Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
  • 20 capítulos
  • 1.082 lecturas
  • Completada

+18

21

~5 min de lectura

Capítulo 12 · ~5 min

Alianzas peligrosas

Santiago bajó las escaleras con el ceño fruncido. El eco de sus pasos fue lo único que rompió el silencio de la casa. Apenas había dormido. La conversación con Isabela seguía dándole vueltas en la cabeza. Cruzó el pasillo y llegó al despacho, donde Diego ya lo esperaba, parado junto al ventanal, mirando hacia el jardín como si esperara ver enemigos entre los arbustos.

—¿Alguna novedad? —preguntó Santiago, cerrando la puerta tras de sí.

Diego se giró, serio.— La casa está limpia. Revisé a todos los empleados otra vez. Nadie salió ni entró en la noche. Pero no me gusta el ambiente, jefe. Marcos no pudo actuar solo.

Santiago caminó hasta el escritorio y apoyó las manos sobre la madera.— Ni lo dudes. Aquí hay más de un traidor. ¿Sabes algo de Elena?

—No se ha movido de la habitación de Isabela —respondió Diego, bajando la voz—. Pero me llegó un rumor. Uno de los nuevos la vio salir anoche, después de la medianoche. No pude confirmarlo.

Santiago soltó un suspiro corto. La tensión se le notaba en los hombros.— Vigílala. No la pierdas de vista. Si hace algo raro, me avisas de inmediato.

Diego asintió en silencio. Se acercó un poco más al escritorio.— ¿Y con Isabela? ¿Vas a seguir el juego?

Santiago alzó la mirada. Había cansancio y algo parecido al enojo en sus ojos.— No tengo opción. Si la ataco ahora, pierdo a todos los Cruz. Si la dejo, puede matarme en cualquier momento. Y no sé si Elena está de su lado o del nuestro.

—¿Quieres que ponga a alguien más vigilando a la esposa? —sugirió Diego, usando ese tono frío que usaba cuando las cosas se complicaban.

Santiago negó con la cabeza.— Eso la pondría en alerta. Nos conviene que crea que tiene ventaja. Que piense que puede moverse libre.

Diego cruzó los brazos.— Hay algo más, Santiago. Encontré esto en el cuarto de Marcos.

Sacó una pequeña libreta negra y la dejó sobre el escritorio. Santiago la tomó y hojeó las páginas. Había listas de nombres, fechas, sumas de dinero, y al final una nota escrita con apuro: "Elena sospecha. Si caigo, cuida a la chica."

Santiago cerró la libreta con fuerza.— ¿Qué piensas?

—Que Elena sabe más de lo que aparenta. Y que Isabela no es la única en peligro —respondió Diego, directo—. Podríamos usar eso. Si Elena siente que la estamos acorralando, va a buscar ayuda fuera.

Santiago apoyó el codo en el escritorio y se frotó el mentón.— Hay que apretar pero no romper. Si la asustamos mucho, podría traernos otros enemigos.

Diego no dijo nada. Miraba a Santiago con esa mezcla de respeto y duda que solo mostraba cuando la situación estaba en el filo.

Santiago se levantó y fue hasta la ventana. El jardín parecía tranquilo, pero él sentía que todo estaba a punto de estallar.— ¿Tú confías en alguien aquí, Diego?

—En ti. Y eso porque no tengo alternativa —respondió Diego sin dudar, pero con un toque de amargura.

Santiago sonrió apenas.— Buen chiste. Pero es la verdad.

Diego se acercó más.— Si quieres sobrevivir a esto, tienes que decidir de qué lado estás. O juegas con Isabela, o la eliminas. No hay punto medio.

—¿Y si hay otra opción? —preguntó Santiago, girando para mirarlo de frente.

Diego se encogió de hombros.— No la veo. Pero si la encuentras, dímelo. Porque los Cruz no se van a quedar de brazos cruzados. Y aquí dentro, cada uno tiene su propio juego.

Santiago guardó silencio unos segundos, observando la libreta.— ¿Sabes qué haría mi hermano en mi lugar?

Diego bajó la mirada.— Tu hermano era más impulsivo. Por eso lo mataron. Tú piensas. Eso nos ha salvado más de una vez.

Santiago apretó los dientes. Recordó la última vez que había visto a su hermano, la discusión, las palabras duras. No podía permitirse ese lujo ahora.

—Vamos a hacer lo siguiente —dijo al fin—. Mantén a Elena y a Isabela vigiladas. Pero de lejos. Si se mueven raro, me avisas. Quiero saber con quién hablan, qué buscan, hasta si respiran distinto.

Diego asintió y se guardó la libreta en el bolsillo interior.— ¿Y los empleados nuevos?

—Rotalos. Mezcla a los leales con los sospechosos. Así no pueden armar nada sin que lo sepamos. Y si alguien pregunta, di que es por seguridad después de lo de Marcos.

Diego dudó un instante.— ¿Y si alguien más de los nuestros está metido?

Santiago se acercó a él, bajando la voz.— Si encuentras pruebas, actúa sin avisarme. No quiero más sorpresas.

Diego asintió, serio, y salió del despacho cerrando la puerta tras de sí. Santiago se quedó unos segundos mirando la madera oscura. Sentía el peso de la decisión en la espalda.

Caminó por la habitación y abrió una caja fuerte pequeña detrás de un cuadro. Dentro, había una pistola, documentos falsos y dos sobres. Sacó uno, lo abrió y leyó el contenido: era una lista de contactos de emergencia. Gente dispuesta a hacer trabajos sucios si las cosas se ponían feas.

Santiago guardó el sobre y cerró la caja. Se detuvo frente al espejo del despacho. El reflejo le devolvió una imagen cansada y tensa. Se preguntó si alguno de los suyos lo traicionaría, o si al final tendría que aliarse con Isabela para sobrevivir.

La puerta sonó de nuevo. Era Diego, que asomó la cabeza sin entrar del todo.

—Me acaba de llegar un mensaje. Alguien pregunta si seguimos interesados en la "oferta". No dice más, pero es de los contactos de Marcos.

Santiago sintió que el estómago se le apretaba.— Diles que sí. Pero no muevas nada sin que yo lo autorice. Y Diego...

—¿Sí?

—Si algo sale mal, no dudes en hacer lo necesario. Prefiero perder un aliado que perder la cabeza.

Diego asintió, cerró la puerta y se fue. Santiago se quedó solo, con la libreta negra en la mano y demasiadas preguntas girando en la cabeza.

¿A qué precio llegarían estas nuevas alianzas?

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 6:48

Siguiente lectura