Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
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Capítulo 17 · ~4 min

Pacto de Sangre y Plomo

Santiago abrió la puerta del pasillo con el arma lista. Isabela lo seguía, también armada, con la mirada fija y los labios apretados. Ninguno bajó la guardia ni un segundo. Las luces de la casa parpadeaban. El silencio era tan denso que cualquier pequeño sonido parecía un trueno.

Avanzaron juntos, espalda con espalda, hasta la sala principal. Santiago se detuvo junto al ventanal. Su respiración era corta, controlada. Miró de reojo a Isabela. Ella no temblaba, pero él notó que su dedo rozaba el gatillo más de lo normal.

—Si vas a disparar, hazlo ya —murmuró Santiago, sin apartar la vista de la puerta principal.

—No vine a morir hoy —respondió Isabela, con voz baja y seca—. Pero tampoco voy a esperar a que me traiciones.

Santiago sonrió, apenas. El sarcasmo se le escapó en una exhalación.

—Siempre tan confiada. Eso me gusta. Aunque esta noche puede que no te sirva de mucho.

Ella giró rápido, apuntándole al pecho. Santiago no se movió.

—¿Crees que no lo haría? —preguntó ella, con el pulso firme.

—Creo que quieres saber si yo también puedo hacerlo —contestó Santiago, levantando el arma hacia su rostro.

Por un instante, el mundo se detuvo. Solo estaban ellos dos. Ni aliados, ni enemigos alrededor. Solo dos personas que ya no tenían nada que perder.

El ruido de un vaso cayendo en la cocina rompió el hechizo. Santiago giró el rostro, atento al sonido. Isabela no bajó el arma, pero avanzó un paso, quedando a menos de un metro de él.

—¿Sigues creyendo que puedes controlarlo todo? —susurró ella, con una mueca de burla.

Santiago apretó los dientes.

—El control es una ilusión, Isa. Pero el miedo sí es real. ¿Ya aprendiste eso?

Ella bajó el arma solo un poco, dudando. Santiago aprovechó para girar, pegándose a la pared. Estiró la mano y le arrebató la pistola con un movimiento rápido. Ella reaccionó con un codazo, pero él la bloqueó y ambos cayeron al suelo, forcejeando.

El arma resbaló hasta debajo del sofá. Santiago quedó encima de Isabela, sujetándole las muñecas. El sudor le caía por la frente, pero no soltó la presión.

—¿Eso era todo tu plan? —le dijo, tan cerca que podía oler su perfume—. ¿Dejarte atrapar?

Isabela le escupió una risa amarga en la cara.

—Mi plan era sobrevivir. Tú eres el que no sabe cuándo rendirse.

Durante unos segundos, solo se oyeron sus respiraciones agitadas. Santiago la miró, buscando algo en su rostro. No vio miedo. Vio rabia, cansancio y algo parecido a resignación.

Soltó una de las muñecas de Isabela y sacó una navaja de su bota. La apoyó en el cuello de ella, sin apretar.

—Podría terminar esto ahora mismo —susurró, la voz ronca.

Isabela no parpadeó.

—Hazlo. Ya no queda nadie para llorar por mí.

Santiago dudó. Bajó la navaja, pero no la soltó. Se levantó despacio y le tendió la mano. Isabela la ignoró y se incorporó sola, con la mirada clavada en él.

—¿Por qué no lo hiciste? —le preguntó Santiago, respirando por la boca.

—Porque eres igual que yo. No matas por impulso. Solo por necesidad —dijo Isabela, recogiendo su pistola del suelo—. Y ahora la necesidad es otra.

Santiago guardó la navaja y se pasó la mano por el cuello, aliviado. Caminó hacia el ventanal y miró la oscuridad afuera. Sabía que en cualquier momento podían atacarlos.

—No tenemos aliados. Solo nos queda confiar en que el otro quiera sobrevivir —dijo él, casi en un susurro.

Isabela se acercó y apoyó la pistola en la mesa. Se sentó frente a Santiago, sin apartar la vista de sus manos.

—Quiero una respuesta —dijo ella, firme—. ¿Qué vas a hacer si salimos vivos de esto? ¿Me vas a entregar o vas a matarme tú mismo?

Santiago la miró a los ojos. En ese instante, no vio a la asesina. Vio a una mujer igual de rota que él, cansada de huir y de traicionar.

—No sé qué haré —dijo por fin—. Pero si quieres una promesa, aquí va: si me traicionas, no fallaré el segundo disparo.

Isabela sonrió, amarga.

—Siempre tan romántico, Santi.

Un ruido sordo se escuchó en el piso de arriba. Santiago levantó la mano, pidiendo silencio. Isabela agarró su arma de nuevo. Ambos se pusieron de pie, espalda con espalda, dispuestos a enfrentar juntos lo que viniera.

Santiago sintió que todo lo que había construido estaba a punto de caer. Pero en ese segundo, entendió que no podía ganar solo. Miró a Isabela, y por primera vez, le creyó.

—Pase lo que pase, termínalo tú —le murmuró, sin mirarla directamente.

Ella asintió. El ruido se repitió, más cerca. Santiago apretó el arma y avanzó hacia la escalera.

Esa noche, solo uno saldría victorioso de ese duelo mortal. Pero ¿quién sería capaz de disparar primero?

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