Capítulo 2 · ~5 min
El anuncio del juego
Santiago bajó las escaleras con paso firme. El eco de sus zapatos llenaba el pasillo y le recordaba que, aunque la mansión fuera grande, esa noche todo el espacio se sentía pequeño. Isabela ya lo esperaba sentada en el sofá de la sala principal, con las piernas cruzadas y la mirada fija en la chimenea apagada. No se movió ni un centímetro al verlo entrar.
Santiago se apoyó en el respaldo de un sillón, a dos metros de ella. Sus ojos se encontraron. Ninguno pestañeó. Él sonrió apenas, como si la situación fuera una broma privada.
—¿Dormiste bien, Isabela? —preguntó, usando un tono casual que no encajaba con su gesto frío.
—No vine a dormir —respondió ella, sin apartar la vista. Sus dedos tamborilearon sobre la rodilla, ni rápido ni lento, solo una señal de alerta constante.
—Eso pensé. —Él apartó la vista y observó la bandeja de plata con copas vacías sobre la mesa de centro—. Supongo que sabes por qué estamos aquí.
Isabela no contestó. Santiago se acercó, tomó una copa y la giró entre los dedos. El silencio se alargó unos segundos. Apenas la tensión se sentía en el aire, como si ambos esperaran que el otro diera el primer golpe.
—No vamos a fingir —dijo él por fin—. Sé quién eres. Y sé para qué te mandaron.
Isabela sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era afilada, casi peligrosa.
—¿Seguro que sabes todo, Santiago? —Ahora fue ella quien usó su nombre como un reto.
Él se inclinó hacia ella, bajando la voz lo justo para que nadie más pudiera oír, aunque no había testigos.
—Sé que eres una asesina. —Hizo una pausa y la miró con atención—. Y que tu familia te entrenó para matarme esta misma noche.
El silencio se hizo más pesado. Isabela se acomodó en el sofá, como si no le importara el peligro. Santiago se preguntó si realmente estaba tan tranquila o si solo era buena actuando.
—Parece que tienes claro tu papel —dijo ella—. ¿Y ahora qué sigue? ¿Vas a matarme tú primero?
Santiago dejó la copa en la mesa. Su mano no temblaba. Se sentó frente a ella, tan cerca que podía oler el perfume suave que llevaba.
—No sería divertido. Prefiero que juguemos. —Levantó una ceja, como si estuviera invitando a una apuesta—. Un juego para saber quién sobrevive. Nada de reglas limpias. Solo nosotros, la noche y un pacto.
Isabela lo miró de arriba abajo, como si midiera el tamaño de la amenaza.
—¿Un juego? Creí que los hombres como tú no jugaban con su vida.
—Eso es lo que todos creen —contestó Santiago—. Pero yo nunca hago lo que esperan de mí.
La sala se mantuvo en silencio. Por la ventana, la noche seguía afuera, ajena a la tensión que los envolvía. Santiago vio cómo Isabela afilaba la mirada, casi divertida, casi furiosa.
—¿Y si decido no aceptar? —preguntó ella, cruzando los brazos.
Santiago se inclinó hacia adelante, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Eso solo haría todo más fácil para mí. Pero sé que no eres de las que renuncian tan rápido.
Isabela soltó una risa corta.
—No me conoces tanto como crees.
—Tal vez no —admitió él—. Por eso quiero darte una oportunidad. Demuestra que mereces estar sentada ahí mañana, después de la boda. O inténtalo, al menos.
Ella se levantó despacio, sin perder el control. Dio dos pasos y quedó justo frente a Santiago. No había distancia entre ellos, solo el filo invisible de la amenaza.
—¿Y si mañana uno de los dos no despierta? —susurró Isabela.
—Entonces el juego habrá terminado —respondió él sin dudar.
Santiago notó la sombra de una sonrisa en los labios de Isabela. Ella giró y caminó hacia la puerta, con la cabeza en alto. Él no la detuvo. Solo la siguió con la mirada, atento a cada movimiento, como si fuera una pieza de ajedrez a punto de atacar.
Cuando la puerta se cerró, Santiago soltó el aire que había contenido. Se levantó y caminó hasta la ventana. Desde ahí, vio el patio iluminado por faroles y a dos guardias de su confianza haciendo la ronda. No confiaba en ellos más de lo necesario, pero esa noche todos serían piezas en su juego. Revisó su reloj. Faltaban pocas horas para la boda y, con ella, la verdadera partida.
Se sirvió un trago corto de whisky y lo bebió de un solo sorbo. El ardor en la garganta le recordó que seguía vivo, aunque el peligro estuviera a un metro, con vestido de novia y sonrisa de asesina.
Dejó el vaso en la repisa y abrió el cajón de un mueble antiguo. Sacó una pequeña caja de madera. Dentro, una navaja de hoja corta y reluciente. Era un recuerdo de su hermano muerto, el único objeto que no había entregado a la familia. La sostuvo unos segundos, pensando en todo lo que había perdido. Luego la guardó de nuevo. No podía darse el lujo de la nostalgia.
Subió las escaleras hacia su habitación, pero a mitad de camino se detuvo. La voz de Isabela aún flotaba en su mente: "¿Y si mañana uno de los dos no despierta?". Santiago sonrió por primera vez en la noche, una sonrisa torcida y peligrosa.
Sabía que el juego que proponía sería mortal para cualquiera que dudara. Pero él no pensaba dudar. Quería verla moverse, atacar, defenderse. Quería descubrir hasta dónde llegaría por sobrevivir. Y, en el fondo, le intrigaba saber si ella aceptaría el reto o buscaría otra salida. Esa era la única pregunta que importaba ahora.