Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
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Capítulo 7 · ~6 min

Proximidad mortal

Isabela se apoyó en la baranda del balcón, mirando el jardín oscuro. El aire olía a tierra mojada y flores cortadas hace poco. Santiago apareció tras ella, los pasos ligeros pero calculados, como si no quisiera asustarla, aunque ambos sabían que era imposible confiar.

—¿Disfrutas la vista? —preguntó Santiago, deteniéndose a poco más de un metro de distancia.

—Prefiero el silencio —respondió Isabela sin mirarlo—. Es el único lujo que me queda.

Él soltó una risa suave. El sonido era tan falso como su sonrisa de recién casados en las fotos horas antes.

—No te hagas. El silencio es solo para los que no tienen nada que decir —dijo Santiago, acercándose un poco más—. Y tú, Isa, tienes mucho que callar.

Isabela giró el rostro apenas, lo suficiente para ver el reflejo de Santiago en una ventana cercana. Notó la sombra de un arma oculta bajo su saco, pero no se movió. Sabía que cualquier movimiento brusco sería como gritar que tenía miedo.

—¿Vienes a matarme o a confesar algo? —dijo ella, con el tono más frío que pudo usar.

—No soy tan básico —Santiago se apoyó junto a ella en la baranda, casi hombro con hombro—. Pero si te tranquiliza, dejé el cuchillo en la mesa de noche.

Isabela soltó un bufido, seco, casi una burla.

—¿De verdad crees que me tranquiliza? —preguntó, bajando la voz—. No eres el primero que intenta distraerme con palabras bonitas antes de apretar el gatillo.

Santiago la miró de lado, la sonrisa torcida, los ojos fijos en sus manos.

—Tampoco eres la primera que cree que puede ganarme en mi propio juego. Pero debo admitir que tienes estilo. Eso no lo esperaba.

El comentario la tomó por sorpresa. Por un segundo, Isabela bajó la guardia y él se dio cuenta.

—¿Eso es un cumplido o una advertencia? —replicó rápido, recuperando la compostura.

—Las dos cosas. —Santiago estiró la mano y tomó una copa de vino que había dejado en la baranda—. ¿Brindamos? Por la noche que aún no termina. Y porque, hasta ahora, nadie ha muerto.

Isabela dudó. Miró la copa, luego a Santiago. Tenía claro que no debía confiar. Pero no podía mostrar ni un mínimo de debilidad.

—Por el juego —aceptó, tomando la copa que él le ofrecía—. Y porque todavía no sé si quiero verte muerto o solo humillado.

—Ambas cosas me parecen interesantes —Santiago chocó suavemente su copa con la de ella—. Aunque si te soy honesto, prefiero la compañía de alguien que sabe bailar con la muerte.

La frase la hizo reír, breve, casi involuntaria. Se dio cuenta de cómo el peligro la mantenía más viva que nunca. Había algo en la forma en que Santiago la observaba, una mezcla de reto y curiosidad, que la encendía y la asustaba a la vez.

Bebió un sorbo. El vino era fuerte, apenas dulce. Sintió el calor bajando por la garganta, mezclándose con la adrenalina de estar tan cerca de su enemigo.

Santiago se giró, apoyando los codos en la baranda. Miró hacia el jardín, donde dos sombras cruzaban rápido, probablemente guardias haciendo su ronda. Isabela notó que él no apartaba la vista de los jardines, pero la atención seguía en ella.

—¿Alguna vez pensaste que acabarías aquí? —preguntó Santiago, rompiendo el silencio—. Casada, jugando a la esposa, sin saber si la próxima noche será la última.

—Nunca pensé en casarme —Isabela apretó la copa—. Pero sí pensé en sobrevivir. Y lo sigo haciendo.

Él asintió, como si entendiera algo que no necesitaba palabras.

—Sobrevivir no es vivir, Isa. Pero supongo que eso ya lo sabes.

La frase le molestó, pero no respondió. En vez de eso, dejó la copa en la baranda, a pocos centímetros de la mano de Santiago. El roce fue intencional, un pequeño gesto de poder. Él no se inmutó, solo la miró con más atención.

—Dime algo —dijo Isabela, cambiando el tema—. ¿Por qué no usaste el sobre que recibiste la noche de la boda? Sé que tienes información sobre mí. ¿A qué juegas?

Santiago levantó una ceja, divertido.

—¿Así que estabas pendiente de eso? Me gusta. No pensé que te preocuparas tanto por los detalles.

—No subestimes a una asesina —Isabela sonrió, apenas—. A veces los detalles salvan la vida.

Santiago se acercó medio paso, acortando la distancia. Ahora podía sentir su respiración, tranquila, calculadora.

—No lo abrí porque prefiero verte actuar —dijo él, bajando la voz—. La información es útil, pero el instinto es mejor. Y tú tienes instinto de sobra. Me divierte ver hasta dónde llegas sin saber qué sé de ti.

Isabela sintió un escalofrío, pero no retrocedió. Había jugado con el peligro toda la vida. Pero esto era diferente. Aquí no bastaba con ganar una pelea. Aquí perder significaba terminar bajo tierra, sola y sin nombre.

—¿Nunca te cansas de fingir que todo es un juego? —preguntó, casi en susurro.

—Si dejo de fingir, pierdo —respondió Santiago, directo—. Y no me gusta perder.

Un silencio tenso se instaló entre los dos. Las luces del jardín titilaban a lo lejos, proyectando sombras largas. Ninguno rompió la mirada.

—¿Qué buscas realmente, Santiago? —preguntó Isabela, sin apartar los ojos—. ¿Poder? ¿Venganza? ¿O solo alguien que te entienda?

Él se acercó otro poco. Ahora solo un suspiro los separaba.

—Busco sobrevivir, igual que tú. Pero a veces —hizo una pausa, la mirada fija en la suya—, me pregunto si no estamos buscando lo mismo.

Isabela sintió que la línea entre enemigo y aliado se difuminaba. Santiago levantó una mano, despacio, y acomodó un mechón de su cabello detrás de la oreja. Fue un gesto íntimo, casi tierno, pero cargado de amenaza.

—No te confundas, Isa. Esto sigue siendo una guerra —susurró él—. Pero no siempre el enemigo es el que parece.

Ella lo miró, desafiante, sin ceder un centímetro.

—Tampoco el aliado.

Por un instante, sólo se escuchó el latido de la sangre en los oídos de Isabela. Santiago dio un paso atrás, la sonrisa de siempre, pero los ojos más oscuros.

—¿Puedes confiar en alguien aquí? —preguntó, dejando la pregunta en el aire mientras se alejaba, perdiéndose entre las sombras del pasillo.

Isabela se quedó sola en el balcón, con la duda retumbando en la cabeza y el peligro acechando en cada rincón.

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