Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
  • 20 capítulos
  • 1.082 lecturas
  • Completada

+18

21

~5 min de lectura

Capítulo 5 · ~5 min

Sombras del pasado

Isabela cerró la puerta de la habitación con un chasquido seco. Afuera seguía escuchándose el eco lejano de las risas y la música de la fiesta. Se quitó los tacones, los lanzó junto a la cama y se dejó caer en la orilla, con la espalda tensa y la mirada clavada en la alfombra. No podía sacarse de la cabeza las palabras de Santiago. "El juego apenas comienza." Sentía las manos frías, pero no temblaban. Esa noche no habría descanso.

Alguien tocó la puerta dos veces, firme. Isabela no preguntó quién era. Elena entró sin esperar permiso, con la misma expresión dura que tenía cuando entrenaban juntas de niñas. Llevaba el cabello recogido en una trenza apretada y una cicatriz vieja en la ceja derecha.

—¿Ya te diste cuenta de que aquí nadie duerme tranquilo? —dijo Elena, sentándose a su lado—. Hasta los silencios huelen a pólvora.

Isabela soltó una risa corta, sin humor.

—¿A eso viniste? ¿A recordarme que puedo morir en cualquier momento?

Elena la miró de reojo, buscando una grieta en su máscara.

—No. Vine porque sé cómo es esto. Yo también viví ese miedo. ¿Te acuerdas de la vieja casa en las montañas?

Isabela asintió, sin girar la cabeza. Ese lugar olía a madera podrida y sudor frío. Allí aprendió a no confiar en nada ni en nadie. Recordó las manos de su padre obligándola a disparar por primera vez, el retroceso del arma rompiendo el silencio y el grito ahogado de la niña que fue.

—No lo olvido —susurró, bajando la mirada—. Ni a la casa ni a los que me enseñaron a matar.

Un minuto de silencio se coló entre ellas. Elena se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—Escúchame, Isa. No puedes pelear sola contra todos. Ni siquiera tú. Santiago no es tonto. Si sabe la mitad de lo que sospechamos, va a intentar quebrarte antes de que saques la daga.

Isabela apretó los labios. Se levantó y caminó hasta el tocador, donde su reflejo la observó con dureza. Tocó la cicatriz en su muñeca, la misma que Elena había curado años atrás.

—No vine aquí para rendirme, Lena. Si tengo que matarlo, lo haré. Pero esta vez es diferente. Él no es como los otros. No se asusta, no huye, no suplica. Quiere jugar conmigo.

Elena se levantó detrás de ella. Se acercó hasta quedar a un paso, bajando la voz.

—¿Y tú quieres jugar con él?

Isabela giró, con una sonrisa amarga.

—Lo que quiero es salir viva. No me importa el juego, ni él, ni lo que pase después. Pero no puedo fallar. No otra vez.

—¿Sigues pensando en lo de tu hermano?

El temblor en la voz de Elena era casi invisible, pero Isabela lo notó. Cerró los ojos y respiró hondo, forzando los recuerdos atrás. Su hermano, la única persona que intentó protegerla, había muerto por culpa de la familia Herrera. Desde entonces, la venganza fue su única razón para seguir adelante.

—No pienso en él —mintió Isabela, volviendo a mirar su reflejo—. Pienso en la promesa que hice.

Elena dejó caer una mano sobre su hombro, apretando con fuerza.

—Las promesas matan más que las balas, Isa. Si esta noche decides romperla, no te voy a juzgar. Pero no te quedes sola. Si necesitas ayuda, sólo tienes que decirlo.

Isabela se zafó con suavidad, volviendo a sentarse en la cama. Abrió el cajón de la mesita y sacó una navaja pequeña. La giró entre los dedos, sintiendo su peso familiar.

—La ayuda nunca viene gratis, Lena. Y tú lo sabes.

Elena puso los ojos en blanco.

—No soy tu enemiga. No esta vez. Pero si decides confiar en Santiago… o peor, en ti misma demasiado, te puede costar la vida.

La habitación quedó en silencio. Afuera, el bullicio de la fiesta se apagaba poco a poco, como si el peligro esperara en la oscuridad. Isabela se levantó de nuevo, caminó de un lado a otro, con pasos cortos y tensos.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó, mirando por la ventana—. Que por primera vez no sé si quiero cumplir la misión o quemarlo todo y desaparecer.

Elena se acercó, apoyándose del marco.

—Eso te hace más humana, Isa. No menos peligrosa. Pero no olvides: los Herrera nunca dejan cabos sueltos.

Isabela giró la cabeza, mostrando una media sonrisa torcida.

—Tampoco los Cruz. Por eso nadie sale vivo de este juego.

Elena recogió su bolso del sofá.

—Voy a estar despierta. Si Santiago hace un movimiento raro, te aviso. Pero prométeme algo: si ves una salida, tómala. Aunque tengas que dejarme atrás.

Isabela la miró, sin aflojar la mandíbula.

—No hago promesas que no pienso cumplir.

Elena soltó un suspiro resignado y salió, cerrando la puerta tras de sí.

Isabela guardó la navaja, se acercó a la lámpara y apagó la luz. La habitación quedó en penumbra. Se tumbó boca arriba y cerró los ojos, pero las imágenes de su infancia volvieron, una tras otra. La voz de su padre, la traición de su madre, el grito de su hermano. Todo mezclado con la sombra de Santiago, acechando en la oscuridad.

No sabía si esa noche podría dormir. Ni siquiera sabía si quería hacerlo. Afuera, la casa parecía respirar con ella, llena de secretos y trampas. Y en el fondo, una pregunta la perseguía sin descanso: ¿Podría enfrentar su pasado sin perder el presente?

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 6:05

Siguiente lectura