Capítulo 18 · ~5 min
Verdades y compromisos
Isabela despertó con el cuerpo adolorido y la mente pesada. No recordaba cuánto tiempo había dormido. Afuera, la casa estaba en silencio, como si todos los fantasmas hubieran decidido esconderse ese día. Se levantó despacio, con el arma bajo la almohada, y caminó hacia el baño sin soltarla. El espejo le devolvió una imagen cansada, ojeras marcadas y una mancha de sangre seca en la mandíbula. No era suya. No se molestó en limpiarla todavía.
El pasillo olía a encierro. Bajó las escaleras, atenta a cada sonido, esperando una emboscada. Nadie apareció. En la cocina, la cafetera seguía con el mismo café rancio de la noche anterior. Sirvió una taza y se sentó, con la pistola sobre la mesa y la mirada perdida en la ventana. No tenía hambre. No tenía miedo. Solo quedaba la decisión pendiente.
Santiago apareció en la puerta sin avisar. Tenía el rostro más pálido de lo normal y un vendaje improvisado en el antebrazo. Sostenía su propia arma, pero la dejó caer sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Dormiste algo? —preguntó sin mirarla.
—Lo necesario. No había mucho que soñar —respondió Isabela, girando la taza entre las manos.
Un silencio tenso se instaló, el tipo de silencio que solo dejan los gritos que nunca se dijeron. Santiago se sirvió café, sin añadir azúcar. Se sentó frente a ella, lejos, pero no tanto como antes.
—Anoche estuve a punto de matarte —dijo, con la voz ronca.
Isabela levantó la vista apenas. No reaccionó, solo esperó.
—Y yo a ti. No habría dudado si hubieras dado el primer paso —contestó, sin emoción.
Santiago soltó una risa corta, amarga.
—Supongo que eso nos hace iguales. O igual de idiotas.
Isabela dejó la pistola a un lado. La mesa quedó entre los dos, como una frontera invisible. Ninguno se movió.
—No nos queda nadie —dijo ella. No era una pregunta. Era la única verdad que importaba.
Santiago asintió. Sus dedos tamborilearon sobre la taza.
—Ni familia, ni aliados. Solo tú y yo. Un mal chiste —murmuró—. ¿Y ahora qué? ¿Nos matamos aquí mismo o intentamos sobrevivir juntos?
Isabela miró el arma. Luego lo miró a él, directo, sin miedo.
—Sobrevivir juntos. Es la única opción que no termina con una bala en la cabeza. Por ahora.
El silencio volvió, pero esta vez no pesaba tanto. Santiago se levantó y caminó hasta la ventana. Isabela vio su reflejo: hombros caídos, agotamiento en el rostro. Un hombre derrotado y peligroso a la vez.
—No confío en ti, Isabela. Pero tampoco confío en nadie más. Eso lo hace más fácil —dijo, sin girarse.
Isabela se puso de pie y recogió su arma. Caminó hasta quedar a medio metro de él. No lo apuntó. Solo la sostuvo, como una extensión de su propio cuerpo.
—No tienes que confiar. Solo tienes que decidir si quieres seguir vivo. Lo demás es ruido.
Santiago la miró. Había rabia, cansancio y algo parecido al respeto en sus ojos.
—¿Por qué no te fuiste cuando tuviste la oportunidad? —preguntó, bajando la voz.
Isabela dudó un instante. Podía mentir, pero no valía la pena.
—Porque si huyo, me matan igual. Aquí tengo una posibilidad. Contigo —admitió, en voz baja.
Santiago asintió. Apoyó la frente en el vidrio unos segundos y luego se apartó.
—Tenemos que decidir qué hacer con lo que queda de nuestras familias. Si nos movemos ahora, nos están esperando. Si nos quedamos, nos buscan —dijo, práctico, volviendo al tono de siempre.
Isabela guardó el arma en la pretina del pantalón. Se cruzó de brazos.
—No quiero seguir órdenes de nadie. Ni de los Cruz, ni de los Herrera. Si jugamos, jugamos por nuestra cuenta.
Santiago esbozó una sonrisa torcida.
—¿Un pacto? ¿Tú y yo contra el resto? —preguntó, con tono casi burlón.
—Un pacto de sangre y plomo. Si alguno traiciona, el otro dispara —respondió Isabela, sin vacilar.
Santiago extendió la mano, dudando apenas un instante. Isabela la tomó. El apretón fue firme, sin titubeos. Un acuerdo entre enemigos, o algo peor.
—¿Y si mañana uno de los dos cambia de idea? —preguntó Santiago, sin soltarla todavía.
Isabela se encogió de hombros.
—Entonces todo esto habrá sido una pérdida de tiempo. Pero hoy, no tengo nada más que perder.
Separaron las manos. Santiago tomó aire, como si acabara de saltar de un edificio.
—No me gusta esto. Pero me gusta menos la idea de volver a dormir con un ojo abierto —admitió.
Isabela se permitió una sonrisa seca.
—Acostúmbrate. No vamos a cerrar los ojos nunca más.
Un ruido en la planta alta los interrumpió. Ambos giraron, armas en mano, listos para disparar. No apareció nadie. El silencio volvió, cargado de promesas y amenazas. Isabela bajó el arma primero.
—Mañana será peor. Van a venir por nosotros. De un lado o del otro —advirtió.
Santiago asintió, serio.
—Que vengan. Ya no somos presa fácil.
Isabela tomó su taza y la vació de un trago. Miró a Santiago, buscando algo en su rostro. No encontró consuelo, pero sí una determinación que no había visto antes. El pacto estaba hecho. Ahora, solo quedaba esperar el siguiente golpe.
Santiago rompió el silencio con una pregunta que retumbó en la cocina.
—¿Y si logramos sobrevivir? ¿Qué hacemos después?
Isabela no respondió. Salió de la cocina, dejando la pregunta flotando en el aire. Afuera, el sol apenas se asomaba. No sabía si era el principio de algo nuevo o el fin definitivo. Pero por primera vez, no tenía miedo de descubrirlo.