Capítulo 16 · ~5 min
El retorno
Isabela no durmió esa noche. Se sentó en la orilla de la cama, con la pistola sobre las piernas y la mochila de emergencia abierta a sus pies. Observaba la puerta como si en cualquier momento alguien fuera a derribarla. Pero nadie entró. Solo el silencio, largo y pesado, la acompañó hasta que amaneció.
Al primer sonido de las aves, Isabela guardó el arma, se puso una chaqueta y salió del cuarto. Caminó por el pasillo con paso firme, sin mirar a los empleados que evitaban cruzar sus ojos con los de ella. Bajó las escaleras, ignorando el temblor en las manos y la presión en el pecho. No iba a huir. No esta vez.
Cruzó hacia la oficina de Santiago. La puerta estaba entornada, como si la estuvieran esperando. Empujó sin avisar.
Santiago estaba sentado tras el escritorio, con la camisa arrugada y la barba crecida. Olía a tabaco frío y a café viejo. No apartó la mirada cuando ella entró. Sus ojos, rojos pero despiertos, la siguieron en silencio.
—¿Vas a matarme ahora, Isabela? —preguntó Santiago, sin moverse.
Isabela cerró la puerta tras de sí y se apoyó en la pared, sin dejar de mirarlo.
—Depende. ¿Piensas atacarme tú primero?
Santiago sonrió, cansado.
—Hoy no. Estoy demasiado cansado para juegos estúpidos.
Isabela avanzó hasta quedar frente al escritorio. Apoyó ambas manos sobre la madera. Sus dedos estaban tensos, pero su voz salió firme.
—Ya no quedan aliados. Ni para ti, ni para mí.
Santiago se encogió de hombros.
—Siempre supe que este final era inevitable.
—Yo también. Pero aún no hemos decidido quién va a perder —contestó Isabela, bajando la voz.
Santiago se levantó despacio. No tenía un arma a la vista, pero Isabela notó el bulto bajo la chaqueta. Él se acercó hasta quedar a menos de un metro. Había algo nuevo en su mirada, una mezcla de desafío y resignación.
—¿Por qué volviste? —preguntó Santiago, en voz baja.
—No tengo a dónde ir. Y tú tampoco. Nadie nos espera afuera. Aquí se termina todo.
Un silencio tenso llenó la habitación. Isabela sintió el peso de cada palabra. Santiago la observó, buscando mentiras en su rostro. No las encontró.
—¿Y si nos matamos los dos? —dijo él, casi como una broma amarga.
—Quizá eso esperan todos —respondió Isabela, sin apartar la mirada.
Santiago soltó una carcajada seca. Se sentó de nuevo y tomó la taza de café, pero no bebió.
—Me pregunto si alguna vez pensaste en rendirte —dijo él.
Isabela negó con la cabeza.
—¿Y tú? —preguntó.
—Yo no sé cómo —admitió Santiago. Apoyó los codos en el escritorio, cansado. —Pero sí sé que alguien va a abrir esa puerta y va a intentar acabar con nosotros. No será ni Diego ni Elena. Será alguien peor.
Isabela asintió. Caminó hacia la ventana y apartó la cortina. Vio el jardín vacío y la reja cerrada. Nadie a la vista, pero el peligro latía en cada rincón.
—Solo queda una cosa por hacer —dijo ella, sin girarse.
—¿Qué propones? —preguntó Santiago, con voz ronca.
Isabela se volvió despacio. Sus ojos estaban fríos, pero había decisión en su postura.
—Terminar el juego. Aquí y ahora. Sin trampas, sin aliados. Solo tú y yo.
Santiago la miró largo rato. Luego asintió, despacio. Se levantó de nuevo, esta vez sin esconder las manos.
—¿Confías en mí para eso? —preguntó, dejando ver una sonrisa torcida.
Isabela dudó apenas un segundo.
—No. Pero tampoco confío en nadie más.
Ambos se quedaron quietos, midiendo al otro. Nadie habló. Nadie se movió.
Un ruido seco retumbó en el pasillo. Isabela y Santiago giraron al mismo tiempo, atentos. La tensión se cortaba en el aire.
Isabela sacó el arma de la chaqueta y la mantuvo baja, sin apuntar directamente. Santiago deslizó la mano hasta el revólver, pero no lo sacó.
—Parece que no somos los únicos que queremos cerrar esto —murmuró Isabela.
Santiago se acercó, sin apartar la mirada del pasillo.
—¿Lista para un último acto?
Isabela asintió. Santiago abrió la puerta apenas unos centímetros. Miró afuera, después a ella.
—Vas delante. Si esto acaba aquí, que sea contigo al frente.
Isabela cruzó la puerta sin vacilar. Caminó por el pasillo, sintiendo la mirada de Santiago en la nuca. Nada se movía. Solo el eco de sus pasos. Llegaron al final del corredor, donde la casa se abría hacia el salón principal.
—¿Y ahora? —preguntó Santiago, quedando a su lado.
Isabela giró el arma en la mano y lo miró de frente.
—Ahora decides si disparas o hablas. Pero el juego termina hoy.
Santiago la observó un instante, indeciso. Bajó el arma y levantó las manos.
—Prefiero hablar, aunque me cueste la vida.
Isabela bajó un poco la guardia, pero no soltó la pistola.
—Entonces habla. ¿Quién va a traicionar primero?
Un segundo de silencio. La tensión era tan densa que Isabela podía sentirla en la garganta.
—Tal vez ninguno —dijo Santiago, con una sonrisa amarga. —O tal vez tú.
Isabela dio un paso más cerca, desafiándolo.
—¿Quién hará el primer movimiento hacia la verdad, Santiago?