Historia Abierta
Portada de Cuenta Regresiva al Olvido
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Capítulo 29 · ~6 min

Renovando votos

Andrés llegó al local con las llaves apretadas en la mano. El sonido del metal contra la cerradura lo hizo dudar un segundo, pero entró. Lucía ya estaba dentro, de espaldas, acomodando bandejas en el mostrador. Ella lo notó al sentir la puerta y giró apenas la cabeza.

—Viniste temprano —dijo Lucía, su tono ni frío ni cálido.

Andrés dejó la mochila en el rincón y se acercó al mostrador. No sabía dónde poner las manos. Miró a Lucía, que seguía moviendo bollos de un lado a otro, concentrada.

—¿Te ayudo con algo? —preguntó, buscando romper la distancia.

—Pon los bollos en la vitrina, por favor. Yo termino con los pasteles —respondió Lucía, pasándole la bandeja. Sus dedos se rozaron apenas.

Andrés colocó los bollos en fila, uno a uno, callado. El olor a pan fresco llenaba el local. Lucía trabajaba deprisa, como si su energía viniera de una urgencia invisible para él. Él la observaba de reojo, atento a cada movimiento, a cada señal que le permitiera acercarse un poco más sin asustarla.

Cuando terminaron, Lucía apoyó los codos en el mostrador. Miró a Andrés, con duda en los ojos.

—¿Ya sabes qué vas a hacer mañana? —preguntó en voz baja.

Andrés dejó la bandeja en la mesa y respiró hondo.

—No quiero perderte. No quiero ese final, Lucía. Pero tampoco quiero presionarte. Si decides que hasta aquí llegamos, lo acepto. Me va a doler, pero lo respeto.

Lucía bajó un poco los hombros. Se quedó mirando el mostrador, como buscando respuestas entre los rayones de la madera.

—Todo este tiempo pensé que nunca iba a poder confiar en ti de nuevo —murmuró—. Me da miedo volver a empezar y que pase lo mismo.

—Sé que fallé. No quiero volver a esconderme ni a callarme cuando algo me duela. Prometo decírtelo, aunque me cueste. Quiero que confíes en mí, pero si no puedes, entiendo que necesites tiempo —dijo Andrés, con la voz quebrada.

Lucía lo miró un momento. Había cansancio en su mirada, pero también una esperanza pequeña que no se atrevía a mostrarse del todo.

—¿Y si nos equivocamos otra vez? —preguntó ella, el susurro apenas audible.

Andrés apoyó los nudillos en el mostrador, acercándose un poco.

—Nos vamos a equivocar, seguro. Pero esta vez, no me voy a ir ni a callar. Si algo va mal, lo hablaremos. No quiero que el orgullo nos cierre la puerta otra vez.

El sonido de la cafetera rompió la tensión. Lucía fue a atender a una clienta que pedía dos panes y un café. Andrés la observó mientras sonreía a la señora, mientras sus ojos volvían una y otra vez a mirarlo, como buscando una señal de que podía confiar en ese nuevo intento.

Cuando la clienta se fue, Andrés se armó de valor.

—Lucía, tengo algo que decirte antes de que llegue más gente.

Ella se acercó, con la servilleta en las manos.

—Dime.

—Te amo. No sé si eso alcanza, tampoco sé si alguna vez fui bueno diciéndolo. Pero es la verdad. Si decides que lo nuestro termina mañana, lo aceptaré. Pero si todavía hay una posibilidad, quiero quedarme. Quiero luchar por nosotros.

Lucía apretó la servilleta hasta arrugarla. Sus labios temblaron un momento, luego levantó la vista.

—Yo también te amo, Andrés. Pero necesito confiar que no voy a quedarme sola cuando haya problemas. No quiero volver a ese lugar.

—No voy a dejarte sola —dijo Andrés, firme—. Si fallo, quiero que me lo digas. No te vayas sin hablarlo, por favor.

Lucía asintió en silencio. El bullicio de la calle se filtraba, pero en el local solo se escuchaban sus respiraciones nerviosas. Un trueno lejano hizo vibrar el cristal de la ventana. Lucía sonrió apenas.

—¿Te acuerdas de la primera vez que montamos el local? —dijo Lucía, con una risa tímida—. Ni sabíamos usar la caja registradora.

Andrés rió, relajando los hombros.

—Y tampoco sabíamos cómo estar juntos sin pelear por tonterías.

—Tal vez ahora sí —respondió ella, más seria—. Pero hay que hacerlo diferente. Nada de secretos, Andrés. Nada de alejarnos cuando algo molesta.

Él se colocó frente a ella. Dudó, pero al final extendió la mano sobre el mostrador. Lucía colocó la suya encima, con un temblor leve.

—Prometo decirte lo que siento, aunque me equivoque. Si te fallo, no quiero que lo adivines. Dímelo. Dame la oportunidad de arreglarlo.

—Prometo intentarlo —dijo Lucía—. Si me pierdo, voy a decírtelo. No quiero que te vayas sin saberlo.

Un grupo de tres personas entró pidiendo pan dulce. Lucía soltó la mano de Andrés y ambos atendieron a los clientes, despachando pan y café en silencio, pero con miradas cortas y cómplices. La tensión del momento no desapareció, pero sí cambió de forma.

Cuando volvieron a quedarse solos, Andrés sacó una hoja doblada de su bolsillo.

—Anoche escribí esto —dijo—. No sé si sirve, pero quería leértelo.

Lucía arqueó las cejas, curiosa.

—A ver.

Andrés leyó, con la voz temblorosa:

—Prometo decirte la verdad, aunque sea difícil. Prometo escucharte y no huir si algo me duele. Prometo no dejar que mi orgullo gane otra vez. Si te equivocas, te ayudo a levantarte. Y, sobre todo, prometo amarte sin miedo.

Lucía tomó la hoja, la leyó en silencio y la dobló con mucho cuidado. Guardó el papel en el bolsillo de su delantal.

—No tengo nada escrito, pero quiero decirte mi voto —dijo Lucía—. Prometo intentarlo sin miedo. Si me asusto, te lo voy a decir. No quiero cerrarme ni dejar que el miedo decida por mí. Quiero aprender a confiar en nosotros, poco a poco.

Andrés sintió alivio y una presión en el pecho al mismo tiempo. Por fin, después de tantas dudas, sentía que podía volver a empezar.

Lucía le sonrió, insegura, pero sincera.

—No sé qué va a pasar mañana —susurró—. Pero hoy quiero intentarlo. Solo hoy, sin promesas de siempre. ¿Está bien?

—Está más que bien —dijo Andrés, tomando su mano un momento más—. Si mañana quieres seguir, aquí voy a estar.

La puerta sonó y entró otro cliente. Lucía fue a atender, pero antes de alejarse, le apretó los dedos a Andrés, suave, firme.

Atendieron juntos el resto de la mañana. Entre clientes, se miraban y sonreían discretos. El trabajo parecía menos pesado. Compartieron chistes cortos, se pasaron charolas y hasta discutieron sobre la música que sonaba, pero todo era distinto. Al despedirse de un cliente, Andrés pensó en el futuro incierto. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía terror, sino una esperanza tímida.

Cuando el local quedó vacío, Lucía se sentó en una silla y miró a Andrés largo rato. Él le devolvió la mirada, sin palabras. Era difícil saber qué pasaría mañana. ¿Serían capaces de mantener esa promesa? ¿O el miedo y el orgullo volverían a separarlos al final?

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