Historia Abierta
Portada de Pacto de Sangre y Plomo
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Capítulo 3 · ~5 min

Pacto sellado con sangre

Isabela cerró la puerta de la habitación con cuidado. No era su espacio, pero ya no era ajena a la tensión que flotaba en la mansión desde su llegada. Se sentó en la orilla de la cama y revisó el pequeño bolso donde guardaba lo esencial: una navaja fina, su celular y una nota doblada de Elena.

Todavía tenía la mano en la navaja cuando alguien golpeó la puerta. Se irguió, la soltó en el bolso y fue a abrir. Elena entró rápido, con el ceño fruncido y el cabello recogido mal, como si hubiera corrido por los pasillos.

—¿Ya te dijo algo el jefe? —preguntó Elena, bajando la voz como si las paredes escucharan.

Isabela asintió, cerrando la puerta con seguro.

—Sabe todo. No solo sospecha. Lo dijo claro: quiere jugar a ver quién muere primero.

Elena apretó los labios. Caminó dos pasos y miró la ventana, como si esperara ver un francotirador entre las sombras.

—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer? —apretó los puños, más tensa que nunca.

Isabela se encogió de hombros. No iba a mostrar miedo, aunque lo sentía en la boca del estómago.

—A jugar, Lena. No hay opción.

Elena se giró. Tenía los ojos rojos de rabia contenida.

—Si te mata, no lo voy a perdonar nunca. Lo sabes, ¿no?

—No me va a matar tan fácil. —Isabela se acercó y le dio un apretón rápido en el brazo—. Pero si no regreso, tú sabes qué hacer.

Elena asintió, casi sin mirarla.

—No te pongas heroica. Si ves una puerta, sal de ahí.

—Ya lo sé. Pero yo vine a esto. —Isabela miró de reojo el reloj en la pared. La boda ya había terminado. Todos esperaban afuera, bebiendo, riendo, ignorando la guerra silenciosa entre los recién casados.

Elena se acercó más, bajó la voz.

—Santiago no es como los demás. No subestimes ese tipo. Tiene ojos en todas partes. Si notas algo raro, dime. Yo puedo moverme por la casa sin que sospechen.

Isabela asintió. Había confiado en Elena desde que eran niñas, cuando aprendieron a pelear en el patio trasero. Pero ahora, cualquier error podía costarles la vida.

—Solo mantente cerca. Y no te metas si no es necesario.

Elena soltó una risa seca, casi sin fuerza.

—Siempre me dices eso y siempre termino metida hasta el cuello.

—Promete que esta vez vas a escucharme.

Elena levantó la mano, cruzando dos dedos.

—Lo prometo. Pero tú prométeme que vas a salir viva de esto.

Isabela no respondió. Sabía que prometer algo así era mentirle a su única amiga. Cuando Elena salió, Isabela se quedó quieta, repasando cada palabra, cada detalle de la conversación con Santiago. Él había hablado con una calma retorcida, como si disfrutara el riesgo. Isabela entendió que el juego ya había empezado desde antes que se dieran cuenta.

Se miró en el espejo del tocador. El vestido blanco, manchado ya en el borde por el polvo de los pasillos, parecía una burla. Una asesina vestida de novia, lista para matar o morir.

Escuchó ruido en el pasillo. Santiago apareció en la puerta, sin golpear. Llevaba la chaqueta colgada en un brazo y sonreía sin ganas.

—¿Lista para la fiesta privada? —preguntó, apoyándose en el marco.

Isabela le sostuvo la mirada.

—Pensé que esto era más bien un velorio.

Santiago rió, seco.

—Tienes buen sentido del humor, Isa. Eso va a hacer esto más interesante.

Se acercó, lento. Isabela no se movió. Él dejó la chaqueta en la silla y se sirvió un trago del minibar. Se lo ofreció, pero ella negó con la cabeza.

—¿No confías en mi licor? —dijo, jugando con el vaso.

—No confío en nada que venga de ti —respondió Isabela, clara.

Santiago bebió, sin apartar los ojos de ella. Tenía ese aire de jefe que nunca baja la guardia.

—Me gusta. Así debe ser. Si quieres, podemos poner reglas. O podemos dejar que el caos decida.

Isabela cruzó los brazos. No iba a entrar en su juego tan fácil.

—Las reglas nunca favorecen al que las acepta primero. ¿Tú ya pensaste en alguna?

Santiago sonrió, casi con ternura falsa.

—La única regla es que solo uno sale de aquí mañana. El resto es puro teatro.

Dio un paso más cerca. Isabela alcanzó a oler el perfume caro y el whisky. No sintió miedo, solo un aviso interno: peligro, peligro.

—¿Y si decido matarte ahora mismo? —preguntó Isabela, sin bajar la voz.

Santiago levantó el vaso, como brindando.

—Sería un final muy aburrido. Prefiero que al menos lo intentes después de la primera copa.

Ella soltó una risa seca.

—No suelo repetir copas con el enemigo.

Santiago la miró, serio de repente.

—No eres la única con secretos, Isa. Pero si quieres sobrevivir aquí, vas a tener que bailar conmigo hasta el final.

Hubo un silencio tenso. Isabela sintió el filo de su navaja, invisible bajo la falda. Santiago la retó con la mirada, seguro de sí. El pacto no estaba escrito, pero era tan real como la sangre que ambos estaban dispuestos a derramar.

—Hasta mañana, entonces —dijo Santiago, con una sonrisa torcida.

Cerró la puerta tras de sí. Isabela se quedó de pie, respirando hondo. Afuera, la fiesta continuaba. Adentro, el pacto de sangre y plomo acababa de sellarse. Se preguntó si podría cumplir su misión sin caer en la red de Santiago, o si el juego ya la había atrapado sin remedio.

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