Capítulo 4 · ~5 min
Primer movimiento
Santiago se apoyó en la baranda del salón, con una copa de whisky en la mano, observando la recepción como si fuera un tablero de ajedrez. La música sonaba fuerte y los invitados reían, pero él solo tenía ojos para Isabela. La vio moverse entre las mesas con la misma precisión fría de la noche anterior. Cada paso de ella era un recordatorio de que, en cualquier momento, podía intentar matarlo. Pero también que él tenía el control del juego.
Isabela fingía sonreír a los invitados. Sus labios apenas se curvaban, pero nadie lo notaba. Santiago sí. Sabía leer gestos, incluso los más pequeños. Se le acercó, dejando la copa en una mesa al pasar.
—Te ves aburrida, Isa —murmuró, sin apartar la mirada de su boca.
—Me aburre la gente tonta —contestó ella, con voz baja, apenas para él.
—Perfecto, porque esta noche no hay nadie tonto aquí. Todos sabemos jugar —replicó Santiago, sonriendo de lado.
Un camarero pasó y Santiago tomó dos copas de vino. Le entregó una a Isabela, sin dejar de observar sus manos. Ella la aceptó, pero no bebió. Miró la copa como si analizara un veneno invisible.
—¿Temes que te envenene o prefieres hacerlo tú primero? —dijo Santiago, bajando aún más el tono.
Isabela giró la copa, tranquila.
—No soy tan predecible, Santi. Pero tú sí pareces disfrutar de esto —respondió, con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos.
La tensión se podía cortar. Santiago levantó la copa y bebió primero. Isabela lo imitó, por pura provocación. El vino sabía ácido, pero Santiago no apartó la vista de ella ni un segundo.
Al fondo, los invitados brindaban por la pareja. Santiago levantó la mano y sonrió a todos, fingiendo la felicidad de un recién casado. Isabela hizo lo mismo, pero sus dedos se tensaron en el tallo de la copa.
Cuando los aplausos terminaron, Santiago se inclinó hacia ella.
—¿Quieres bailar o prefieres seguir planeando tu jugada? —preguntó, cerca de su oído.
—Una cosa no excluye la otra —contestó Isabela, aceptando su mano.
En la pista, Santiago la tomó por la cintura. Notó la rigidez de Isabela, pero ella no se apartó. La música era lenta y los flashes de las cámaras los rodeaban. Santiago bajó la voz.
—Tu amiga Elena no ha dejado de mirarnos. ¿Te preocupa que la descubran?
Isabela no respondió de inmediato. Sus ojos buscaron a Elena entre la gente. Santiago aprovechó para apretar un poco más su mano.
—Aquí todos guardan secretos, Isa. Pero no todos sobreviven para contarlos —susurró Santiago.
Ella giró la cabeza y lo miró fijo.
—Tienes razón. Pero algunos secretos matan más rápido que un veneno —dijo, rozando apenas su mejilla.
Santiago sintió el filo de la amenaza y la chispa de algo más. La soltó cuando la música terminó, pero no la dejó ir muy lejos. Se acercó al oído de Isabela antes de separarse.
—Esta noche empieza el juego de verdad. Espero que estés lista.
Ella no contestó. Se alejó, mezclándose entre los invitados, pero Santiago la siguió con la mirada. Sabía que su primer movimiento no había sido suficiente para sacarla de control, pero había sembrado la duda.
Decidió moverse entre la gente, observando las miradas furtivas y los cuchicheos. Un par de hombres de la familia Cruz se acercaron para felicitarlo. Santiago respondió con cortesía, pero su atención estaba en Isabela. La vio charlar con una tía suya, fingiendo interés. Notó cómo Isabela tomaba otro vaso, pero apenas lo mojaba con los labios.
Se acercó de nuevo, interrumpiendo la conversación.
—¿Me prestan a la novia un momento? —preguntó a la tía, con una sonrisa falsa.
Isabela lo siguió a una esquina del salón, lejos de oídos curiosos. Santiago se apoyó contra la pared, cruzando los brazos.
—¿Ya decidiste cómo vas a intentarlo? —preguntó, sin rodeos.
Isabela lo miró de arriba abajo.
—¿Y tú? ¿Vas a esconderte toda la noche detrás de tus hombres?
Santiago rió, bajo.
—No necesito esconderme. Pero tú sí deberías empezar a preocuparte. No todos aquí quieren que sobrevivas a la luna de miel.
Ella lo miró, fría.
—Eso no es noticia, Santi. Pero me gusta saber a quién le debo la próxima puñalada —dijo, casi divertida.
—Tal vez la recibas cuando menos lo esperes —contestó Santiago.
Él vio cómo Isabela apretó la mandíbula. Por primera vez, creyó ver una grieta en su control. Decidió presionar un poco más.
—¿Sabes que Diego te está vigilando? No confía en ti. Yo tampoco debería, ¿verdad?
Isabela suspiró, cansada.
—No pierdas tiempo con celos infantiles. Si Diego quiere matarme, que lo intente. Pero yo vine aquí por ti, no por él.
Santiago sonrió. Había conseguido lo que quería: una reacción.
—Entonces quédate cerca esta noche, Isa. De lejos, todo es más peligroso.
Ella se alejó sin decir nada más, perdiéndose entre la multitud. Santiago la observó hasta que la perdió de vista. Llevó la mano al bolsillo interior del saco, donde guardaba un sobre con información recién llegada. Sabía que ese sobre contenía un secreto sobre Isabela, uno que podía cambiar el juego en cualquier momento.
No lo abriría todavía. El verdadero momento llegaría pronto. Mientras tanto, Santiago decidió quedarse en la fiesta y vigilar cada movimiento de Isabela. La pregunta era si ese secreto sería suficiente para ganar.
La noche seguía, y el juego apenas comenzaba.