrés hizo una mueca.
—Créeme, si quisiera sabotearte, sería mucho más creativo. Pero no, no fui yo. ¿Por qué no revisas el historial de cambios?
Isabela ya lo había hecho, pero no encontró nada útil. Cerró la laptop de golpe.
—No hay historial. Todo desapareció. Y justo después de la junta de ayer.
Andrés la miró un instante, más serio.
—Esto también me afecta. Si perdemos el caso, ninguno será socio. ¿No te queda claro?
Isabela dudó. Quiso creerle, pero la desconfianza pesaba más. Tomó su bolso y salió al pasillo.
Caminó rápido hacia la oficina de Julián, su mejor amigo en el bufete. Julián era metódico y sabía encontrar errores en cualquier sistema. Entró sin tocar.
—Julián, ¿tienes un minuto?
Julián levantó la vista de la pantalla, ajustándose los lentes.
—Claro, Isa. ¿Qué pasó ahora?
—Alguien manipuló mis archivos del caso Martínez. ¿Me ayudas a revisar si dejaron rastros?
Julián asintió y abrió su portátil. Isabela le pasó la USB donde había guardado una copia de seguridad.
Mientras Julián revisaba, Isabela miró el reloj. Quedaban cinco días para entregar la propuesta conjunta. Si seguía perdiendo tiempo, Andrés podría adelantarla y dejarla mal ante los socios.
—Aquí hay algo raro —dijo Julián—. El acceso fue anoche, pero no desde tu usuario ni el de Andrés.
—¿Otro usuario? ¿Quién más tiene permisos?
Julián negó con la cabeza.
—Solo ustedes dos. Pero esta dirección de IP no es del bufete. Tal vez alguien de fuera.
Isabela apretó los puños. Miró por la ventana, pensando en quién más podría querer sabotear el caso. Recordó al rival externo, ese abogado de la competencia que ya había intentado robar clientes antes.
Volvió a la sala de trabajo. Andrés seguía ahí, revisando papeles, más serio de lo normal.
—No fuiste tú —dijo Isabela, dejando su bolso en la silla.
Andrés la miró de reojo.
—¿Por fin lo reconoces?
—Julián dice que fue alguien externo. Tenemos que proteger los archivos. Si se filtran, estamos muertos.
Andrés se levantó, dejando los papeles a un lado.
—¿Se lo contamos a los socios? Si se enteran de que nos hackearon, van a pensar que somos unos inútiles.
Isabela negó de inmediato.
—No. Esto lo resolvemos nosotros. Si el caso se cae, ya sabes quién va a quedar como el responsable.
Andrés sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Entonces, trabajemos juntos. Pero nada de juegos sucios, Montoya. Ni de tu parte ni de la mía.
—No necesito juegos sucios para ganarte, Villalba.
Se miraron un instante. El ambiente se sentía tenso, como si cualquier palabra errada pudiera encender la chispa.
Andrés se sentó junto a ella, algo que nunca hacía. Abrió su laptop y empezó a escribir.
—Voy a cifrar los archivos. Nadie más entra aquí sin mi contraseña. Si quieres, puedes cambiarla después.
Isabela asintió. Empezó a escribir una lista de tareas urgentes. Tenían que rehacer los anexos y actualizar el resumen. El tiempo corría, y cada minuto que perdían era una ventaja para los otros equipos del bufete.
Unos golpes en la puerta interrumpieron el silencio. Era el socio fundador, don Ernesto. Entró sin esperar respuesta. Traía el ceño fruncido.
—¿Cómo va el caso Martínez? Necesito resultados, no excusas. ¿Algún avance?
Isabela tragó saliva. Andrés habló primero.
—Estamos terminando los anexos y revisando detalles. Habrá avance hoy mismo.
Don Ernesto los observó con desconfianza.
—Más les vale. El cliente está impaciente. Y recuerden: solo uno de ustedes será socio. No quiero sorpresas.
El socio salió igual de rápido. Isabela cerró la puerta con cuidado.
—¿Te das cuenta? Si fallamos, ninguno gana —dijo Andrés.
—Por eso no pienso perder —respondió Isabela, segura.
Los dos se miraron. El reto estaba claro. Pero ahora la amenaza venía de fuera.¿Quién había querido sabotear el caso? ¿Y hasta dónde llegarían por ganar?