Capítulo 14 · ~5 min
La caída
Isabela cerró la puerta de su habitación y echó dos vueltas de llave. El clic metálico sonó fuerte en la noche, pero la sensación de seguridad se esfumó en segundos. Se quitó los zapatos y los arrojó bajo la cama. La pistola, fría y pesada, quedó sobre las sábanas. Tomó el celular y revisó la pantalla una vez más. Ni mensajes ni llamadas de Elena. Solo el reloj, marcando las doce con dos minutos.
Se sentó con la espalda recta, conteniendo el temblor de las manos. El mensaje anónimo seguía taladrando su mente: un precio por su cabeza, y no solo entre los Herrera. Su propia madre, tal vez, también la había vendido. El aire olía a encierro y traición.
Se levantó y fue directo a la ventana. El jardín lucía vacío. Las luces de la mansión iluminaban los árboles, pero Isabela solo veía barrotes. No era protección: era una jaula. Tomó el paño y empezó a limpiar la pistola. Cada pasada era un esfuerzo por controlar las ideas que la golpeaban. Recordó la frase de Santiago en la biblioteca.—Aquí nadie es inocente, Isa. Ni tú, ni yo.
Un ruido en el pasillo la hizo girar, alerta. Apretó el arma con tanta fuerza que le dolieron los nudillos. El silencio la envolvía, salvo por el eco de sus propios pensamientos. Pensó en Elena, en la última vez que le creyó por completo. ¿Y si la traición venía también de ella? La duda la mordía.
Un golpe suave la sobresaltó.
—¿Quién es?
—Sofía, señora —respondió una voz joven, temblorosa—. Traigo té. El señor Santiago lo pidió.
Isabela no se movió al principio. Miró la bandeja desde lejos.
—Déjalo en el suelo y vete.
—Sí, señora.
Esperó. Solo cuando los pasos se alejaron, abrió la puerta un centímetro. Recogió la bandeja sin mirar a la empleada. El té humeaba. Lo dejó sobre la mesa sin tocarlo y colocó una silla contra la puerta. No había confianza ni para dormir.
El cansancio la vencía, pero quedarse quieta era peor. Abrió el cajón y sacó una libreta vieja. Ahí anotaba secretos y traiciones. Pasó la lista de nombres tachados, la mayoría muertos o desaparecidos. Escribió dos palabras: “Lealtad rota”. Cerró la libreta y la lanzó contra la pared. El golpe sonó hueco, pero alivió la rabia por un segundo.
Caminó de un lado a otro, revisando la mochila de emergencia en el armario. Dinero, pasaporte, una navaja, un teléfono quemado. Dudó. Escaparse parecía un acto de cobardía, pero quedarse podía ser el final. Miró la pistola y la mochila, sintiendo la presión en el pecho.
El celular vibró. Lo tomó de inmediato. Un mensaje: “No confíes en nadie. Ni en mí. Elena”. Isabela apretó el teléfono, leyendo esas palabras una y otra vez. Quiso responder, pero no supo qué decir. ¿Advertencia, confesión o despedida? El vacío creció.
Marcó el número de Elena. Esperó. Nada. Solo el tono cortado y una voz grabada. —El buzón de voz está lleno. Intente más tarde.
—Maldita sea, Elena… —murmuró, sintiendo la rabia mezclarse con la tristeza. Tiró el teléfono sobre la cama y se tapó la cara con las manos. Quiso gritar, pero solo apretó los dientes.
Se dirigió al espejo del baño. Se miró de frente. Ojeras profundas, piel tensa, los ojos rojos. Se mojó la cara, pero el agua fría no borró el reflejo de una mujer acorralada. Se obligó a hablar en voz alta:
—¿Así se supone que termina todo? ¿Sola, esperando a que alguien entre a matarme?
El eco de su propia voz la hizo sonreír de lado, amarga.
Volvió a la habitación y se sentó en el suelo, con la espalda contra la puerta. Apagó la luz. El cuarto quedó en penumbra. Sacó la pistola y la sostuvo entre las piernas. Recordó de niña, cuando su madre la dejaba sola en la casa. Siempre pensó que el abandono era temporal. Ahora, la traición era definitiva.
El celular vibró de nuevo. Esta vez, sin remitente: “Ya saben que estás sola. Esta noche puede ser la última.”
Se le heló la sangre. Miró la pistola, la mochila, la libreta tirada en el piso. El pulso le temblaba. Intentó marcar a Santiago, pero cortó antes de que diera tono. ¿Qué podría decirle? ¿Pedir ayuda al hombre que esperaba que ella lo matara?
Se levantó de golpe y, con rabia, lanzó la taza de té contra la pared. El estallido la sacudió. Trozos de porcelana rodaron por el suelo. Por primera vez en años, no supo qué hacer. Se dejó caer de rodillas, apretando los puños. Pensó en huir, en pelear, en rendirse. Todo parecía posible y, a la vez, inútil.
—¿Esto es lo que queda, mamá? —susurró, mirando el techo—. ¿Vale la pena seguir?
El cuarto olía a té derramado y a miedo. Afuera, la casa seguía en silencio. Isabela sintió el peso de la traición como si la aplastara. ¿Le quedaría fuerza para luchar o todo estaría perdido?