Capítulo 8 · ~5 min
Traición inesperada
Santiago estaba en su despacho, con la puerta cerrada y los papeles de la familia regados sobre el escritorio. Tenía una copa de whisky en la mano y el sobre con información sobre Isabela todavía intacto, guardado en el cajón. No había podido dormir. Cada vez que lo intentaba, la imagen de Isabela, fría e impredecible, le cortaba el sueño.
Diego entró sin tocar, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa. Traía en la mano su teléfono, apretado como si fuera un arma.
—Tenemos un problema —dijo Diego, sin rodeos.
Santiago levantó la mirada, cansado y molesto.
—¿Otro? No me digas que es sobre Isabela otra vez.
Diego negó con la cabeza, pero se acercó más, bajando la voz.
—No. Esto es peor. Encontré mensajes encriptados en el sistema de seguridad. Alguien de los nuestros se está comunicando con la familia Cruz.
Santiago se quedó en silencio unos segundos. El hielo de la copa tintineó cuando la dejó sobre el escritorio.
—¿Sabes quién es?
Diego dudó, pero encendió el teléfono y le mostró la pantalla. Había nombres, códigos, conversaciones a medias. Santiago leyó rápido.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Quería estar seguro. No quería acusar sin pruebas —dijo Diego, cruzando los brazos—. Pero ahora las tengo. El traidor es Marcos. El jefe de seguridad.
Santiago apoyó los codos en el escritorio. Sentía el sudor frío en la nuca. Marcos llevaba años en la familia. Lo había visto crecer.
—¿Marcos? ¿Estás seguro?
—Sí. Las transferencias, los mensajes, todo coincide. Está pasando información a los Cruz desde hace meses. Sobre ti, sobre Isabela. Sobre los movimientos de todos.
Santiago apretó la mandíbula. El despacho se sentía más pequeño, como si las paredes fueran a cerrarse encima.
—¿Alguien más sabe esto?
—Solo yo. No quería armar escándalo hasta hablar contigo. Pero si Marcos sospecha que lo descubrimos, puede hacer una locura.
Santiago se levantó de la silla. Caminó hasta la ventana, tratando de ordenar las ideas. Afuera, los jardines estaban vacíos, pero sentía que cualquier sombra podía esconder un enemigo.
—¿Dónde está Marcos ahora?
—Dijo que iba a revisar las cámaras del sótano. Pero lleva más de una hora allá abajo. No responde el radio.
Santiago volvió a mirar el sobre en el cajón. Por un momento pensó en abrirlo, usarlo contra Isabela. Pero algo le decía que el verdadero peligro estaba más cerca de lo que imaginaba.
—Vamos a buscarlo —ordenó, directo.
Bajaron juntos por las escaleras traseras, sin hacer ruido. Diego iba delante, con la mano cerca de la pistola. Santiago lo seguía, atento a cualquier movimiento extraño. El aire en el sótano olía a humedad y a cables quemados. La luz era débil. Se escuchaba el zumbido de los monitores encendidos.
Al llegar a la sala de cámaras, vieron la silla vacía. Los monitores mostraban imágenes de la mansión, pero en una de las pantallas, la cámara del jardín estaba apagada. Había manchas de sangre en el piso, pequeñas, como gotas recientes.
Diego revisó el panel de control, nervioso.
—Esto no me gusta. Marcos nunca deja su puesto así.
Santiago caminó hasta la puerta del cuarto eléctrico. El picaporte estaba manchado de algo oscuro. Empujó con fuerza. Dentro, encontraron a Marcos sentado en el suelo, respirando con dificultad. Tenía una herida en el costado y la camisa ensangrentada. A su lado, un teléfono roto y una memoria USB.
—¿Qué demonios pasó aquí? —preguntó Santiago, arrodillándose junto a él.
Marcos lo miró, los ojos llenos de miedo y rabia.
—Me descubrieron... Cruzaron la línea, jefe. Los Cruz ya están aquí... No confíe en nadie...
La voz de Marcos se apagó. Diego se inclinó y revisó el pulso. Negó en silencio. Santiago respiró hondo. La traición estaba ahí, latiendo en la sangre del suelo.
Diego recogió la memoria USB con cuidado.
—¿Y ahora qué? Si los Cruz ya entraron, todos estamos en la mira. Incluso Isabela.
Santiago tomó el teléfono roto de Marcos. Estaba bloqueado, pero sabía que sus técnicos podrían sacar algo de ahí. Miró a Diego.
—Nadie sale de la mansión. Nadie entra. Quiero que revises a todos, uno por uno. Hasta la señora de la cocina. Y quiero a Elena vigilada, sin que se dé cuenta.
Diego asintió, serio.
—¿Y con Isabela? ¿Le vas a contar lo de la traición?
Santiago dudó un segundo. Pensó en la mirada de Isabela, siempre alerta, siempre distante. Sabía que ella jugaba su propio juego, pero esto podía cambiarlo todo.
—No. No todavía. Si quiere sobrevivir, que lo descubra por sí sola. Así sabré si puedo confiar en ella o no.
Diego se marchó a toda prisa, dejando a Santiago solo con el cadáver de Marcos. Santiago revisó la memoria USB y el teléfono una vez más. Sabía que la información podría ser la clave para descubrir si había más traidores.
De repente, escuchó pasos en el pasillo. Santiago escondió la memoria y el teléfono en su chaqueta, se limpió la sangre de las manos en la camisa de Marcos y salió del cuarto. Nadie podía verlo vulnerable. No ahora.
Subió de nuevo al despacho, cerró la puerta y se sirvió otro whisky. Sus pensamientos iban y venían, rápidos y oscuros. Ahora la amenaza no solo venía de Isabela. El enemigo estaba más cerca. Tal vez dormía bajo el mismo techo.
Santiago miró el sobre en el cajón, la copa en la mano y la puerta cerrada. Sabía que debía decidir rápido en quién confiar. Afuera, la mansión parecía tranquila, pero adentro, la guerra ya había empezado.
¿Quién es el verdadero enemigo en esta batalla?