Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
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Capítulo 11 · ~6 min

Secretos al descubierto

Isabela no pudo dormir. Cuando amaneció, seguía sentada junto a la ventana, la cabeza apoyada en la mano y el cuerpo tenso. No había dejado de repasar la conversación en la biblioteca, la carta rota y la mirada de Santiago. Todo lo que creía saber, ahora pendía de un hilo.

Se puso de pie y caminó por la habitación. Tocó la empuñadura del cuchillo escondido bajo el colchón, solo para sentirse un poco menos vulnerable. No iba a dejarse atrapar por la duda. Sus pasos la llevaron hasta el espejo. Se miró de frente y ensayó una sonrisa fría. No funcionó. Se veía agotada, con los ojos hundidos y el pelo enredado. No era la asesina segura de siempre.

Alguien llamó a la puerta. Isabela se tensó y guardó el cuchillo en la manga. Abrió solo lo necesario para ver quién era. Santiago la esperaba del otro lado, con el mismo traje negro de la noche anterior, pero sin corbata. Parecía tan cansado como ella.

—¿Puedo pasar?

Isabela no respondió. Solo se hizo a un lado y lo dejó entrar. Santiago cruzó la habitación sin mirarla, fue derecho a la ventana y se quedó mirando afuera. Pasaron varios segundos en silencio.

—¿Viniste a terminar lo que empezaste anoche? —preguntó Isabela, con voz baja y áspera.

Santiago soltó una risa corta, casi amarga.

—Depende. ¿Tú ya decidiste si me vas a matar, Isa?

Ella se apoyó en la pared, de brazos cruzados.

—Si quisiera matarte, no estaría hablando contigo ahora. Ya lo sabrías.

—¿Y por qué no lo has hecho? —Santiago se giró. Sus ojos estaban rojos, como si no hubiera dormido tampoco—. Tienes la oportunidad. Nadie nos escucha. ¿Qué te detiene?

Isabela apretó la mandíbula. No le gustaba ese juego, pero tampoco iba a retroceder.

—Quizá quiero respuestas antes de decidir. Ayer mostraste tus cartas, pero no todas. Quiero saber qué buscas en realidad.

Santiago sonrió, pero sin alegría.

—Te sorprendería saberlo. No todo es poder ni venganza, Isa. A veces solo quiero dejar de mirar por encima del hombro.

Ella lo miró en silencio. No era la respuesta que esperaba. Santiago parecía sincero, pero después de todo lo que había pasado, ¿cómo creerle?

—¿Y yo qué soy en todo eso? ¿Solo una pieza más?

—No eres una pieza. Eres el tablero completo ahora.

Se quedaron así, midiendo cada palabra. El ambiente era denso, como si faltara el aire. Santiago dio un paso hacia ella, despacio. No sacó las manos de los bolsillos.

—Ayer dijiste que no confías en nadie. Yo tampoco —admitió Santiago—. Pero no podemos seguir así. Nos vamos a destruir antes de que alguien más lo haga.

Isabela bajó la mirada un momento. Su voz salió más suave.

—No sé si puedo confiar en vos, Santiago. Me vendieron, me usaron y ahora me pides que te crea. Es demasiado.

—No te pido que me creas. Solo que dejes de intentar matarme por un día. Después, si quieres, seguimos jugando.

Hubo un silencio largo. Santiago se acercó otro paso. Isabela sintió el impulso de retroceder, pero no lo hizo. Se obligó a sostenerle la mirada. Vio algo raro en sus ojos, no solo cansancio o rabia. Había miedo. El mismo miedo que ella sentía cada noche.

—¿Por qué sigues aquí, Isa? —preguntó él, casi en un susurro—. Podrías haber escapado. O matado a todos y nadie lo notaría hasta mañana.

—No tengo a dónde ir. Y tampoco quiero salir corriendo como una cobarde. Vine a cumplir un trato, pero ahora no sé cuál es el trato, Santi. Todo cambió anoche.

Santiago asintió, serio. Se acercó a la mesita y se sirvió un vaso de agua. Bebió de golpe, como si necesitara tiempo para ordenar las ideas.

—¿Crees que lo de tu madre fue lo peor? —murmuró—. Yo perdí a mi hermano por confiar. Por pensar que la familia lo era todo. Ahora no me queda nadie en quien confiar tampoco. Ni siquiera en Diego. Y, sin embargo, aquí estoy.

Isabela se sorprendió. No esperaba que él hablara de su hermano. Sabía que era un tema prohibido en la casa Herrera. Santiago se apoyó en la mesa y la miró directo a los ojos.

—Si no confías en mí, está bien. Pero tampoco confíes en Elena. Ni en nadie. Nada es lo que parece aquí. Y si quieres sobrevivir, vas a tener que decidir qué te importa más: tu misión o tu vida.

Isabela apretó el vaso que tenía en la mano. El cristal tembló un poco. Por primera vez, dudó de todo el plan. Dudó de Elena, de sí misma y hasta de sus propios recuerdos.

—¿Y si no quiero elegir?

—Entonces el juego decide por vos. Y el juego es cruel, Isa. Muy cruel.

Se acercaron un poco más. Santiago bajó la voz.

—No vine a amenazarte. Solo quiero que entiendas que, si seguimos así, alguien más va a ganar. Y ninguno de los dos va a salir vivo.

Isabela soltó una risa seca.

—¿Ahora sí tienes miedo?

—Siempre tuve miedo —admitió Santiago, con una honestidad que le dolió—. Pero aprendí a usarlo. Y tú también deberías. El miedo no es debilidad, Isa. Es lo que nos mantiene vivos.

Se quedaron callados. Afuera se oía a lo lejos el ruido de un auto. Santiago la miró un largo rato, como si buscara una señal para saber si podía confiar en ella o no. Isabela dejó el vaso en la mesa y se apartó de la ventana.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó, cansada—. Dilo claro, sin juegos.

Santiago suspiró. Se acercó lo suficiente para que Isabela sintiera el calor de su cuerpo, pero no la tocó.

—Solo no me apuñales hoy. Mañana veremos.

Isabela sonrió, por primera vez en días. Era una sonrisa rota, pero real.

—No prometo nada. Pero tampoco planeo morir aún, Santiago.

Ambos se miraron, sin saber si habían hecho un trato o solo pospuesto el final. Ninguno bajó la guardia. Sin embargo, algo había cambiado. Por un momento, la guerra parecía tener pausa. Solo por un momento.

Santiago fue el primero en moverse. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y giró la cabeza.

—¿Crees que podamos confiar el uno en el otro, Isa? ¿O ya es tarde para eso?

Isabela no respondió. La pregunta quedó flotando en el aire, tan letal como una bala sin disparar.

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