Capítulo 3 · ~5 min
Discusión en la sala de juntas
Isabela entró a la sala de juntas con el ceño fruncido y una carpeta apretada contra el pecho. Andrés ya estaba sentado, tan relajado como siempre, girando un bolígrafo entre los dedos. Había otros cuatro abogados en la mesa, observando en silencio. Los socios mayores, en el extremo, cruzaban miradas rápidas. Nadie hablaba, pero todos esperaban algo.
—Llegaste tarde, Montoya —soltó Andrés, sin mirarla de frente. Su voz sonó tranquila, pero mordaz.
Isabela dejó la carpeta sobre la mesa y se sentó con movimientos firmes.
—Dos minutos, Villalba. No cambian nada —dijo, mirando directo al socio fundador, el doctor Guzmán.
El murmullo de los colegas fue casi un suspiro. El ambiente pesaba más con cada palabra.
Guzmán no perdió el tiempo.
—Quiero avances del caso Martínez. Ahora. —Su tono era seco, de esos que no admiten excusas.
Isabela abrió su carpeta y sacó un documento. Andrés la interrumpió antes de que dijera algo.
—Tengo una objeción. Los archivos que recibimos ayer estaban incompletos. Y, según recuerdo, tú eras la responsable de subirlos, Isabela.
Ella apretó los labios por un instante antes de responder.
—Eso fue después de que alguien los modificara sin avisar. Julián revisó el historial y lo confirmó. No fui yo.
Andrés se recargó en la silla y cruzó los brazos. El resto de la sala miraba el intercambio sin pestañear.
—¿Entonces me acusas a mí? Qué fácil, ¿no? —dijo Andrés, con una sonrisa torcida.
—No te acuso. Simplemente quiero saber quién lo hizo y por qué. El caso está en riesgo, y si seguimos así, los dos salimos perdiendo —contestó Isabela, sin bajar la voz.
Guzmán levantó una mano, cortando la tensión.
—No me interesa un drama. Quiero una propuesta concreta. Aquí y ahora.
Andrés enderezó la espalda y sacó su propio informe. La hoja crujió al ponerla sobre la mesa.
—Mi propuesta es sencilla: negociar con el demandante. Si logramos un acuerdo extrajudicial, el bufete queda bien parado y evitamos el escándalo.
Isabela lo miró como si hubiera escuchado una locura.
—Eso solo funcionaría si tuviéramos algo para negociar. El demandante no acepta menos del 80%. Con esa cifra, el cliente pierde todo. Hay que seguir con la defensa, pero usando el precedente del caso Ruiz.
Uno de los socios, la doctora Ríos, intervino por primera vez.
—¿Tienes los argumentos para defender esa estrategia, Isabela?
Isabela asintió y pasó copias de su análisis. Sus manos temblaban apenas, pero su voz se mantuvo firme.
—Sí, doctora. Aquí están las sentencias y los puntos clave. Si demostramos que el daño no fue directo, podemos reducir la indemnización. El acuerdo solo es opción si fallamos en esto.
Andrés tomó una de las copias y la hojeó rápido.
—Eso es demasiado riesgoso. Si perdemos, el bufete queda expuesto. ¿Por qué arriesgarlo todo solo para verte ganar a ti?
Isabela lo enfrentó con la mirada.
—No se trata de mí, Andrés. Se trata del cliente. Y del bufete. No pienso ceder solo por miedo.
Un silencio incómodo se instaló. Nadie quería romperlo. Al fondo, Julián, el mejor amigo de Isabela, la animó con un gesto apenas visible.
Guzmán rompió la pausa.
—Bien. Tienen dos días para presentar una propuesta conjunta. No quiero más peleas. Si no logran trabajar juntos, ninguno será socio. ¿Quedó claro?
Isabela y Andrés asintieron a la vez. Pero ninguno soltó su carpeta ni bajó la guardia.
La reunión terminó, pero nadie se levantó de inmediato. Andrés fue el primero en moverse. Guardó su informe, se acercó a Isabela y habló en voz baja.
—¿De verdad crees que puedes ganar sola?
Isabela cerró la carpeta y respondió sin mirarlo.
—No quiero ganar sola. Pero tampoco voy a dejar que me sabotees. Si quieres trabajar, trabaje. Si no, apártate.
Andrés bufó y salió de la sala. Isabela respiró hondo. Cuando estaba por irse, Julián se acercó a ella.
—Oye, Isa. Si necesitas que revise algo más, avísame. No confío en ese Villalba.
Ella le agradeció con la mirada. Caminó hacia la ventana y vio a los socios hablando entre sí, señalando papeles y, de vez en cuando, mirándola a ella y a Andrés. Sabía que la presión apenas comenzaba.
Guardó los documentos en su bolso y salió al pasillo. Al doblar la esquina, vio a Andrés recargado en la pared, esperándola. La tensión no había terminado.
—Tenemos que hablar. Ya no estamos en la sala —dijo él, más tranquilo.
—¿Y qué propones? —preguntó ella, sin detenerse.
Andrés la siguió, bajando la voz.
—Si vamos cada uno por su lado, nos van a destrozar. No tenemos que ser amigos, pero sí aliados. Al menos hasta resolver el caso.
Isabela se detuvo y lo miró con duda. Andrés extendió la mano, serio.
—¿Aliados? —repitió ella.
—Solo por ahora. Después… veremos —dijo Andrés, con media sonrisa.
Ella dudó unos segundos, pero finalmente aceptó el apretón. La guerra no se acababa, solo cambiaba de forma.