Capítulo 1 · ~5 min
Pacto de Sangre y Plomo
Isabela bajó del auto, ajustándose la chaqueta beige que no combinaba con la sonrisa nerviosa de la mujer que la escoltaba hasta la puerta. No necesitaba mirar alrededor para saber que la observaban. Lo sentía en la nuca, como alfileres. La mansión Herrera era grande, fría y silenciosa. Ni una voz, ni risas, solo el ruido de sus pasos en el mármol y el eco de su nombre en la cabeza.
El mayordomo abrió la puerta con un gesto serio. No preguntó nada. Isabela entró, respirando hondo para mantener el pulso firme. El pasillo olía a madera vieja y a flores demasiado caras. De fondo, una música lenta que no reconocía. Ni una foto, ni un adorno fuera de lugar. Todo limpio, controlado. Igual que la familia de Santiago.
Al final del pasillo, Santiago Herrera esperaba recargado en la baranda de la escalera. Traje negro, camisa abierta, ni corbata ni sonrisa. Tenía la mirada de quien espera un problema, no una esposa. Isabela sostuvo su mirada sin pestañear, como si no llevara el corazón apretado en el puño.
—Llegaste antes de lo que pensé —dijo Santiago, voz tranquila, casi divertida.
—No me gusta hacer esperar a nadie —respondió Isabela, soltando la maleta junto a sus pies.
Santiago bajó dos escalones, lento, sin quitarle los ojos de encima.
—Eso dice mucho de ti. ¿Te molesta si te hago una pregunta directa?
—Adelante. Prefiero las cosas claras.
Se acercó un poco más. Olía a colonia costosa y a peligro. Isabela no se movió.
—¿Tienes miedo?
Una pausa. El mayordomo desapareció, dejando la puerta entreabierta.
—¿De ti? No. —Le sostuvo la mirada—. Pero sí estoy atenta.
Él soltó una risa baja, casi un gruñido.
—Atenta. Buena palabra. Aquí todos lo están, aunque no lo parezca.
Isabela recogió la maleta y lo rebasó, subiendo el primer escalón. Santiago no se apartó, pero tampoco la tocó.
—¿Dónde está mi cuarto? No quiero perderme en esta casa la primera noche.
—Arriba, al fondo. La última puerta. Pero esta no es una noche cualquiera, Isa. —Usó su nombre como si ya fuera suyo, con descaro—. Espero que lo tengas claro.
Ella giró solo lo necesario para verlo de reojo.
—Nada en mi vida ha sido común, Santiago. No empecemos a fingir ahora.
Por un segundo, ambos se quedaron en silencio. El sonido lejano de la música subió de volumen, como si alguien hubiera notado la tensión y quisiera taparla.
Santiago rompió la pausa con un movimiento de cabeza.
—Ven. —Sin esperar respuesta, empezó a subir las escaleras.
Isabela lo siguió, contando los escalones. Ocho, nueve, diez. El pasillo de arriba era más oscuro. Ninguna foto familiar. Solo puertas cerradas. Santiago se detuvo frente a la última.
—Aquí vas a dormir —dijo, señalando la puerta de madera oscura—. Mañana todo será diferente.
Isabela abrió la puerta con cuidado. La habitación era grande, fría, con una cama que parecía demasiado nueva y una ventana cerrada con llave. Dejó la maleta sobre la colcha y repasó la habitación con una mirada rápida. No buscaba comodidad, solo salidas y posibles trampas.
Santiago entró tras ella, apoyándose en el marco de la puerta. No dijo nada. Miraba todo, igual que ella. Por un segundo, Isabela pensó en sacar el cuchillo que llevaba en la bota, pero lo dejó estar.
—¿Tienes alguna condición para mañana? —preguntó, sin mirarlo—. Antes de que esto empiece de verdad.
—Solo una —respondió Santiago, voz suave pero firme—: No me subestimes.
Isabela sonrió, breve, como quien oculta un secreto en la manga.
—Eso nunca. Aunque sería más fácil si confiaras en mí.
Él soltó una carcajada seca.
—¿Confiar? Aquí nadie confía en nadie, Isa. Por eso seguimos vivos.
Ella se sentó en la orilla de la cama, cruzó las piernas. Santiago se acercó un paso más, casi al alcance de la mano. Bajó la voz.
—Mañana será un espectáculo. Todos van a estar mirando. Y yo no pienso fallar, aunque tenga que hacer cosas que no te gusten.
Isabela se inclinó hacia adelante, los codos en las rodillas.
—Mientras no me des órdenes, no habrá problema.
—Eso está por verse.
La tensión era brutal, como si algo invisible les apretara la garganta. Santiago metió las manos en los bolsillos y salió de la habitación sin mirar atrás. Dejó la puerta abierta.
Isabela se levantó y la cerró con seguro. Apoyó la frente en la madera por un momento. Todo estaba en juego. Sabía lo que tenía que hacer, pero algo en la mirada de Santiago no cuadraba con lo que le habían contado.
Revisó la maleta. Buscó el sobre oculto entre la ropa: instrucciones de su familia, la foto de Santiago, el recordatorio de la misión. Todo listo. Pero no podía quitarse de la cabeza la forma en que él la había mirado. Como si supiera algo más.
Se asomó por la ventana, buscando el auto en el que había llegado. No estaba. Nadie afuera. Ni una sombra. Solo el silencio y la duda.
Al volver a la cama, notó una marca en la pared, cerca del piso. Un rasguño, como si alguien hubiera intentado abrir la tabla. Se agachó, tocó la madera. Estaba floja. Pero antes de investigar, la puerta se abrió de golpe.
Santiago, sin avisar, la miró fijo.
—No te encierres todavía —ordenó—. Aquí las puertas no sirven para nada.
Isabela se levantó, con el corazón acelerado.
—¿Quieres algo más?
Santiago sonrió, pero sus ojos no.
—Solo recordarte que mañana empieza nuestro juego. Y en este juego, lo que no veas, te puede matar.
Cerró la puerta. Isabela se quedó de pie, mirando la madera, preguntándose si Santiago sabía la verdad que ella llevaba en el interior.
Sobre esta novela
18+. Esta historia es para adultos: puede incluir temas, sexualidad o violencia.
Por Equipo Historia Abierta
- Completada
- 20 capítulos
- Publicada el
- Actualizada el
Personajes principales
- Isabela Cruz · Protagonista
- Santiago Herrera · Protagonista
- Elena Vargas · Secundario
- Diego Morales · Secundario