Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
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Capítulo 13 · ~5 min

El pasado vuelve

Isabela revisaba el contenido de un cajón, moviendo papeles y un pequeño cuchillo, cuando escuchó pasos en el pasillo. Se tensó al instante. Dejó el cuchillo junto a la lámpara y se giró justo cuando Elena cruzó la puerta, empujando con fuerza.

—Ciérrala —dijo Elena en voz baja, mirando hacia atrás. Tenía el pelo recogido y los ojos rojos, como si no hubiera dormido nada.

Isabela obedeció. Se apoyó en la puerta, esperando que Elena hablara primero. Un silencio denso se instaló entre las dos.

—Hay algo que no te conté —soltó Elena, cruzando los brazos—. Y no me odies, Isa, pero ya no sé en quién confiar aquí.

Isabela la observó en silencio. Tomó aire antes de hablar.

—Dilo rápido. Santiago está paranoico y no quiero que sospeche de ti también.

—Anoche recibí otro mensaje —Elena sacó del bolsillo un papel arrugado—. No es como los anteriores. Mira.

Isabela leyó la nota: "Tu amiga no es quien dice ser. Hay un precio por su cabeza. Cuida tus pasos."

Isabela apretó el papel. Sintió un sabor amargo en la boca.

—¿Quién te lo dio?

—No sé. Lo dejaron en la cocina, encima de mi taza. Nadie vio nada. Pero no es la letra de Marcos ni de Diego.

Un golpe seco sonó en la ventana. Ambas se estremecieron, pero solo era una rama movida por el viento. Isabela paseó la mirada por la habitación, buscando cámaras o micrófonos. No encontró nada visible, pero tampoco se tranquilizó.

—¿Crees que fue alguien de la familia Herrera? —preguntó Elena, bajando el tono—. O de la tuya.

—No lo sé. Aquí todos quieren algo y nadie dice la verdad —Isabela se pasó la mano por el cabello, impaciente—. ¿Y si te usan para llegar a mí?

Elena se encogió de hombros, frustrada.

—O al revés. ¿Y si tú me usas a mí? —Soltó una risa seca—. Ya no sé si somos amigas o solo piezas de este juego.

Isabela guardó el papel en su bolsillo. Dio un par de pasos, evitando mirar de frente a Elena.

—Tú me salvaste la vida antes. Eso no se olvida fácil.

—Pero tampoco te fías de mí —replicó Elena—. ¿Por qué?

—Porque aquí nadie es inocente, Lena. Ni siquiera tú.

Un silencio incómodo se apoderó de la habitación. Elena rompió la distancia, poniéndose frente a Isabela.

—Te están buscando, Isa. No me preguntes cómo lo sé, pero hay gente de tu pasado, no solo de la familia Cruz. Y no les importa a quién se lleven por delante.

Isabela se tensó aún más. Quiso preguntar detalles, pero la duda le pesaba.

—¿Sabes algo de mi madre? —preguntó, la voz apenas un susurro.

Elena bajó la mirada.

—Solo rumores. Dicen que negoció tu vida más de una vez. Que ahora quiere protegerse, aunque eso signifique entregarte. Pero no puedo asegurarlo.

Isabela sintió una punzada en el pecho. Caminó hacia la ventana, buscando aire. Afuera, la mansión seguía igual de silenciosa. Nadie a la vista, ni siquiera los guardias.

—¿Crees que Santiago sepa algo más? —preguntó, sin girarse.

—Ese hombre lo sabe todo, o al menos lo suficiente para manipularnos a las dos —Elena habló con dureza—. Si sigues aquí, tienes que decidir de qué lado estás. O no te va a quedar ninguno.

Isabela cerró los ojos un instante. Recordó la carta rota de su madre, las miradas de sospecha, la sensación de estar sola en territorio enemigo.

—¿Y tú, Lena? ¿De qué lado estás?

Elena suspiró.

—Del que me deje vivir un día más. Y si eso significa ayudarte, lo haré. Pero si tengo que elegir entre tu vida o la mía… no me pidas milagros.

Isabela soltó una carcajada amarga. Apoyó la frente en el cristal.

—No esperaba otra cosa. Aquí nadie regala nada.

Un par de minutos pasaron en silencio. Isabela se volvió, más fría.

—Dame la verdad, Lena. ¿Has hablado con Diego?

—Solo lo justo. Sospecha de nosotras, pero no tiene pruebas. Si las tuviera ya estaríamos muertas o peor.

Isabela asintió. Caminó hasta su cama y revisó debajo del colchón. Sacó un teléfono pequeño y una pistola.

—Si tienes algo más que decir, es ahora o nunca. No quiero sorpresas.

Elena se acercó, bajando la voz.

—Hay un rumor en la casa. Que alguien de la familia Cruz va a intentar entrar esta noche. No sé si es cierto, pero yo que tú no dormiría.

Isabela guardó el arma y el teléfono en su cinturón.

—No pensaba dormir de todos modos.

Elena la miró con una mezcla de miedo y admiración.

—¿En serio vas a seguir con el plan? ¿Después de todo esto?

Isabela no contestó de inmediato. Se quedó viendo la puerta, calculando sus opciones.

—No sé si quiero cumplir el plan o quemarlo todo. Pero si alguien entra, no saldrá caminando.

—Eso suena a vieja Isa —Elena sonrió, pero su sonrisa no llegó a los ojos.

Isabela le lanzó una mirada rápida.

—¿Te vas a quedar o vas a correr?

—Me quedo. Por ahora. Pero si veo que esto se pone peor, me largo. No soy mártir.

Isabela se acercó y le apretó el hombro.

—Te entiendo. Pero si caigo, cuida que no cuenten mi historia como les dé la gana.

Elena asintió, seria.

—Tú tampoco me dejes atrás. Si la cosa se sale de control…

—Haré lo que pueda —Isabela interrumpió. Miró de nuevo hacia la ventana, la tensión en cada músculo—. Esta noche veremos quién es de verdad enemigo y quién no.

Elena miró la puerta con nerviosismo.

—¿Y si tu pasado vuelve y te quita todo, Isa?

Isabela no respondió. Solo apretó el cuchillo en su mano y se quedó mirando la oscuridad tras el cristal, preguntándose si podría enfrentar lo que venía sin perder a quien más le importaba.

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