Capítulo 6 · ~5 min
El juego se intensifica
Santiago se levantó de la mesa y dejó el vaso de whisky a medio terminar. Había pasado horas revisando papeles en el despacho, pero su mente no estaba en los negocios. Isabela cruzó el pasillo, silenciosa como siempre, y él sintió ese cosquilleo incómodo que aparecía cada vez que la veía. No era miedo, pero tampoco confianza. Era algo distinto, como si ambos esperaran el disparo de salida en una carrera mortal.
Abrió la puerta sin hacer ruido. Isabela ni siquiera volteó a mirarlo. Estudiaba un cuadro en la pared, con la cabeza ligeramente inclinada, como si analizara un mapa secreto. Santiago se detuvo detrás de ella, dejando espacio suficiente para que no lo sintiera como una amenaza.
—¿Buscas algo? —preguntó, con voz baja, casi casual.
Isabela giró despacio. No sonrió.—A veces los secretos están donde menos uno espera.
Santiago apoyó la espalda contra la pared. Le divertía esa seguridad, pero sabía que era una máscara.—En esta casa no hay secretos, solo trampas.
La mirada de Isabela era fría, calculadora.—Entonces habrá que aprender a saltar sin caerse.
Santiago se acercó un poco más. Quería ver hasta dónde podía presionarla sin romper el juego.—¿Y si ya caíste y no te diste cuenta?
Isabela dio un paso hacia él.—Eso lo veremos, ¿no? Aún queda mucha noche.
La tensión se cortó cuando Diego apareció en la puerta, serio como siempre. Traía el teléfono en la mano, como si esperara una señal de alarma.
—Santiago, necesito hablar contigo. Ahora.
Santiago no apartó los ojos de Isabela.—Será rápido.
Diego esperó a que Isabela saliera del despacho. Cuando la puerta se cerró, bajó la voz.—No me gusta esto. La forma en que se mueve por la casa. No es una esposa común.
Santiago soltó una risa corta.—Eso ya lo sé, Diego. No hace falta que me lo repitas.
—Recibí un mensaje anónimo. Preguntan si la vigilancia sigue. Si alguien cuida tu habitación esta noche.
Santiago fingió indiferencia, pero en su mente todo encajaba como piezas de ajedrez.—Diles que no. Que se retiren. Quiero ver hasta dónde llega.
Diego frunció el ceño.—¿Estás seguro? No es cualquier mujer. Hay algo en su mirada... No confío en ella.
Santiago cruzó los brazos.—Eso es precisamente lo que me interesa. Quiero saber de qué es capaz.
Diego dudó un segundo.—Si pasa algo, no digas que no te lo advertí.
—No lo haré. Ahora déjame solo.
Diego salió, pero lanzó una última mirada de advertencia antes de cerrar la puerta. Santiago respiró hondo y se acercó a la ventana. Desde ahí podía ver a Isabela en el jardín, caminando entre las sombras. Parecía tranquila, pero su postura era la de alguien que espera un golpe en cualquier momento.
Recordó el sobre que aún guardaba en el escritorio. No lo había abierto, y esa decisión lo tenía inquieto. Pensó en quemarlo, pero algo le decía que la información ahí dentro podría darle la ventaja en el juego.
Cogió el sobre y lo pesó en la mano. Al final lo devolvió al cajón, sin abrirlo. Solo por esta noche. Quería ver hasta dónde podía llegar con Isabela sin usar ese as bajo la manga.
Bajó las escaleras y la encontró junto a la fuente. Ella giró apenas al escucharlo, sin perder la calma.
—¿No te cansas de vigilarme? —dijo Isabela, sin una pizca de miedo en la voz.
—Solo quiero disfrutar de la compañía de mi esposa —respondió Santiago, con una sonrisa irónica.
Isabela lo miró de arriba abajo.—No pareces el tipo romántico.
—Depende de la noche —replicó él. Se sentó en el borde de la fuente, a poca distancia de ella.—¿Te gusta este lugar?
—Es lo suficientemente silencioso. Así nadie escucha si alguien grita —contestó Isabela, sin pestañear.
Santiago no pudo evitar reír.—Eso me tranquiliza. Pensé que solo yo tenía ideas desagradables.
Ella se inclinó hacia él, quedando apenas a un metro de distancia.—No me subestimes, Santiago. No vine aquí para jugar a la esposa perfecta.
—Nunca lo pensé. De hecho, me decepcionaría si lo intentaras.
Hubo un breve silencio. Santiago percibió un ligero temblor en la mano de Isabela, casi imperceptible. ¿Sería miedo, o preparación para atacar?
Isabela se apartó primero.—Buenas noches. Te sugiero que cierres bien la puerta de tu habitación.
—¿Advertencia o amenaza? —preguntó él, divertido.
—Depende de cómo lo tomes.
Se fue sin mirar atrás. Santiago la observó hasta que desapareció entre las sombras del jardín. Sabía que todo lo que hacían era parte del juego. Cada palabra, cada gesto, era un movimiento calculado.
Regresó al despacho. Diego lo esperaba afuera, de brazos cruzados.
—¿Qué vas a hacer, Santiago? —preguntó, sin rodeos.
Santiago lo miró serio.—Voy a dejar que ella haga el siguiente movimiento. Quiero ver hasta dónde puede llegar.
Diego bajó la voz.—No te confíes. Ella no es como las otras.
—Por eso está aquí.
Diego se alejó, pero la desconfianza quedó flotando en el aire. Santiago entró al despacho, cerró la puerta y apoyó la frente en el vidrio de la ventana. Sabía que esa noche podía cambiarlo todo. Sabía que cualquier error le costaría la vida.
Miró el sobre una vez más desde la distancia. Aún no era el momento de abrirlo. Quería jugar con sus propias cartas primero.
En algún lugar de la casa, oyó el leve chasquido de una puerta. Sonrió. El juego acababa de intensificarse. ¿Quién tendría la ventaja en esta partida peligrosa?