Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
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Capítulo 10 · ~5 min

El giro fatal

Santiago entró en la biblioteca con paso firme, cerrando la puerta tras de sí. El silencio era pesado, como si los libros supieran lo que estaba a punto de pasar. Isabela ya lo esperaba, sentada en el sillón verde junto a la ventana. No apartó la mirada cuando él se acercó.

—¿Tan urgente era? —preguntó Isabela, cruzando las piernas y mostrándose más tranquila de lo que sentía.

Santiago no respondió enseguida. Se inclinó sobre el escritorio y sacó de un cajón una carpeta. La dejó frente a ella con gesto calculado.

—Quiero que expliques esto —dijo, su voz baja y controlada, pero con una amenaza oculta en cada palabra.

Isabela no se movió. Solo observó la carpeta sin tocarla.

—¿Qué esperas encontrar ahí? —replicó, sin perder el tono desafiante.

Santiago abrió la carpeta con un solo dedo. Adentro había varias fotos, todas de Marcos reunido con un hombre mayor, claramente de la familia Cruz. También había copias de mensajes y un informe manuscrito.

—Marcos traicionó a todos. Pero aquí hay algo más —Santiago señaló una nota—. Este mensaje lo escribió Elena. Reconozco su letra. Dice: 'No confíes ni en Isabela'.

El nombre de Elena retumbó en la sala. Por un instante, el silencio se volvió insoportable. Isabela apretó los puños, muy leve, pero Santiago lo notó.

—¿Vas a acusarme de algo que ni tú entiendes? —espetó Isabela, sin moverse del sillón.

—No te acuso. Pero quiero saber hasta dónde llega tu lealtad y la de tu amiga —Santiago la estudió, buscando alguna grieta en su máscara.

Isabela se levantó despacio, acercándose a la mesa. Tomó una de las fotos y la miró por unos segundos.

—Marcos estaba muerto desde antes de que yo llegara a esta casa. Lo sabes, ¿no? —dijo en voz baja, casi como un susurro.

—Sé que alguien lo empujó a traicionar. No sé si fuiste tú, tu familia o Elena. Pero hay algo más —Santiago bajó la voz aún más—. Este informe menciona una carta dirigida a mí. Firmada por tu madre.

Isabela soltó la foto. Por primera vez, Santiago vio un destello de miedo en sus ojos.

—¿Qué carta? —preguntó Isabela, sin poder ocultar la tensión.

Santiago sacó un sobre amarillo, arrugado por los años. Lo lanzó sobre la mesa. Isabela lo reconoció de inmediato. No lo tocó.

—¿Por qué has esperado hasta ahora? —La voz de Isabela tembló, apenas perceptible.

—Porque quería verte así. Sin control —Santiago sonrió, pero sin alegría—. Tu madre me ofreció tu vida a cambio de salvar la suya. Me pidió que te entregara a los Cruz si algo salía mal. No lo hice. Preferí quedarme con tu destino en mis manos.

Isabela respiró hondo. Dio un paso atrás, como si la distancia pudiera protegerla de esa verdad. Santiago sintió una satisfacción amarga.

—Así que todo este tiempo… —Isabela bajó la mirada—. No era un juego. Era una venganza.

—Era supervivencia. Pero ahora… —Santiago la miró fijo—. ¿Por qué Elena no confía en ti? ¿Qué planean?

Isabela lo miró con rabia y dolor, una mezcla peligrosa. Por un momento, Santiago pensó que ella lo atacaría ahí mismo. Pero Isabela solo apretó más los dientes.

—No planeamos nada juntas. Elena ya no confía en nadie. Yo tampoco —respondió, sin apartar la mirada.

Santiago dio la vuelta al escritorio y se acercó, lento, sin perderla de vista. Ahora estaban a menos de un metro. El aire entre ellos se llenó de electricidad y amenaza.

—Deberías confiar en mí —dijo Santiago, casi en un susurro.

—¿Confiar en ti? Después de todo esto… —Isabela dejó la frase en el aire.

Santiago levantó la carta, la rompió en dos y dejó caer los pedazos al suelo. Un gesto pequeño, pero definitivo. Isabela no se movió.

—No pienso entregarte a nadie. Pero tampoco voy a dejar que me mates —Santiago sonrió, con ironía—. Ahora sabes mi secreto. ¿Vas a usarlo?

Isabela no respondió. Sus ojos se clavaron en él, llenos de ira y algo más. Santiago sintió un escalofrío. Por primera vez, dudó de su control sobre la situación.

—Esta no es la última vez que hablamos de esto —dijo Isabela, girándose hacia la puerta—. Pero la próxima vez, uno de los dos va a perder.

Santiago no la detuvo. Observó cómo salía de la biblioteca, con la cabeza en alto y la espalda tensa. El silencio volvió a llenar la sala, solo roto por el crujido de los pedazos de carta bajo sus zapatos.

Santiago miró la mesa, las fotos, los papeles. Todo había cambiado. El juego ya no era solo entre ellos dos: ahora había otros jugadores, otras reglas. Y por primera vez, se preguntó si estaba dispuesto a pagar el precio.

Se quedó mirando la puerta cerrada, preguntándose cómo afectaría ese giro la relación entre ellos, y si todavía había una salida para ambos.

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