Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
  • 20 capítulos
  • 1.082 lecturas
  • Completada

+18

21

~5 min de lectura

Capítulo 20 · ~5 min

Nuevo pacto

Isabela bajó las escaleras sin soltar el arma, con los pies descalzos y los músculos tensos. El pasillo olía a madera y a pólvora vieja. Santiago la esperaba en la sala, recargado contra el ventanal, con una pistola en la mano derecha y la mirada fija en ella. Nadie más, solo ellos dos y el silencio que parecía tragarse la casa entera.

Santiago levantó la ceja, burlón, pero el cansancio se le notaba en los hombros.

—¿Dormiste algo? —preguntó, como si todavía importara.

—Lo suficiente para no matarte por error —respondió Isabela, sin bajar el arma.

Cruzaron miradas. Ni rastro de confianza, ni un gesto amable. Solo ese juego de poder, tan viejo como el pacto que los había traído hasta ahí.

Isabela caminó despacio hasta la mesa, vigilando cada sombra. Santiago no se movió, pero ella vio cómo le temblaba un poco la mano libre. No era miedo, era rabia contenida.

—Llegó el momento —dijo él, con voz seca—. No quedan excusas ni testigos. Solo tú y yo.

Ella dejó el arma sobre la mesa, sin soltarla del todo.

—Si vas a disparar, hazlo ya. Prefiero eso a seguir fingiendo que esto es una alianza.

—No me hagas reír. ¿Alianza? —Santiago soltó una carcajada amarga—. Lo nuestro siempre fue un juego. Sangre o plomo. Nunca los dos.

Isabela apretó la mandíbula. No iba a llorar. Eso se lo prometió la primera vez que la obligaron a matar para sobrevivir. Pero la rabia se mezclaba con un cansancio que le quemaba la garganta.

Santiago se apartó del ventanal y se acercó, lento, sin dejar de apuntarla.

—¿Y si te dijera que estoy cansado de jugar? —preguntó él—. Que ya no me importa ganar ni perder.

Ella rió, seca.

—Nadie deja de jugar, Santiago. Solo cambias las reglas cuando ves que vas perdiendo.

Él bajó el arma, pero no la soltó.

—Entonces cambiemos las reglas. Un último pacto. Si fallamos, morimos los dos. Si sobrevivimos, nadie más decide por nosotros.

Isabela sintió que algo se rompía adentro. Quiso negarse, pero ya no tenía nada que perder.

—¿Y si mañana quieres matarme? —preguntó, sin vacilar.

—Entonces tendrás que ser más rápida —contestó él, con una sonrisa cansada.

Se quedaron en silencio. Afuera, un trueno lejano hizo vibrar los vidrios. Santiago se acercó otro paso, hasta que solo una pequeña mesa los separaba.

—¿Por qué no lo haces tú? —preguntó él, y empujó su pistola hacia ella, como si ofreciera un regalo envenenado.

Isabela tomó el arma y la apuntó directo al pecho de Santiago. El corazón le latía tan fuerte que temió que él pudiera oírlo.

—No soy tu verdugo —dijo—. No más.

Apretó el gatillo. No hubo disparo. El seguro estaba puesto.

Santiago sonrió, amargo.

—Sabía que no lo harías. Ni tú ni yo queremos terminar como empezamos.

Ella le devolvió la pistola y apartó la mirada. La tensión se derritió un poco, pero no desapareció.

Santiago se sentó en la silla más cercana y se frotó los ojos.

—¿Y ahora qué? —preguntó, con voz más baja.

Isabela se sentó frente a él. Apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.

—Ahora elegimos. O nos matamos, o nos largamos juntos. Pero esta vez, nadie más manda.

Santiago levantó la cabeza. La oscuridad de sus ojos no era odio, era puro cansancio.

—¿Huir conmigo? ¿Eso quieres?

Ella asintió, despacio.

—No hay familia. No hay lealtad. Solo sobrevivir. Tú y yo. Si alguno traiciona, el otro dispara.

Santiago dudó un segundo. Luego sacó una navaja pequeña y la puso en la mesa, entre ambos. Se cortó la palma de la mano, sin temblar. La sangre cayó sobre la madera.

—Pacto de sangre y plomo —dijo él, con voz ronca.

Isabela tomó la navaja, repitió el gesto y apretó su mano sangrante contra la de Santiago.

—Si uno traiciona, los dos caen —susurró ella.

Se miraron sin palabras. Por un instante, el mundo se redujo a ese apretón, a la sangre caliente mezclándose entre los dedos, al dolor compartido.

Afuera, los autos de los hombres de la familia pasaron de largo. Nadie entró. Nadie interrumpió.

Santiago soltó la mano de Isabela. Se levantó y fue hacia la puerta, con pasos firmes. Ella lo siguió. Cruzaron juntos el umbral de la mansión, sin mirar atrás.

Al llegar a la acera, Santiago se detuvo. Le tendió la pistola a Isabela, sin decir nada. Ella la tomó, la guardó en la cintura y le devolvió una media sonrisa.

—¿Listo para no tener a nadie?

—Nunca tuve a nadie —contestó él—. Ahora tampoco te tengo a ti. Pero al menos ya no miento.

Isabela asintió. Siguieron caminando bajo el cielo oscuro, con las manos aún manchadas de sangre y la promesa de que, si uno caía, el otro no perdonaría. Nadie habló más. No hacía falta. El pacto estaba hecho y el juego, por fin, había terminado.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

Califica la novela completa

Para calificar la novela y dejar un comentario necesitas una cuenta gratis.

Inicia sesión para calificar la novela
0:00 / 5:48

Siguiente lectura