Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
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Capítulo 9 · ~5 min

Pacto de Sangre y Plomo

Isabela no podía quedarse quieta. Caminaba de un lado a otro en su habitación, los pasos cortos y rápidos sobre la alfombra. Las cortinas estaban cerradas, pero la luz de la tarde se colaba por los bordes, dibujando líneas amarillas en la pared. El silencio le pesaba más que cualquier amenaza.

Abrió el cajón de la cómoda y revisó por tercera vez el pequeño cuchillo escondido entre la ropa interior. El acero frío le daba una sensación de control, aunque sabía que esa seguridad era una ilusión. En esa casa, nada era lo que parecía.

Elena entró sin tocar, con la expresión dura y el cabello recogido en una coleta apretada. Cerró la puerta y se apoyó contra ella, cruzando los brazos.

—¿Ya te enteraste del escándalo en la cocina? —preguntó Elena, directo al grano—. A uno de los guardias lo mandaron al hospital. Dicen que intentó robar algo.

—¿Un guardia? —Isabela dejó el cuchillo en la cómoda y se giró, alerta—. ¿Estás segura de que fue eso?

—No. Pero la gente anda nerviosa. Nadie confía en nadie. Y Santiago tampoco. —Elena la miró con seriedad—. ¿Qué vamos a hacer, Isa?

Isabela dudó antes de responder. Quería confiar en Elena, pero la sombra de la traición era demasiado larga.

—No sé si tengo aliados en esta casa —dijo, bajando la voz—. Santiago juega con todos. Incluso contigo.

Elena se separó de la puerta y caminó hacia la ventana, apartando un poco la cortina para mirar afuera.

—Siento que aquí todos esconden algo —susurró—. Hasta tú.

Isabela se acercó, manteniendo la distancia justa para que nadie desde afuera pudiera verlas juntas.

—¿Tú también desconfías de mí? —preguntó, sin cambiar el tono.

Elena soltó una risa seca.

—No sería tu amiga si no lo hiciera. Pero al menos yo no quiero verte muerta.

El comentario quedó flotando un segundo. Isabela miró sus manos; notó que le temblaban apenas, así que las cruzó detrás de la espalda.

—¿Tienes noticias de afuera? ¿Alguien te ha contactado? —preguntó, cambiando el tema.

—Nada desde ayer. —Elena negó despacio—. Y no me gusta. Si la familia Cruz está moviendo piezas, no nos van a avisar a tiempo.

Isabela volvió a sentir esa presión en el pecho, mezcla de miedo y rabia. Se acercó más a Elena y susurró:

—Santiago sabe algo. No sé qué, pero lo noto en su forma de mirarme. Como si estuviera esperando que yo dé el primer paso...

Elena levantó una ceja.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé —admitió Isabela—. Antes era sencillo: entras, cumples el objetivo, sales viva. Ahora todo parece un laberinto. Y si Marcos cayó, cualquiera puede ser el próximo.

Elena se encogió de hombros.

—¿Te arrepientes?

Isabela la miró, sorprendida por la pregunta. No contestó de inmediato. Elena aprovechó el silencio y se acercó, bajando la voz aún más.

—Si dudas, te van a matar. Aquí no hay lugar para errores, Isa. —Sacó un papel doblado del bolsillo y se lo entregó—. Encontré esto debajo de la puerta de mi cuarto. No es de los nuestros.

Isabela tomó el papel. Lo abrió con cuidado, esperando una amenaza, una advertencia. Era una sola frase, escrita con letra apurada: "El juego es más grande de lo que crees. No confíes en nadie."

La sangre le heló un segundo. Miró a Elena.

—¿Quién lo dejó?

—No lo sé. Pero creo que Santiago está usando a todos como piezas. Hasta a ti.

Isabela arrugó el papel y lo metió en el bolsillo de su pantalón. Caminó hasta la puerta, la abrió apenas para espiar el pasillo.

No había nadie. La mansión estaba inquietantemente silenciosa, como si todos contuvieran el aliento esperando el siguiente golpe.

—¿Te has fijado en Diego? —preguntó Elena.

—Sí. Me sigue, me observa. No confía en mí ni un segundo. —Isabela cerró la puerta y volvió junto a Elena—. Pero tampoco parece confiar del todo en Santiago.

—Eso puede ser útil —dijo Elena—. Si Diego duda, podrías usarlo para saber qué planea Santiago.

Isabela negó con la cabeza.

—No es tan fácil. Aquí una palabra mal puesta y terminas en el sótano, como Marcos.

Elena hizo una mueca de asco.

—¿Vas a seguir con el plan?

Isabela no respondió enseguida. Se sentó al borde de la cama y observó el techo, buscando respuestas que no llegaban.

—No lo sé —dijo al fin—. Cada vez que creo que tengo el control, Santiago cambia las reglas. Y ahora, con este aviso, todo puede irse al carajo en cualquier momento.

Elena se sentó a su lado. El colchón hundido las obligó a acercarse más de lo que querían.

—Isa, si quieres salir viva, tienes que decidir rápido. O confías en mí, o te enfrentas sola a Santiago. Pero no puedes quedarte en medio.

Isabela bajó la mirada. El cuchillo seguía sobre la cómoda, brillando entre la ropa. No era suficiente para protegerse de todos los peligros, pero era lo único seguro que tenía.

—¿Y si todo esto es una trampa? —preguntó—. ¿Y si Santiago ya sabe lo que planeo?

Elena apretó la mandíbula.

—Entonces necesitas un plan nuevo. Uno solo tuyo. Y rápido.

Un golpe seco en la puerta las hizo saltar.

—¿Señora Isabela? —era la voz de una empleada, nerviosa—. El señor Santiago pide verla en la biblioteca. Ahora.

Isabela miró a Elena, tratando de leer algo en sus ojos. Solo encontró preocupación y cansancio. Se levantó, respiró hondo y recogió el cuchillo, escondiéndolo en la manga.

—No te mueras todavía —murmuró Elena, medio en broma, medio en serio.

—No pienso darle ese gusto —respondió Isabela, saliendo de la habitación.

Cruzó el pasillo con el corazón latiendo fuerte, cada paso una pregunta. ¿Vale la pena seguir con el plan o buscar otro camino?

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