Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
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Capítulo 19 · ~6 min

La calma después de la tormenta

Santiago abrió los ojos antes del amanecer. El peso de la pistola seguía en su mano, igual que la sensación pegajosa de sudor en la frente. Isabela dormía en el sillón, con la navaja cerca. Nadie hablaba. Nadie confiaba. Solo el silencio llenaba la habitación, tenso como un cable a punto de romperse.

Se levantó despacio, estirando la espalda y sintiendo el cansancio en cada músculo. Caminó hacia la ventana. Afuera, la ciudad seguía su rutina, sin saber que dos de sus habitantes acababan de firmar un pacto mortal. Santiago apoyó la frente en el vidrio.

—¿Vas a matarme hoy? —preguntó Isabela, sin abrir los ojos.

Santiago soltó una risa corta y seca.

—Ya ni sé si tendría fuerzas —respondió.

Ella se sentó en el sillón, desarreglada, con el cabello pegado a la cara. Lo miró fijo, sin miedo, solo cansancio.

—Nos usaron, Santi. A los dos. —Su voz era baja, casi un susurro—. ¿Ahora qué?

Santiago giró, apoyándose contra la pared. Levantó la pistola y la dejó sobre la mesa, despacio, como quien deja una copa de cristal.

—Ahora sobrevivimos. O morimos juntos. —Se encogió de hombros—. Ya no importa quién empezó el juego.

Isabela se acercó y tomó asiento en la orilla de la cama. Lo observó, estudiando cada gesto. Santiago se sentía desnudo bajo esa mirada. Por primera vez, no pudo leerla.

—No confío en ti. —Isabela lo dijo sin rencor, casi como una obviedad—. Pero tampoco confío en nadie más. Ni en mí.

—Somos un par de fantasmas —dijo él—. Ni vivos ni muertos. Solo flotando.

Isabela soltó una carcajada ronca. Se tapó el rostro con las manos.

—¿Te das cuenta de lo ridículo que es esto? —preguntó—. Dos asesinos, encerrados, esperando quién dispara primero. Y el mundo sigue afuera, como si nada.

Santiago se sentó junto a ella. El colchón se hundió bajo su peso. Por un momento, solo escucharon el zumbido lejano de un auto en la calle.

—¿Has pensado en rendirte? —preguntó él, casi en voz baja.

Isabela bajó las manos. Sus ojos, rojos de no dormir, se clavaron en los suyos.

—Rendirme no está en mi naturaleza. Pero tampoco quiero seguir matando solo porque alguien me lo ordena. —Hizo una pausa—. ¿Y tú?

Santiago se frotó la nuca. No tenía respuesta. Había crecido con la idea de que solo controlando todo podía sobrevivir. Ahora, ni siquiera confiaba en sus propias manos.

—Quiero vivir —dijo, al fin—. Pero no así. No con una pistola bajo la almohada. No con miedo de que la persona al lado me clave un cuchillo.

Isabela asintió. Se levantó y caminó hacia la puerta, pero no la abrió. Miró la cerradura, luego a Santiago.

—Podríamos huir. Juntos. Nadie esperaría eso de nosotros. —Se encogió de hombros—. O podríamos pelear hasta el final y ver quién gana.

Santiago la miró de reojo. La idea era tan absurda que por un momento quiso reír. ¿Huir con ella? ¿Después de todo?

—¿Y si intentamos algo diferente? —preguntó él.

Isabela arqueó una ceja.

—¿Qué tienes en mente?

Santiago se levantó y se acercó, deteniéndose a medio metro. Bajó la voz.

—Un nuevo pacto. Sin balas, sin sangre. Solo una tregua. Aunque sea por hoy. Si mañana quieres matarme, adelante. Pero hoy, solo tregua.

Isabela lo estudió. No dijo nada durante unos segundos eternos. Al final, asintió.

—Tregua hasta que anochezca. Pero si traicionas, no tienes otra oportunidad —advirtió.

—Ni tú —respondió Santiago, mostrando las manos vacías.

Ambos salieron de la habitación juntos, cada uno mirando por encima del hombro. La mansión parecía más grande, más vacía. Los pasillos a esa hora tenían ecos. Santiago caminó primero hacia la cocina. Revisó la cafetera, buscando veneno o rastros extraños. Isabela revisó la alacena, sacó una caja de galletas y le lanzó una a Santiago.

—Si te mueres, no fui yo —dijo, con media sonrisa.

—Si sobrevivo, tampoco —respondió él, atrapando la galleta en el aire.

Comieron en silencio. Santiago sentía los ojos de Isabela clavados en él, como si midiera cada respiración. Terminó el café y se recargó en la barra.

—¿Crees que alguien más venga a buscarnos? —preguntó.

Isabela negó con la cabeza.

—No hoy. Después de lo que pasó, todos estarán esperando a ver quién cae primero. Nos dejaron solos a propósito.

—¿Y si no caemos? —Santiago miró su reflejo en la ventana. Se veía mayor, cansado. Por primera vez, no parecía el jefe de nada.

—Entonces tendrán que venir por nosotros —dijo Isabela—. O inventar otra guerra.

Santiago soltó el aire despacio. Se sentía raro, como si la adrenalina se hubiera evaporado y solo quedara un vacío incómodo. Levantó la mirada hacia Isabela.

—¿Qué harías si tuvieras una segunda oportunidad? —preguntó, apenas audible.

Isabela dudó. Luego, con un gesto resignado, respondió:

—No lo sé. Tal vez elegiría a quién amar y a quién matar por mí misma. Sin que nadie decida por mí.

Un silencio pesado se instaló entre ellos. Santiago se acercó un poco más, hasta que casi podía oler el perfume débil en la piel de Isabela.

—¿Y si hoy elegimos juntos? —dijo, bajando la voz aún más.

Isabela lo miró, los labios apretados, la expresión dura. Pero había algo nuevo en sus ojos: una pregunta, una duda, tal vez una esperanza pequeña y frágil.

El sonido de un teléfono vibrando rompió el momento. Santiago y Isabela se tensaron de inmediato. Isabela sacó el aparato de su bolsillo. Un mensaje sin remitente: "¿Ya eligieron su camino?"

Ambos se miraron. Nadie sonrió. Nadie lloró. Solo la pregunta, flotando en el aire, como una sombra imposible de ignorar.

Santiago apretó la mandíbula. Sabía que la calma era solo un espejismo. El verdadero final estaba cerca. Pero por primera vez, no estaba seguro de cuál sería su decisión.

—¿Qué camino vamos a tomar, Isa? —preguntó, casi en un susurro.

Ella guardó el teléfono y lo miró de frente.

—Eso lo decidimos ahora. Juntos. O no salimos de aquí.

El día seguía su curso afuera. Pero adentro, todo dependía de la próxima elección. Una que podía costarles la vida, o darles algo parecido a la libertad.

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