Capítulo 15 · ~5 min
El abismo
Santiago se encerró en su despacho y cerró la puerta con llave. Apoyó la espalda en la madera, sentía las manos temblorosas. Buscó los cigarrillos en el cajón, pero lo pensó dos veces y lo cerró de golpe. Caminó hasta el ventanal, las luces de la ciudad apenas se veían a lo lejos. Todo le parecía ajeno, incluso ese despacho que había sido su refugio desde siempre.
El teléfono vibró sobre el escritorio. Santiago lo miró sin moverse. Sabía que ningún mensaje traía buenas noticias a esa hora. Al final lo tomó y leyó la pantalla: solo una palabra de Diego, "Listo". No respondió. Dejó el teléfono boca abajo y se sentó en la silla, la cabeza entre las manos.
Intentó repasar los hechos, pero las imágenes saltaban desordenadas. La traición de Marcos, la mirada de Isabela, la nota de Elena. Un hilo invisible unía todo y lo apretaba por dentro. Santiago no confiaba en nadie y, por primera vez, sintió que tampoco podía confiar en sí mismo.
Se levantó de nuevo, la silla chirrió. Abrió la caja fuerte oculta tras los libros y sacó una foto vieja: su hermano menor, Antonio, sonriendo en el jardín de la casa vieja. Santiago se quedó mirándola un rato.
—¿En qué momento dejé de reconocerme? —susurró, sin esperar respuesta.
Guardó la foto y sacó una pistola. Revisó el cargador, era un gesto automático. La dejó sobre la mesa y caminó de un lado a otro. Sintió el peso del arma, el frío de la traición, el vacío del poder.
Recordó la última conversación con Diego. Él no lo dijo en voz alta, pero Santiago lo sintió: hasta Diego tenía miedo de lo que podía pasar esa noche. Nadie confiaba en nadie. Nadie dormía tranquilo.
Se sirvió un vaso de whisky. Bebió de un trago, apenas sintió el ardor en la garganta. Miró el reflejo de su rostro en el cristal de la ventana. Tenía el gesto duro, los ojos oscuros y cansados. Se preguntó si Isabela estaría igual, encerrada con un arma, esperando el primer ruido. El juego había ido demasiado lejos.
El teléfono volvió a vibrar. Esta vez era un mensaje cifrado, un contacto anónimo: “Tu esposa no es la única con un precio. Cuida tu espalda”. Santiago apretó la mandíbula. Respondió con un simple “¿Quién eres?”, pero no hubo respuesta.
Sintió un escalofrío. Se acercó al escritorio y sacó la libreta donde anotaba los movimientos sospechosos de la casa. Repasó los nombres: Marcos, Elena, Isabela, Diego. Todos tenían algo que esconder. Todos podían ser traidores. Apuntó una nueva línea: "El enemigo también está dentro".
Pensó en salir del despacho, buscar a Diego, pero algo lo detuvo. No podía mostrarse vulnerable. No ahora. Cerró la libreta, respiró hondo, intentó ordenar las ideas.
Sonó un golpe en la puerta. Santiago se tensó, agarró la pistola. Nadie llamaba sin avisar a esas horas. Esperó en silencio.
—Santiago, soy Diego. Hay movimiento raro en la cocina. ¿Abro? —La voz era baja, controlada, pero había urgencia.
Santiago abrió y dejó entrar a Diego. El hombre tenía el rostro pálido, los ojos fijos. Traía el arma bajo la chaqueta.
—¿Qué viste? —preguntó Santiago sin rodeos.
—Una sombra en la despensa. Alguien revisando las cámaras. No era personal nuestro. —Diego se acercó, bajando la voz—. Creo que buscan algo, o a alguien.
—¿Isabela? —preguntó Santiago, sin querer mostrar preocupación.
—No la vi, pero Elena sí estaba cerca. No sé si juntas o cada quien por su lado.
Santiago negó con la cabeza. Se frotó el rostro con las manos. No podía confiar en nadie, pero tampoco podía quedarse quieto. Tenía que actuar.
—Ve a la cocina. Si ves algo raro, no intervengas. Solo observa y me avisas. Nada de héroes, Diego. —Santiago le hizo un gesto de advertencia.
—Lo tengo claro, jefe. —Diego lo miró de frente un segundo más, luego salió sin ruido.
Santiago cerró la puerta y se apoyó en ella. El sudor le corría por la espalda. El despacho le parecía cada vez más pequeño. Pensó en llamar a Isabela, pero la idea le pareció absurda. Ella tampoco confiaría en él. Ninguno de los dos podía bajar la guardia.
Tomó el vaso de whisky y lo arrojó contra la pared. El ruido fue seco, el vidrio explotó en pedazos. Santiago sintió una descarga de rabia y alivio. El silencio volvió a llenarlo todo.
Miró el arma sobre la mesa. Se preguntó si llegaría a usarla esa noche o si terminaría del otro lado del cañón. Por un instante, pensó en su hermano muerto. ¿Habría hecho las cosas de otra manera? ¿O el destino estaba sellado desde antes?
Se sentó otra vez, los codos sobre el escritorio. Sintió la tentación de llamar a su madre, de pedirle una explicación, alguna señal de que todo no era en vano. Pero descartó la idea. En ese mundo, la familia era solo otra forma de peligro.
El teléfono vibró una vez más. Esta vez era un mensaje de Isabela: “No confíes en nadie. Ni siquiera en mí.” Santiago lo leyó dos veces. Sonrió sin alegría.
—Eso ya lo sabía, Isa —dijo en voz baja.
Guardó el teléfono y apagó la luz. El despacho quedó en penumbra. Santiago se quedó sentado, la pistola cerca, la mente en alerta. Sabía que la noche no había terminado. Sabía que cualquiera podía cruzar esa puerta y cambiarlo todo.
¿Podría recuperarse o caería en la oscuridad? Santiago sostuvo el arma con fuerza, esperando una respuesta que no llegaba.