Capítulo 4 · ~5 min
Clientes en juego
Isabela apretó la carpeta del caso Martínez mientras cruzaba el pasillo central del bufete. Vio a Andrés junto a la máquina de café, sonriendo como si nada le preocupara. Se detuvo y respiró hondo. Hoy tenían la reunión con el cliente más grande que podían conseguir ese trimestre: Álvaro Serrano, dueño de una cadena de hoteles. La competencia entre ellos nunca había estado tan clara.
Andrés se acercó con su vaso de café y esa seguridad que a Isabela le sacaba canas.
—¿Lista para perder? —preguntó, alzando una ceja.
—No vine a jugar, Andrés. El cliente es lo único que importa —respondió ella, manteniendo la voz baja.
—Pues ponle ganas, porque Serrano no se impresiona fácil. Y yo ya tengo algo preparado —dijo él, mostrando una sonrisa confiada.
Isabela no contestó. Caminó directo a la sala de reuniones. Por el vidrio, vio que Serrano ya estaba sentado. Traje oscuro, reloj caro, expresión seria. Tomó asiento frente a él, mientras Andrés ocupaba la silla al costado.
Serrano los miró a los dos.
—Quiero una estrategia clara. El primero que me convenza se queda con mi caso —dijo, directo.
Isabela abrió su carpeta. Andrés la interrumpió antes de que pudiera empezar.
—Señor Serrano, le propongo algo distinto. Olvide lo que ha escuchado de otros abogados. Nosotros podemos proteger su cadena de hoteles frente a cualquier demanda laboral, pero también optimizar sus contratos con proveedores. Tengo contactos en el sector que pueden ayudar —dijo, sonando seguro.
Isabela apretó los dientes. No podía perder tiempo. Abrió su carpeta y deslizó un documento hacia Serrano.
—Aquí tiene un resumen de riesgos y soluciones puntuales para los próximos seis meses. He revisado cada contrato con sus empleados y detecté tres cláusulas que pueden causarle problemas. Si quiere evitar demandas, debe corregirlas ya mismo. Se lo explico sin rodeos ni tecnicismos.
Serrano hojeó el papel. Andrés lo miró de reojo, cruzando los brazos.
—Me gusta la sinceridad —dijo Serrano, sin cambiar el gesto—. Pero también quiero resultados, no solo advertencias.
—Por eso le ofrezco una auditoría interna, sin costo para usted. Así sabrá dónde puede mejorar —respondió Isabela, firme.
Andrés no se quedó atrás.
—Y yo puedo conseguirle mejores condiciones en la negociación con sus proveedores. Menos gastos, más utilidad.
Serrano los miró, meditando. Nadie habló por unos segundos. El silencio se volvió pesado.
Finalmente, Serrano dejó los papeles sobre la mesa.
—Los dos tienen buenas propuestas. Pero solo trabajo con alguien en quien confío. ¿Por qué debería confiar en ustedes?
Isabela lo miró directo a los ojos.
—Porque no le voy a decir solo lo que quiere oír. Mi trabajo es protegerlo, aunque eso implique señalar errores incómodos. Prefiero perder un cliente a mentirle.
Andrés sonrió y apoyó las manos sobre la mesa.
—Yo conozco su sector, señor Serrano. No le haré perder tiempo en detalles. Si me da la oportunidad, le demuestro resultados en una semana.
Serrano asintió, pero no sonrió. Guardó los papeles y se levantó.
—Lo decidiré esta tarde. Uno de ustedes me llamará para presentar un plan concreto. Quiero números, no promesas.
Se fue sin despedirse. El portazo resonó en la sala. Quedaron solos.
Isabela recogió sus documentos y miró a Andrés, molesta.
—No vuelvas a interrumpirme frente a un cliente —dijo, manteniendo la voz baja pero firme.
—Solo aproveché el momento. Así es esto, Isa. El que duda, pierde.
Isabela guardó sus cosas y salió de la sala antes de que pudiera decir algo más. Cruzó el pasillo apurada, fue directo a su cubículo y encendió la computadora. Necesitaba preparar el plan que Serrano pidió. Revisó los contratos, hizo cálculos rápidos y redactó una propuesta con cifras claras.
Mientras tanto, Andrés pasó por detrás, hablando por teléfono.
—Sí, ingeniero. Necesito el reporte de proveedores de Serrano. Hoy mismo. Es urgente —dijo, con tono autoritario.
Isabela lo escuchó y se preguntó hasta dónde estaría dispuesto a llegar con tal de ganar. Abrió el chat interno del bufete y le escribió a Julián, su amigo:
—¿Puedes revisar si Andrés está pidiendo información confidencial de Serrano?
Julián respondió al minuto:
—Sí, pero él también tiene acceso. No es ilegal, solo poco ético.
Isabela suspiró. El tiempo corría. Terminó su propuesta y la imprimió. Justo cuando iba a salir al pasillo, Andrés la interceptó.
—¿Listo tu plan? —preguntó con una sonrisa burlona.
—Por supuesto. ¿Y el tuyo?
—Vas a verlo. Que gane el mejor, Isa.
Ambos caminaron hacia la oficina del socio fundador. Afuera, Serrano esperaba junto a uno de los socios. Andrés alzó los papeles y tocó la puerta.
—Primero las damas —dijo, cediendo el paso con una mueca.
Isabela entró. Puso su propuesta sobre la mesa y habló sin titubear.
—Aquí tiene el plan solicitado. Cifras claras, pasos concretos. Si quiere resultados, esta es la ruta.
Serrano tomó el papel y lo leyó en silencio. Andrés dejó su propuesta al lado sin decir palabra. El socio fundador los observó a ambos.
—Uno de ustedes será el responsable de este cliente. No hay margen de error —dijo, serio.
Serrano miró a Isabela y luego a Andrés.
—Les llamo en una hora. Espero que estén listos para lo que venga —dijo, saliendo de la oficina sin mirar atrás.
Isabela y Andrés se quedaron de pie. Por primera vez, ninguno sonrió. Sabían que el siguiente movimiento podía cambiarlo todo.