Capítulo 28 · ~5 min
El día decisivo
Lucía llegó al local antes de que amaneciera por completo. La calle estaba vacía mientras bajaba de la combi con su bolso al hombro. Caminó despacio hasta la puerta, tocando las llaves frías entre los dedos. Giró la cerradura y empujó la reja con cuidado, midiendo cada paso. Ese día podía ser el último con Andrés en el local. El pensamiento le apretó el pecho y la obligó a respirar hondo.
Encendió las luces y fue directo a la cocina. Puso agua para café y se sentó en la mesa, mirando el reloj de pared. Solo quedaban dos días para que el divorcio fuera definitivo. Recordó la carta que le había dado a Andrés, la charla sincera y el pedido de tiempo. Dormir era casi imposible desde entonces. Cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Andrés, su mirada cansada y las ganas de intentarlo que se notaban en su voz.
Mientras el agua hervía, abrió la agenda y repasó la lista de pedidos. Sacó la harina, la levadura y los moldes, empezando la rutina de siempre. Sus manos siguieron el ritmo aprendido, pero su mente saltaba entre recuerdos y dudas. Pensó en el orgullo de Andrés, en sus propios miedos, en esas discusiones que todavía pesaban más que cualquier palabra.
El timbre de la puerta la interrumpió. Andrés entró despacio, con la barba sin afeitar y la bufanda marrón que Lucía había encontrado en una caja de recuerdos. No dijo nada. Se acercó, tomó una taza y sirvió café para ambos. Lucía le sostuvo la mirada solo un momento y volvió a la masa.
—¿Dormiste bien? —Andrés rompió el silencio, con voz baja.
—Más o menos. ¿Y tú?
—Tampoco —contestó Andrés, acomodándose en una silla cerca de la ventana.
Lucía no respondió. Siguió amasando, presionando la masa con fuerza. Buscaba en ese gesto una respuesta fácil, pero la incertidumbre seguía ahí, inmóvil.
Andrés tomó un sorbo de café y la miró en silencio. Había dejado de presionarla. Antes, él llenaba el aire de palabras o promesas. Ahora solo esperaba. Ese cambio era real, pero Lucía dudaba si sería suficiente.
Terminaron los dos panes y los pusieron a fermentar. Lucía se secó las manos y se sentó frente a Andrés. Por unos segundos, ninguno buscó el celular ni los papeles para distraerse.
—No sé si estoy lista para decidir —dijo Lucía, mirando sus manos.
—No te voy a presionar. Estoy aquí —contestó Andrés, sin apartar la vista.
Un silencio largo llenó la cocina. Lucía sintió el peso de los días acumulados, de las discusiones, de las veces que quiso rendirse y no pudo. Pensó en preguntarle a Andrés si todavía tenía miedo, si de verdad había cambiado, pero prefirió callar.
—¿Por qué no te fuiste antes? —preguntó de pronto, bajando la voz.
—Porque te quiero. Porque no podía dejarlo así —respondió Andrés, directo.
Lucía asintió. Pensó en la primera vez que abrieron el local juntos, en los sueños que tenían, en las peleas tontas y en las graves. Pensó en el divorcio firmado, en el dolor de sentir que todo se terminaba. No sabía si podía confiar otra vez, pero tampoco quería perder lo poco que les quedaba.
—Hoy es el día decisivo, Andrés. Mañana todo cambia.
Andrés apretó la taza entre las manos. No respondió de inmediato. Respiró hondo.
—Lo sé. No quiero perderte, Lucía. Pero no quiero que te quedes por lástima. Si decides irte, lo voy a aceptar.
Lucía miró a Andrés. Vio cansancio, pero también una sinceridad distinta. Pensó en todo lo que habían perdido y en lo poco que tal vez podían construir otra vez.
Se levantó y fue a la ventana. Observó la calle, la gente que pasaba apurada, la vida que seguía sin detenerse por sus dudas. Escuchó los pasos de Andrés detrás de ella.
—¿Tienes miedo? —preguntó él, suave.
—Mucho. Más que nunca —respondió Lucía, sin girarse.
Andrés se quedó a una distancia prudente. No intentó tocarla. Solo esperó.
—No sé qué decidir —admitió Lucía, girando apenas el rostro.
—Tómate el tiempo que necesites. Si quieres que me vaya, lo hago —dijo Andrés, moviéndose hacia la puerta.
Por un instante, Lucía pensó en pedirle que se quedara. Pensó en el orgullo que ambos habían cargado como una mochila. Pensó en el amor que todavía sentía, aunque no supiera si bastaría.
Andrés detuvo la mano en el picaporte.
—Solo quiero que seas feliz, Lucía. Conmigo o sin mí.
Ella guardó silencio. Sabía que la decisión estaba en sus manos. El reloj de la pared marcó las siete y media. Faltaban menos de cuarenta y ocho horas para el final de todo. Lucía miró a Andrés, al local, a la vida que habían construido y desarmado tantas veces.
Dejó que Andrés saliera. El sonido de la puerta al cerrarse fue seco, rápido. Lucía no se movió. Apoyó la frente en el vidrio y cerró los ojos unos segundos. Afuera, la ciudad ya estaba despierta.
Volvió a la cocina y se sentó. Miró el café frío y los panes leudando. Sus manos temblaron apenas. La carta, la charla, las promesas y los silencios seguían flotando en la memoria. El tiempo no se detenía. Tendría que elegir pronto.
¿Sería capaz de arriesgarse otra vez? ¿O era tarde para intentarlo? La pregunta quedó ahí, llenando el local y a Lucía, sin respuesta.